sábado, 7 de enero de 2017

VIDA VAQUERA (Ramón Lluis Bande, 2016)

VIDA VAQUERA (Ramón Lluis Bande, 2016)
El director asturiano Ramón Lluis Bande se ha propuesto realizar una topografía de la memoria sin olvidar que ésta tiene unos lugares donde se ha creado. Tras su fantástico díptico sobre el maquis asturiano, nos ofrece ahora una obra de menor ambición, más localista, de temática menos universal pero no menos importante. Dejar testimonio visual de un modo de vida que, en realidad, ya se ha perdido, que subsiste pero modernizada, que no deja de ser dura, sacrificada y sin descanso, pero que ya no es la vida de los «vaqueiros de alzada» de los que hablaba Jovellanos. Y eso lo deja claro Bande desde el comienzo del documental. No hay nostalgia ni intención de engrandecer un recuerdo, sino solamente testimoniar su existencia, su declive, su progresiva industrialización, gente trabajando para nosotros, abstraídos de la cámara, entomólogos aficionados mediante la contemplación de lo que otros hacen. Se advierte en la edad de los paisanos que vamos viendo en pantalla ese final anunciado, apenas hay jóvenes, gente madura, cercana a los 60, que continúan apegados al terreno, a la ganadería y sus labores adyacentes, que sí siguen llevando el ganado a los prados montañeros cuando llega el verano agrícola, y guardándolo en sus casas o en naves cuando el invierno se aproxima, pero alejados de aquellas peregrinaciones comunales que, a pie, dirigían todo su ganado hacia «la alzada», vacas, caballos, cerdos.........y la casa con ellos. Bande huye del folclore autonómico, y se agradece.

El director estructura su película en un breve prólogo donde mediante fotografías en blanco y negro de los años 60-70, presenciamos lo que tuvo que ser esa transhumancia estacional en la que las familias abandonaban sus casas de abajo, sus pertenencias, y cargando con todo lo que podían, trasladaban su ganado hacia la montaña, en caminatas que duraban dos o tres días, con los niños amarrados como fardeles a las monturas de los caballos, como un enser más del ajuar, con las jaulas de las gallinas, los colchones..... Un peregrinaje inmemorial que la llegada y generalización de los vehículos, aligeró, e hizo menos rústico, más cómodo y rápido, menos tradicional, eliminando ese espíritu de comunidad que unía a los núcleos de vaqueros ayudándose unos a otros. En ese prólogo alcanza enorme relevancia el tratamiento del sonido, la banda sonora del acarreo de animales, los gritos de los pastores, los mugidos de las vacas, el crepitar de las carretas. El movimiento se sustituye por el ruido del movimiento, y nosotros lo sentimos y lo vemos a partir del montaje de esas fotografías. Desde ese momento Bande monta su película siguiendo el ciclo de la actividad, dos largos segmentos titulados «la vida arriba» y la «baxada», es decir, el periodo de verano con los animales sueltos en los prados y la llegada del lluvioso otoño asturiano con la recogida de los animales y su traslado al lugar donde pasarán el invierno. Lo que los paisanos hacían, han hecho, y siguen haciendo, se transforma en el leit motiv y sentido de la película, reflejar las actividades cotidianas del trabajo, no hay tiempo ni intención del director a la hora de mostrarnos los momentos de relax o descanso, trabajo con y para los animales todos los días y a todas las horas.
Para ello Bande asiste como espectador inmóvil, y nosotros con él, salvo unos ligeros movimientos de cámara en la escena inicial de la primera parte, cuando seguimos a uno de los ganaderos que deambula entre sus vacas, desperdigadas por la ladera, y vigila el estado de una de las preñadas; el resto de la película son planos estáticos, el director ancla su cámara en un lugar y rueda lo que queda dentro del objetivo, no busca lo que queda fuera del campo visual ni sigue a personas o animales que desaparecen y vuelven. Lo que ocurra dentro del encuadre es lo que sirve y lo que nos vale para comprender la rutina, esfuerzo, sacrificio de esta gente trabajadora. Pequeñas escenas de cotidianeidad laboral que lo mismo siguen a un pequeño autotractor por el monte, como a un vaquero segando hierba para dar de comer a sus vacas o repartiendo sal entre los animales. Del completo parto de una vaca a la reparación del tejado de una palloza en previsión del invierno con las ramas de matorral previamente cortadas. No hay guión ni diálogo que se necesite para retratar el devenir diario de una actividad que mantiene su esencia dulcificada por un uso, limitado, de la tecnología. Por eso el episodio de la «baxada» parece más triste, más melancólico, en el fondo, estas personas disfrutan mucho más cuidando sus animales al aire libre que estabulados durante el invierno, prefieren el contacto con la naturaleza y todo lo que ésta ofrece, en una armonía donde el hombre toma lo que necesita pero no esquilma, frente al largo invierno de encierro, al que precede la recogida y transporte de los animales, otra actividad física y de inteligencia para conducir a quien no quiere, al espacio cerrado que lo mismo te lleva a otra casa como a un matadero.
La película de Bande concluye, tras llevarnos por el paisaje natural, bello y montañoso, pero que no atosiga ni está tratado como una postal de reclamo publicitario, que es consustancial a la actividad que se desarrolla, y tras el prosaico transporte en camiones de los animales, con un necesario testimonio oral. La película está ausente de palabra prácticamente, el hombre en soledad no suele hablar en voz alta, cuando coinciden varias personas en pantalla están trabajando y sus comentarios se refieren a lo que están haciendo, no dirigidos a la cámara, sino entre ellos, aunque en alguna ocasión se rompa esa cuarta pared. Al final concluimos el viaje como lo iniciamos, con el recuerdo, una vieja «vaqueira» responde las preguntas sobre el pasado, sobre cómo se realizaban esos viajes con los animales, cómo dormían, qué pasaba con las casas, con la educación de los niños, cómo el clasismo despreciaba la vida vaquera como sinónimo de desplazados, de económicamente muy humildes, incluso aunque quienes despreciaban no vivían mucho mejor que nuestros protagonistas.  Bande está haciendo mucho por la memoria de Asturias, justo será que se le reconozca el mérito, pese a que, quizás, el espectador de otras regiones pueda sentirse extraño y poco concernido con la propuesta ante nuestra habitual forma de despreciar todo lo que huele a tradición no festiva y a pasado. Si Flaherty retrató a los pescadores de Arán y la vida de los esquimales, mucho más sentido tiene que alguien de la zona quiera hacer perdurar el recuerdo de unos paisanos que poco a poco, van dejando de existir como fueron.


TRAILER