miércoles, 22 de febrero de 2017

EL AMOR DESPUÉS DEL MEDIODÍA (L,amour l,après-midi, Eric Rohmer)





EL AMOR DESPUÉS DE MEDIODÍA (L,amour l,après midi, Eric Rohmer, 1972)


Para Frederick la vida es una rutina preestablecida que se identifica con la armonía, ningún sobresalto, ninguna estridencia, ninguna sorpresa que desestabilice los rituales diarios, el beso de despedida, contemplar a su esposa desnuda, mirar a las mujeres por la calle sintiendo que, cuanto mayor se hace, más guapas le parecen todas (o la mayoría, si son jóvenes). Leer y refugiarse en una burbuja de confort burgués reivindicando que no necesita más mujeres en su vida, que la libertad de pensamiento es esencial para que funcione su matrimonio con Hélène, que la confianza es absoluta y no hay temor a ser infiel o a sufrir la infidelidad. De casa al trabajo o del trabajo a casa, una breve parada para almorzar en esa hora pesada, larga, igualmente monótona y programada del mediodía. Este escudo mental, que juega como justificación moral del personaje, se pone a prueba a diario para Frederick, pero él no es consciente hasta que aparece, de manera sorpresiva, el personaje de Chloe, la mujer libre de verdad, sin ataduras, de verdadera moralidad intachable porque ni engaña ni esconde sus intenciones, que no son otras, desde el principio, que seducir al hombre que conoció en el pasado, y demostrarle, no como una apuesta, sino como una constatación, que sus convicciones no son tan fuertes como creía, que cualquiera puede dejarse llevar por la tentación de un cuerpo bonito con independencia de que en casa también te espere alguien que te quiere igualmente deseable, porque la rutina se convierte en monotonía y falta de atención, y lo de fuera alimenta deseos que hemos olvidado que tuvimos tiempo atrás con quien compartimos el día a día.



Frederick demuestra esa doble moral cuando imagina un sueño, en posesión de un talismán mágico imagina que cualquier mujer hará lo que él quiera con tan solo pedírselo. Su posición exterior no corresponde con su verdadero pensamiento, su monogamia es fruto de la convención  social, ese contrato no escrito que juzga moralmente a los individuos en función de los comportamientos de la mayoría. La escena del sueño sirve a Rohmer para repasar sus cuentos morales precedentes, junto al personaje de Frederick (Bernard Verley) desfilan las seis mujeres que protagonizan sus anteriores películas; Haydee Politoff, de “La coleccionista”, Francoise Fabian y Marie Christine Barrault de “Mi noche con Maud” y Aurora Cornu, Laurence de Monaghan y Beatrice Romand de “La rodilla de Clara”, personaje éste, que como en la aquella película, se muestra con la misma claridad de ideas y fortaleza de pensamiento, siendo la única de todas que rompe el sueño de Frederick al negarse a acompañarle. La escena del sueño es reveladora para conocer al personaje, ha ido maquillando sus miradas y sus atenciones hacia las mujeres con las que se cruza en el tren, o por las calles de París, con un cierto velo de indiferencia que no es cierto, no es un mero observador de la belleza femenina, sino que no se atreve a explorar el camino que la mirada abre. Los paseos por París, su observatorio desde las terrazas de mínimos veladores, nos introducen en la vida diaria de la ciudad, somos un paseante más, un “flaneur” diletante que se conforma con el placer de mirar e imaginar, pero el azar espera en forma de mujer que vuelve del pasado. El sueño del talismás precede a esa reaparición, la entrada en escena de Chloe desbarata las seguridades del burgués gentilhombre.


Como dice la letra del bolero  “Corazón loco”; “No te puedo comprender, corazón loco, no te puedo comprender, y ellas tampoco. Yo no me puedo explicar, cómo las puedes amar tranquilamente, yo no puedo comprender, cómo se pueden querer, dos mujeres a la vez, y no estar loco. Merezco una explicación, porque es imposible seguir con las dos”; cuanto mayor es la aproximación de Frederick y Chloe mayor es el distanciamiento emocional de Frederick y Hélène, mayor es el fuera de campo en el que queda la esposa, reducida progresivamente al papel de madre, relegado el de profesora por el embarazo, cuanto mayor es la presencia de Chloe, personaje que aparece para desestabilizar las convicciones monolíticas de Frederick sobre las relaciones de pareja y la amistad entre hombre y mujer, menor es la importancia que el hombre concede a su vida familiar, su vida se desdobla pero de manera artificial, no hay “otra vida” posible, no hay dos mundos compatibles, no existe alternancia posible entre una y otra mujer, no cabe hacer de la vida compartimentos estancos a conveniencia. Las convicciones de Frederick son las mismas que subyacen en la sociedad, porque cuanto más trata de aclarar que él y Chloe no son pareja, mayor es la evidencia de que parecen serlo; como cuando Chloe alquila una habitación y la casera se divierte con el equívoco y no se cree la explicación, como cuando Frederick reconoce que no están haciendo nada malo pero su mujer desconoce que queda con Chloe habitualmente……..una dualidad de relaciones que desembocan en un incremento de los sentimientos entre ambos y una contención  de Frederick para mantener la última excusa moral, no haberse acostado con Chloe en todo ese tiempo para justificar que sigue manteniendo sus principios, aunque, como dice en un momento determinado “no se si no sería más sano acostarse”, que es lo que su cuerpo pide más allá del bloqueo mental de siglos de convencionalismos que pesan sobre él y sobre el miedo que le generan las consecuencias.


Amar a dos mujeres, o amar a una pero desear a muchas, aunque una de éstas se materialice en algo concreto. Confundirte como un paseante más mientras su mirada se detiene en unos ojos, una silueta, unas piernas. Mantener despierto el sueño como esos cuerpos desnudos de espaldas que, ocasionalmente, aparecen en la vida de Frederick hasta que consigue mirar de frente al que más desea mientras va retirando la toalla que lo cubre, ofreciendo al espectador aquello que antes te conformabas con ver y ahora disfrutas en exclusiva lo que tu moral te decía que tienes que rechazar; justo hasta ese momento anterior a que tu jersey se quede atascado en tu cabeza frente a un espejo, y la imagen que te devuelve te recuerde otra de hace muy poco tiempo. Un rostro encajado en el cuello de la prenda que es el mismo con el que jugabas con tu hijo. El reflejo que funciona como escudo moral que no quieres romper aunque termines engañando a Chloe justo en el momento que ibas a culminar el engaño a Hélène, una postura ridícula que incrementa tu ansiedad con otro miedo, el de que pierdas a Hélène por un deseo sin futuro; por eso sales directamente hacia casa, pero antes la avisas. No sea que esa inexistente duda sobre su fidelidad se quiebre por encontrarte lo que no quieres, y por primera vez en toda la película, hablas de sentimientos con tu esposa, y sois felices pero lloráis lo mismo que os deseáis, porque los dos habéis advertido el problema que se cernía sobre vuestra certidumbre, porque sin hablar ha habido miradas distraídas que han hecho pensar que tu mente estaba en otro lugar, que han temido por el futuro de la relación. La seguridad ha vencido a la aventura, la moral del burgués  a la pretendida libertad revolucionaria, el amor a la pasión, el sexo rabioso hará olvidar, momentáneamente, la frustración de una experiencia no vivida pero que ha socavado los cimientos de tu seguridad hipócrita.


L.AMOUR L,APRÉS MIDI de Pere Gimferrer

Ella me daba el aire entumecido
y las arras del viento del jardín
y las oscuridades sin sonido
y en sus nalgas de oro un polvorín
y yo viví como quien no ha vivido
y cuya vida pende de un jazmín
y por tu cuerpo el paraíso mido
y en la mano me estalla tu fortín
el fortín de tu sexo abanderado
por las escuderías del pasado
pero también por luz de dinamita
que precipita el cuenco del ocaso
en una oscuridad hecha de raso
y en tu desnudo al sol me precipita.

Título: El amor después del mediodía. Título original: L'amour l'après-midi. Dirección: Eric Rohmer. Francia. 1972. 97 min. Intérpretes: Bernard Verley, Françoise Verley, Zouzou, Daniel Ceccaldi. Música original: Arié Dzierlatka. Director de fotografía: Néstor Almendros. Diseño de producción: Nicole Rachline. Guión: Eric Rohmer. Montador: Cécile Decugis. Producción: Barbet Schroeder, Pierre Cottrell 

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