jueves, 5 de enero de 2017

VERANO EN BROOKLYN (Little men, Ira Sachs, 2016)

VERANO EN BROOKLYN (Little men, Ira Sachs, 2016)
Crecer es aprender a actuar, es comprender que la vida es algo más que aquello que nos interesa o nos motiva, y que también hay un círculo familiar o de amistades con los que interactuar y cuyos sentimientos pueden ser heridos sin necesidad por nuestra propia ceguera. Aprender a ser menos egoista, o, quizás, aprender a disimular que no se es así. Vivir es aprender a deshacerse de cosas, y eso es bueno, le dirán sus padres a Jacob cuando, tras una mudanza, no encuentra ejemplares de sus colecciones de cómic. Es el reverso de lo que hemos visto previamente; durante la vida se acumulan ganancias, pero las pérdidas suelen ser mucho más dolorosas que aquéllas, sobre todo porque finalmente, irás asistiendo, impotente, a la pérdida de cuanto más has querido. A Jacob la muerte de su abuelo paterno le llega de improviso, sin capacidad de reacción. Es una generación que desaparece, que al joven adolescente le turba lo mínimo porque la relación ha sido superficial y esporádica, pero que implica un cambio radical en su vida diaria. A esa indiferencia natural frente a la muerte, Sachs le coloca el contrapunto doloroso en la figura del hijo (breves apariciones, pero contundentes, de Greg Kinnear), solo, tras la despedida y la reunión de familiares y amigos, estalla, sin que nadie le vea mientras se deshace de objetos y basura, en un llanto de decepción, de frustración por esa relación complicada con un padre que no confiaba en él, pero que no dejaba de ser ese referente sólido al que aferrarse o en quien mirarse.


A partir de este preámbulo, Sachs construye una pieza deliciosa, agridulce, veraniega, con dos núcleos narrativos muy marcados y muy verosímiles. Tras mudarse a Brooklyn a la casa heredada de su padre, la familia de Jacob tiene que enfrentarse a un inconveniente. En el bajo de la vivienda, una mujer regenta una tienda de ropa con un contrato vencido hace años y en el que no ha existido una actualización del alquiler desde el principio. Sachs enfrenta así a la familia biológica con la familia «adoptada» por el abuelo de Jacob, «yo era más su familia» dirá el personaje interpretado por la actriz chilena Paulina García cuando empiecen las negociaciones para adecuar la renta a los valores de mercado. Intereses personales enfrentados por los sentimientos que el ausente Max tenía hacia esa madre y su hijo, sentimientos que ya no pueden plasmarse ni trasladarse a un contrato, una mujer y un hijo en los que el padre de Kinnear reconoció a la familia que había perdido. Mientras la relación entre los adultos va haciéndose más difícil, el segundo hilo argumental, el más sólido, el más trabajado, el que vertebra la historia que el director nos cuenta, es la relación de amistad repentina y creciente que se establece entre Jacob y Antonio (estupendos Theo Taplitz y Michael Barbieri), ajenos al mundo de los adultos, ensimismados en sus propios proyectos e ilusiones, los conflictos de los adultos les pasan inadvertidos, tanto porque los padres prefieren no hablar de lo que enfrenta, como porque los jóvenes pasan los días empeñados en disfrutar de ese verano impensable cuando se produjo la mudanza.


Fluye con delicadeza y armonía la historia, acompañada de una banda sonora que repite suavemente cuatro notas musicales y que se adhiere al movimiento de los jóvenes en patines, es la alegría del momento, de la inexistencia de problemas, un peso ligero que se transporta sin problemas con el horizonte de un nuevo curso, un nuevo instituto, unas nuevas exigencias, la música se desliza con los jóvenes, no hay obstáculos. Es el tiempo de empezar a orientar los gustos, de perfilar hacia dónde se va a dirigir la formación. Un mundo que trata de quebrar tu originalidad, tu individualidad, como ese profesor que se sorprende del dibujo de Jacob, un cielo verde con estrellas amarillas, y advierte al joven, «por cosas como éstas Van Gogh terminó cortándose una oreja», pero que también te enfrenta al reto de saber si lo que quieres es realmente para lo que estás preparado, como ese duelo verbal entre Antonio y un profesor de interpretación en sus primeras incursiones en el mundo de la actuación. La sencillez de la historia no oculta las corrientes subterráneas que están removiendo los cimientos de muchas vidas. Aislados en su burbuja, los jóvenes son incapaces de comprender que el mundo real se mueve por otros parámetros muy ajenos a los sentimentales. Al final de ese verano habrán aprendido desde el dolor y la frustración que, por encima del deseo, está la realidad, un verano donde el primer amor te da un portazo por ser demasiado joven, donde el dinero muestra toda su crudeza como motor de las relaciones, donde aprenderán el efímero valor y duración de las amistades que no se sustentan en algo sólido.


En el reto que ha de afrontar Jacob cuenta, sin darse cuenta cuando se hubiera evitado el drama, con la ayuda de dos progenitores que confían en él y en su valía. Si el personaje de Brian (Greg Kinnear) ha de soportar el relato de reproches lanzados por su padre a través de la inquilina chilena, una losa del pasado que, sin duda, influyó en su fría relación con su padre, su comportamiento con su hijo es abismalmente diferente, manteniendo conversaciones de madurez aplastante con Jacob que le abren los ojos hacia el futuro. Una película que se sostiene admirablemente por la genuina elaboración de un guión justo, medido y consecuente, y por un elenco admirable de actores cuya mayor virtud es la de haberse creído firmemente la realidad de las situaciones de ficción, porque son de tal naturalidad y credibilidad, que uno se sumerge en ellas sin dificultad. Hay directores de ciudades, y también los hay de barrios, Sachs es el director de Brooklyn por excelencia en la actualidad, su cine está sabiendo enlazar a sus personajes sensibles y humanos con el entorno arquitectónico de un barrio que permite pasear, que permite circular en bicicleta o en patines, donde aún se respira esa vida de vecindario, de conocer al otro, de saber sus nombres. Jacob comprende que su relación con Antonio vino provocada por la necesidad del otro, por tener que adaptarse a una nueva realidad donde, de repente, alguien desconocido te abre una parte de su intimidad. Cuando en la distancia de una galería de un museo, pasados los meses, Jacob reconoce a Antonio, siente la punzada de acercarse, de volver a probar si aquello que fue tan intenso como breve puede tener un futuro, pero desiste, el verano ha terminado y cada uno ha seguido su camino. Obligados por el fín de ese alquiler, solidarizados con cada uno de sus padres, los jóvenes se han sometido a la máxima de que «vivir es adaptarse».  Nuevo ejemplo del cine norteamericano sobre cómo tratar la juventud y adolescencia con sentido, con profundidad, con respeto por los personajes. Sachs se incorpora a la nómina de James Ponsoldt o Robert Mitchell tratando como personas, y no como estereotipos imbéciles, a los jóvenes en ese tránsito hacia una madurez sin haber abandonado totalmente una infancia cercana.



Título: Verano en Brooklyn. Título original: Little Men. Dirección: Ira Sachs. País: Estados Unidos. Año: 2016. Duración: 85 min. Reparto: Greg Kinnear, Paulina Garcia, Jennifer Ehle, Talia Balsam, Clare Foley, Andy Karl, Alfred Molina, Arthur J. Nascarella, Yolonda Ross, Stella Schnabel, Ching Valdes-Aran, Bryan Webster. Guionistas: Ira Sachs, Mauricio Zacharias. Música: Dickon Hinchliffe. Fotografía: Oscar Durán. Montaje: Affonso Gonçalves, Mollie Goldstein.Vestuario: Eden Miller. Diseño de producción: Alexandra Schaller.