viernes, 27 de enero de 2017

ULTIMAS CONVERSAS (Eduardo Coutinho, 2015)



 ULTIMAS CONVERSAS (Eduardo Coutinho, Joao Moreira Salles, Jordana Berg, 2015)



¿Es “Ultimas conversas” una película de Coutinho? ¿Podemos afirmar que la película es lo que quería el director brasileño muerto antes de concluirla? ¿Podemos estar seguros de que Coutinho hubiera mantenido el tono monótono de conversaciones con jóvenes  y no hubiera pegado un giro radical tras el epílogo con Luiza, la niña de 6 años? ¿Es genuino de la película el comienzo y ese final, es la idea del creador mantener esa contraposición inicial y final con su desarrollo intermedio antitético? Preguntas sin respuesta, sin duda, pero son justamente esos dos momentos, la confesión a cámara de Coutinho, desanimado por el resultado de lo que está filmando, desencantado con la imagen de la juventud, y la revelación final de lo que le hubiera gustado hacer pero que descubrió demasiado tarde, lo que hacen de la película un documento fantástico, por lo menos en la contraposición de las tres edades, vejez, juventud e infancia.



Coutinho se propone retratar a la juventud brasileña, esa edad en la que se ha perdido toda inocencia y toda espontaneidad, donde la reserva de lo íntimo se acrecienta, y los miedos se multiplican. Tayna, Bruna, Rafaela, Breno, Pamela Luana, Stephania, Thiago, Evani y Amanda son los jóvenes que se dejan filmar, en planos fijos sobre su cara, su cuerpo, sentados en una silla escolar en una especie de aula vacía, con el fondo de una puerta que les da entrada y salida y un fondo azul, sus aficiones, sus estudios, sus familias, su futuro y su presente, a veces un pasado doloroso, muy doloroso y que marca su presente como va a marcar su futuro. Son chicos y chicas de favelas mayoritariamente, personas de origen humilde que sienten el esfuerzo materno para darles una educación, que pueden hablar abiertamente de la prostitución de una madre para alimentarles y educarles, jóvenes que han sentido el abandono paterno, unas veces por divorcios, otras por desconocer su identidad, algunos por mera desidia del adulto. Jóvenes a punto de ser adultos que sienten el zarpazo del racismo, que cambian de ambientes y se sienten desamparados, nuevas días adelantadas y separaciones que se aventuran para casi toda la vida. 



A un paso de empezar la universidad, creyentes y ateos, creadores o pasivos, acosados o queridos, quizás Coutinho se muestre demasiado beligerante e hiriente con alguno de ellos cuando le dice “pareces más feliz de lo que pensaba, no crees en nada y pensé que estarías triste”, o al despedir a la chica “exigente”, que se cree que todos los que la rodean son tontos y la despide con un “espero que hagas buenos amigos a pesar de todo”, donde se respira un “a pesar de cómo eres o cómo piensas”, pero se consigue ese ambiente en el que los jóvenes son capaces de hablar abiertamente sobre lo que les interesa, de cantar, de recitar. Coutinho pinta a la adolescencia como una edad que se transforma en un infierno tras el paraíso de la infancia, “la adolescencia es ser idiota”, confirma en la conversación con el buen estudiante, el director se ha mostrado desesperanzado al inicio de la película reconociendo que ha equivocado el enfoque y la temática, pero no puede abandonar un proyecto con el que se ha comprometido y para el que ya no hay tiempo de rehacer.



Por eso su final es admirable y magistral, la conversación con Luiza, la edad de la inocencia, el bucle imposible de resolver cuando se pregunta a la niña dónde estaba hace 50 años, cómo era el mundo cuando ella no estaba, “no me acuerdo”, responde, respuestas espontáneas a preguntas trascendentes o irrelevantes, porque la infancia es la verdad, los niños son maravillosos y la adolescencia es miserable, concluye el director, sorprendido por ese mutis que hace la niña y su reaparición para hacernos una reverencia. El cine tiene momentos grandiosos, de optimismo objetivo, y este final es uno de los más maravillosos de los últimos meses, fruto del azar, de la selección de una niña entre cientos, imposible de planificar, espontáneo, natural y entrañable. La puerta por la que han entrado y salido todos los entrevistados queda medio abierta, un hueco para que la esperanza tenga espacio y vuelva a nosotros, tal y como reaparece mediante Luiza, una pequeña gota de ilusión entre tanto panorama doloroso y de dudas, incluído el propio Coutinho. La palabra se revela como mecanismo de conocimiento, el diálogo es cultura e información, la cámara neutra de Coutinho se limita a filmar lo que obstinadamente persigue, que se hable.
ULTIMAS CONVERSAS. Brasil. 2015. Dirección: Eduardo Coutinho. Terminado Por João Moreira Salles. Duración: 85 min. Producción: Carolina Benevides, João Moreira Salles y Maria Carlota Bruno. Fotografía:  Jacques Cheuiche, ABC. Guión: Eduardo Coutinho. Montaje: Jordana Berg. Sonido: Valeria Ferro. Productora: VideoFilmes

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