viernes, 24 de febrero de 2017

EL MAR NOS MIRA DE LEJOS (Manuel Muñoz Rivas, 2017)





EL MAR NOS MIRA DE LEJOS (Manuel Muñoz Rivas, 2017)

Sensaciones, película de sentidos, de texturas que hemos visto muchas veces pero que, al no fijarnos, nos perdemos con lo general sin fijarnos en el detalle. Estamos en la playa, pero miramos al horizonte en vez de a nuestros pies; a nuestro alrededor, la naturaleza forma volúmenes y figuras espectaculares que nos pasan inadvertidos. Muñoz Rivas, y el director de fotografía Mauro Herce, sin embargo, nos meten de cabeza en lo más pequeño y cercano, para que después podamos apreciar el conjunto. Somos lo contrario del escarabajo que sale en la filmación, no nos zambullimos en la arena, si no que la evitamos, miramos el mar a lo lejos, pero no los dibujos del agua en su ir y venir, miramos las olas, pero no los efectos de luz, brillo, color sobre la arena según se retira el agua a la espera del siguiente envite. “El mar nos mira de lejos” dice el título, y nosotros lo hacemos desde una pantalla o desde un asiento de un trasporte playero ideado para los turistas, miramos a los últimos habitantes de Doñana como si fueran fieras en un safari africano, cuando lo que realmente son  es una especie en vías de extinción abandonados a su suerte de resistentes.

Sensaciones visuales y sensaciones sonoras, porque en ese lugar del mito, de la leyenda, en el enclave donde una vez dicen que existió una civilización que respondía al nombre de Tartessos, los intentos de búsqueda arqueológica han resultado infructuosos. No hay más vestigio humano que el de los últimos habitantes que no abandonan un modo de vida tradicional; en  medio del parque nacional, con sus construcciones endebles, a pie de playa, sujetos al aire, al salitre, al agua, obligados a barrer todos los días el avance de esa arena que no sabe de civilizaciones y que todo lo entierra. Y tanto el director, como los encargados de fotografiar y sonorizar la película, convierten la película en una plena experiencia en una playa permanentemente azotada por el viento y la arena. Lo físico acompaña a lo mínimo, el aire mueve la arena, pero también la arena se mueve por sí misma, desmenuzándose poco a poco, creando texturas nuevas e imposibles, geometrías variables que duran lo que el peso y la gravedad sostienen un conjunto de granos, dando paso a otra forma y a otro color. Sabedor de que ese momento es irrepetible y constante, la imagen se recrea en ese movimiento perpetuo.

Y junto a la naturaleza, el hombre. Un vestigio, una presencia ocasional, mayoritariamente ancianos que sobreviven a la espera del último viaje. Vidas humildes al borde del mar, relaciones humanas episódicas, incluso con los agentes medioambientales que miden las construcciones, observan que se respeten las normas de unas construcciones cuyo futuro será el de su desaparición, que responden a una razón histórica que va a morir con aquellos o con el abandono de las actividades propias de la pesca y el marisqueo. Personas que ya no pueden vivir sin el mar de fondo constante, en condiciones en ocasiones infrahumanas, con riesgo de incendio o de asfixia para calentarse pero que, no por ello, se plantean abandonar. Da lo mismo confundir niebla con humo porque lo importante es no moverse de ese entorno en el que te conviertes en un nuevo Robinson. Muñoz Rivas elimina el discurso moralista, el elogio innecesario, la explicación de la palabrería grandilocuente, y se limita a ofrecernos parte de su vida, y sus rostros, curtidos, apegados a un terreno que es el de toda su vida y al que no piensan renunciar, aunque sea en bata y con un cepillo que barre una arena permanente que se cuela por todos los rincones, no puede haber palabra cuando no hay con quien hablar, por eso lo que se nos cuenta no es la historia de esas personas, sino el pasado de ese lugar, lo que ya no podemos ver en imágenes.

El fantasma de esas expediciones baldías, que aparecen en fotografías antiguas, viejas maquinarias con trabajadores hambrientos que posan celebrando no se sabe muy bien el qué, mapas cartográficos llenos de líneas imaginarias, cuadrículas para excavar, trincheras que marcan el perímetro a investigar, un pasado permanentemente recordado durante la película; un mito inalcanzable que, inmediatamente después, escondido al descubrimiento, se borra con la anécdota del día a día, ya sean unas carretas por la playa ensayando tradiciones atávicas de vírgenes donde el fervor se une al paganismo de la fiesta, o el escaso rendimiento de la pesca junto con el juego con un pequeño loro. El paisaje se cierra sobre cara y cuerpo de los habitantes, para, en un final espléndido, revelarnos la verdadera identidad de la nueva Tartessos, urbanizaciones impersonales que se encuentran a un paso de lo que nos parecía virgen e innacesible, un paisaje que parecía salvado de la voracidad del ladrillo que, apenas unos kilómetros más allá, lo que el objetivo de la cámara permite alcanzar, se transforma en bloques y ausencia de humanidad. Por el camino, una pareja, el futuro, o la esperanza, o la falta de ella en voz de quienes quieren abandonar esa vida aunque carezcan de instrumentos para ello, “para lo que hay aquí”, y pedaleas sin saber muy bien hacia dónde, aunque te sientes del lugar, pero el lugar no te ofrece nada para quedarte, la historia o el paisaje no te dan de comer, el turismo no  penetra en Doñana ni te deja dinero, sólo sabes que, cada mañana, tienes que coger la pala y llevar la arena a la playa, un trabajo de Sísifo que no puedes abandonar, porque en cuanto flaquees, la arena, como en el relato de Kobe Abe, se introducirá en tu vida hasta el dormitorio, empujará muebles, paredes, tabiques y traerá el desierto a tu hogar. Cuando pase eso en todas las construcciones que quedan en pie, la Tartessos del presente habrá desaparecido sepultada como la del pasado y nada podrá hacérnosla recordar, salvo las imágenes grabadas, las fotografías y el cine, el buen cine español nuevamente.
EL MAR NOS MIRA DE LEJOS. España. 2017. 92 minutos. Director: Manuel Muñoz Rivas. Producción: Azhar Media, CTM Docs, El Viaje, 59 en Conserva. Guión: Manuel Muñoz Rivas. Producción ejecutiva: José M. Rodríguez, Sara Sánchez, Rosan Boersma, José Alayón e Irene M. Borrego. Fotografía: Mauro Herce. Sonido: Joaquín Pachón. Dirección de fotografía: Mauro Herce. Doblaje: Sebastián Haro