miércoles, 4 de enero de 2017

PARK (Sofia Exarchou, 2016)

PARK (Sofía Exarchou, 2016)
Atenas, Villa Olímpica. Abandono, destrozo, saqueo, un estadio como un erial ocupado por un grupo de jóvenes que sólo en ese espacio, sueñan con los viejos héroes de la antigua Grecia. Un heterogéneo grupo de edades y procedencias, abandonados a su suerte como el propio estadio, dispuestos a pelear y a mostrarse agresivos sin ningún premio de por medio. Una metafórica corona de laurel puede coronar momentáneamente a quien haya derribado a otro por sorpresa. Es un verano en el que, la única diferencia con el resto de estaciones, va a estar en el agua. Un elemento accesible para refrescar el ambiente y los cerebros, pero que no borra el permanente hálito de aburrimiento y falta de perspectivas de todos ellos. Nada que ofrecer y menos que esperar, largos días sentados a la sombra, gritando, voceando, destrozando las entrañas de uno de esos ejemplos palpables del despilfarro político con cheques concedidos por gobiernos extranjeros y cómplices. Lo que fue el sueño ilusorio de un país que se creyó rico por un momento para darse de bruces con la realidad, las ruinas del Partenón hablan de un pasado glorioso, las ruinas de 2004 de la gran estafa. Una generación perdida de jóvenes griegos, y otras por llegar que no tienen futuro antes de empezar. Para Anna y Dimitri sólo existe el espejismo de divertirse a lo largo de un verano, su relación es física y muda, no hay proyecto que compartir porque el ambiente en el que se crían es como los alrededores de Atenas, un estercolero lleno de residuos. El político no sólo ha decidido que las instalaciones deportivas se han convertido en algo más rentable abandonado que cuidado, sino que ha incluído a sus ciudadanos en la categoría de prescindibles (años antes Petros Markaris advirtió del derroche y despilfarro olímpico en su serie del comisario Jaritos, ahora podemos comprobar cuánto de cierto había en la ficción comprobando en imágenes el resultado de ese espectáculo comercial cuatrianual).


El cine griego del siglo XXI corre el riesgo de encasillarse, es cierto, pero cuánto añoramos en otras cinematografías a cineastas más apegados a la realidad, más conscientes de que el cine ha de denunciar y mostrar lo que no se ve o lo que no se quiere ver. Nos abrió el camino Lanthimos, pero detrás han venido muchos y muchas, y se agradece la crudeza, la violencia consustancial con un estado de mera supervivencia. El común de los griegos padece la sinrazón de la élite económica y se les hace pagar lo que previamente se les exigió gastar sin control, incluso se les invitó a falsear las cuentas de la mano de una Unión Europea que se vendió a nuevos corsarios como Goldman Sachs; engendro mercantil que nutre de mano de obra nada barata gobiernos europeos y a las propias instituciones que deberían velar por nosotros. En esa situación, alejados de las tomas de decisiones, anulados como representados, el germen de la violencia ha de manifestarse, con uno mismo o con los demás. No hay derechos para los abandonados del sistema, que en Grecia son mayoría. Muchos agachan la cabeza y esperan no ser el siguiente, o se acostumbran a no esperar nada mejor, pero ¿quien nada ha tenido cómo puede sentir que ya lo ha perdido todo? ¿cómo quien más sufre es capaz de hacer daño al que se encuentra como él?. Exarchou es valiente en el retrato de la juventud griega, no se si llamarla marginal. Desocupada, ociosa, inculta, aburrida y con el escaparate permanente del turismo derrochador a su alcance, para verlo pero nunca para poder disfrutarlo. Un reducto donde recluir sin necesidad de sanciones, guettos modernos para los nuevos proletarios desclasados.


Pulir el mármol es un trabajo, pero también es una metáfora de todo lo que hay que limpiar de una persona para llegar a su naturaleza y su esencia. Preocupados de embellecer el material abandonamos a las personas a su suerte; y a su suerte, son explotados, utilizados, y a cambio utilizan venganzas infantiles e inmaduras para recoger migajas insuficientes de los más afortunados, o simplemente por el placer de comprobar cómo alguien todavía puede sentirse peor que uno mismo. Británicos, rusos, daneses, disfrutan de espacios reservados en playas, pequeñas concesiones donde el sol parece propio y ningún griego va a molestarte, has viajado para beber, bailar y tomar el sol. El país, o lo que le ocurra, te da lo mismo, porque encima, todo se ha abaratado y tu estancia te cuesta menos (Suntan, otra producción griega de este año que enfoca la frustración de los griegos desde otro prisma, también refleja cómo Grecia se ha transformado en un país para disfrute de los extranjeros). No busca Exarchou el encuadre bello, la fotografía impactante, ni hacer atractivos a sus jóvenes protagonistas, una camada de chicos para los que la mujer se convierte en objeto y ellas se dejan convertir en exposición, chicos y chicas que apenas se mezclan pero que están pendientes unos de otros, como esperando la época de celo en la que aparearse sin sentimiento alguno. Apreciamos los silencios como ejemplo de los pensamientos de los dos, para Dimitri hay que sustituir un salario en negro por la rapiña del turista, en una mirada perdida cuyo horizonte choca con un mar, cuyas aguas oscurecidas por la noche, no deja vislumbrar ni un solo punto de apoyo, para Anna sus contorsiones son un recuerdo doloroso. Lo que la hace especial (su flexibilidad, como a Dimitri poseer un perro de raza que le da dinero alquilándole como semental) daña, porque cuando sus compañeros piden que adopte posturas imposibles para los demás, surge el recuerdo de cuando aquello era una pasión. Rodillas, muslos, codos surcados de cicatrices que evocan lesiones irreparables que han acabado con una carrera deportiva, un mapa del dolor y el sufrimiento que el agua no puede borrar. ¿Cómo puede imaginar la maternidad esta joven si no existe un presente más que lleno de angustia y abandono?


Este grupo permanece unido como protección, pero en el interior sus propias fuerzas promueven la desintegración. De manera inconsciente buscan espacios vallados, rejas, encierros, que dificultan la entrada de extraños pero que impiden la propia libertad. Pueden hacer lo que quieran, pero no tienen  medios para conseguirlo, salvo la juventud. Cuando el verano va acabando y las playas y hoteles se vacían, el mismo agua que parecía un elemento salvador, se convierte en algo hostil y a evitar; el humor cambia y se oscurece, una derrota obliga a una venganza tras otra, aunque sea pueril o peligrosa, y el otoño elimina el espejismo hipnótico de una vida en la que no hay que ocuparse de nada porque el cuerpo no reclama ni calor ni cobijo, como borra de un plumazo los sentimientos entre los dos protagonistas si es que estos existieron alguna vez. Ha de haber familias donde estos jóvenes pasan las noches, solo vemos las de Anna y Dimitri, y con ello nos es suficiente, el abandono institucional viene acompañado del abandono familiar, nadie asume sus obligaciones porque nadie está en condiciones mentales de enfrentarse día tras día con un futuro permanentemente desolador. Cuando Dimitri aprovecha las últimas reuniones de turistas para aprovechar un descuido, el comportamiento de ese grupo de maduros daneses apenas se diferencia del que hemos visto durante el verano en el estadio olímpico, salvo el enorme abismo del nivel adquisitivo, por eso el largo final no es sino la evidencia última para Dimitri de su interminable bajada a los infiernos. Hay muchas maneras de prostituirse, siendo ingenua y exhibiéndose para obtener un silbido, o para meterse en las aguas heladas a cambio de un puñado de billetes que unos turistas borrachos te ofrecen aprovechando tu debilidad; al final este grupo no es más que la suma de individualidades que contienen soledades absolutas imposibles de compartir, un resultado que se refleja sobre muchos consecuencia de la verdadera avaricia de unos pocos.


PARK. Grecia, Polonia. 2016. Directora: Sofía Exarchou. Productoras: FALIRO HOUSE, MADANTS. Fotografía:Monika Lenczewska. Montaje: Yorgos Mavropsaridis, Sofia Exarchou. Música: The Boy. Reparto: Dimitris Kitsos, Dimitra Vlagkopoulou, Enuki Gvenatadze, Lena Kitsopoulou, Yorgos Pandeleakis, Thomas Bo Larsen. Duración: 100 minutos.

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