lunes, 30 de enero de 2017

TU NOMBRE (KIMI NO NA WA, YOUR NAME, Makoto Shinkai, 2016)



TU NOMBRE (YOUR NAME, KIMI NO NA WA, Makoto Shinkai, 2016)


Shinkai regresa al territorio que maneja a la perfección, los espacios intertemporales y las relaciones amorosas que van fraguando a lo largo de los años sin que sus protagonistas consigan encontrarse en un lugar concreto por culpa del azar. Si en “A 5 centímetros por segundo” y en “El jardín de las palabras (preciosista y minimalista pieza de emoción condensada)”, Shinkai reivindicaba el anime como vehículo de transmisión para el amor juvenil que se proyecta hacia la madurez, en “Kimi no na wa” expande la propuesta y la extiende a las conexiones entre dos jóvenes que, sin conocerse, quedan conectados de por vida y simultaneando sus existencias, viviendo cada uno de ellos con tres años de distancia experiencias compartidas. La película comienza con una lluvia de meteoritos presenciada en casi todo el planeta al paso de un cometa que se va desintegrando y dejando múltiples estelas. El espectáculo visual imaginario se traslada a la animación creando un cielo “de película” bajo el que los protagonistas de la pequeña población rural japonesa, donde vive Mitsuha, asisten asombrados a ese espectáculo de luz y color que oculta una tragedia por venir.



Paralelamente, en Tokyo, un adolescente despierta. Taki no se reconoce, dónde está su pelo largo, sus pechos, entre sus piernas hay algo que no le pertenece, y no recuerda nada de lo sucedido el día anterior. Vive solo con su padre, alterna las tareas domésticas con él, tiene un trabajo, estudia en el instituto……. A Mitsuha le ocurre algo parecido, se levanta en una cama extraña, se emboba tocándose los pechos y diciendo “qué agradable es tocar unos de verdad”, tiene una hermana pequeña y vive con una abuela, no recordando qué hace ahí y dónde está, y sobre todo, descubre su cuerpo al desnudarse delante del espejo y su sorpresa es mayúscula al darse cuenta de que su cuerpo no es el de su cerebro. Pero esto no ocurre todos los días, la mente de ambos se ha cruzado y, a días alternos, Mitsuha estará en el cuerpo de Taki, y Taki en el de Mitsuha, sin posibilidad de encontrarse, pero, ante la reiteración, inventarán formas de comunicarse, dejándose notas y pistas en los teléfonos y cuadernos del otro para saber que lo que están viviendo es cierto, por más impensable que resulte. ¿Cuándo y cómo el destino de ambos jóvenes se cruzó y quedó unido por unos hilos invisibles que remiten la historia a los fundamentos del sintoismo? ¿Qué importancia tiene que cada uno de ellos esté a disgusto en el lugar que le ha tocado vivir? ¿las ausencias paternas les ha hecho más receptivos a percepciones extrasensoriales que se escapan a los demás? ¿Fue el cometa el que propició esta mezcla de tiempos y mentes? Shinkai asume, por lo tanto, la difícil tarea de enfrentarse a los saltos en el tiempo en una relación amorosa nunca concretada, une la sensación de extrañamiento a la de la ausencia de esa persona que se siente tan próxima, pero que resulta inalcanzable. Y para ello utiliza el ritmo pausado que necesita una experiencia perturbadora para cualquiera, más aún cuando los que te conocen sienten la diferencia entre los días que cuerpo y mente no se corresponden, el ritmo melancólico de la imposibilidad, junto con la belleza de unas imágenes que vuelven, como muchas veces en la animación japonesa, al mundo dela naturaleza como enclave donde la armonía es necesaria y en el que ésta se proyecta hacia los humanos, una pausa y un ritmo que se acelera cuando el encuentro parece próximo en medio del atardecer.



El lado místico de la historia fluye con la misma naturalidad, sin imposiciones, en medio de un entorno natural que traslada a los seres humanos hacia un inframundo poco tenebroso, y que remite, igualmente, a algún otro desastre de un pasado remoto, trenzando hilos invisibles de conexión intertemporal a modo de las pulseras que Mitsuha, siguiendo el método “kumihimo”, hace como ofrenda; mientras Taki, que no sabe por qué lleva consigo una de esas pulseras, se hace más atractivo cuanto más explora y conoce ese anverso femenino que le proporciona la mente de Mitsuha y sigue sus consejos, paralizándose cuando le falta el apoyo de esa otra presencia interna. Ambos crecen como personas aprovechando cómo es el otro, de hecho a Mitsuha se le hace realidad su deseo, “en otra vida hazme un chico guapo que viva en Tokyo”. El relato asume un giro radical cuando, tras el progresivo conocimiento mutuo entre ambos personajes, Taki se da cuenta de que el lugar donde podría encontrar a Mitsuha fue devastado tres años antes por la caída del meteorito. Aquí la angustia por no poderse encontrar se transforma en incomprensión añadida cuando metafísicamente tendría que haber sido imposible esa comunicación entre ambos; cuando se inician las conversiones matinales, Mitsuha ya debería haber muerto. Se refuerza el elemento inmaterial de la película cuando tienen delante de sí el reto de recordar por qué se conocen, por qué recuerdan sus nombres, y, sobre todo, cómo lo inexistente puede comunicarse con el futuro y, a la vez, el presente regresar al pasado. La angustia personalizada en un hombre y una mujer que se buscan con un deseo creciente, se acrecienta cuando de esa búsqueda depende convencer al pueblo para que abandone ese lugar que va a quedar arrasado, y quizás, evitar la muerte de la propia Mitsuha. Como Clark Kent hacía retroceder el tiempo para salvar a Lois Lane, Taki usará el encuentro místico a base de kutikami (un sake religioso conseguido mediante técnicas de fermentación peculiares) y el momento del crepúsculo, ese momento en que todos los mundos se acercan y el tiempo se hace relativo (el kataware dori), donde pueden encontrarse en un espacio definido pero en un tiempo inconcreto, tocarse y verse, hablarse sin códigos de comunicación inventados, conocerse, aunque el encuentro sea fugaz, tanto como el último rayo de sol sobre el horizonte.



No hay estridencias ni sobreexposiciones sentimentales en el actuar de ambos personajes, definidos y creados en animación pero dotados de una evolución y caracteres dignos de cualquier película con actores de carne y hueso. Puede pasar, y sería lógico, que el espectador sufra la desubicación imposible de resolver sobre cómo unir piezas dispersas a lo largo del tiempo y que aparecen de manera simultánea en diferentes espacios y momentos. Es el problema fundamental de los viajes en el tiempo, sean materiales o espirituales, como en esta película japonesa, hacer que las preguntas sobre cómo es posible que una cosa que ha pasado deje de existir, que se reescriba lo que todos vieron para terminar borrándose de su memoria dando lugar a una nueva realidad no afecte a la globalidad de la propuesta. En el fondo ocurriría lo mismo con la reciente “Arrival” donde cómo quien es capaz de ver el futuro no fue capaz de predecir la llegada de las naves extraterrestres,  o cómo el protagonista de “La jetée” no es capaz de recordar que está viendo su propia muerte que, en bucle, puede repetirse hasta el infinito. En este caso no es lo importante, porque lo concluyente de la película, de admirable factura, se encuentra en unas escaleras bajo la nieve, dos personas adultas que lloran sin saber exactamente porqué al reconocer algo en el otro, espejos reflectantes que devuelven un deseo insatisfecho sin poder nombrarlo, porque el tiempo desecho en los pliegues del ir y venir, ha borrado de su memoria los nombres del otro, su rostro y sólo queda el pinchazo de una corriente eléctrica invisible al cruzarse con quien estás destinado a conocer y la sensación de ser una persona que te es muy cercana.