domingo, 8 de enero de 2017

MIMOSAS (Oliver Laxe, 2016)

MIMOSAS (Oliver Laxe, 2016)
A la salida de la proyección abundan las caras de estupor. La sonrisa nerviosa del que es consciente que no ha entendido muchas cosas, o ninguna, o al que no le convence esta forma de contar una historia. Una espectadora se acerca al dueño de las salas y pregunta ¿dónde está el manual de instrucciones? Y no le falta razón, pero tampoco le sobra. Acostumbrados como estamos a ver películas, leer novelas, ver cuadros realistas donde la presentación, nudo y desenlace resultan esenciales para llegar al espectador, cualquier obra de arte que rompa el esquema clásico descoloca a quien la presencia, y surge el reto; o tratar de desenmarañar lo que vemos intentando darle nuestra interpretación, o ahogarnos totalmente a las primeras de cambio al no ser capaces de unir unas imágenes con otra y encontrar una especie de relato coherente. Queda otra opción, que no es poco interesante, dejarse llevar por las imágenes y sus sensaciones, que es lo que nos puede transmitir este largo viaje multidimensional a lo largo de las montañas y el desierto marroquí, sumergirnos en la luz y los rostros, para obtener, si no respuestas, si interrogantes más fáciles de asumir, o sencillamente, extraer un resultado de la contemplación sin necesidad de que unas imágenes nos otorguen un relato coherente.

Estamos, es indudable, ante un tipo de cine minoritario que lucha por hacerse ver. Al innumerable contingente de directores y directoras que huyen del cine convencional en España les sigue faltando la plataforma necesaria de exhibición. Poco a poco internet y sus plataformas alternativas de exhibición facilitan a los «iniciados» acceder a algunos de los títulos, y por iniciados hablo de quien busca más allá de las publicaciones generalistas que sólo hablan de estrenos comerciales. Pero falta la normalidad de ese estreno, conseguir la normalidad de tener en pantalla, conjuntamente, como en el cine donde he visto la película, la última de Albert Serra, Dolan, Jarmusch junto con la de Oliver Laxe. Conseguir que se estrene no es fácil, que llegue a muchas localidades del estado mucho más dificil, que se consiga rentabilidad en la apuesta ya debe ser titánico, pero si poco a poco, además del espectador convencido y arriesgado, va sumándose gente que se siente atraída por otra forma de contar historias, es posible que iniciativas como la de Numax distribución puedan multiplicarse. No lo se, pero por lo menos, hay que aplaudir que haya quien invierta su dinero en intentar exhibir aquello en lo que cree, convencido de que la rentabilidad llegará con el tiempo. Ahora corresponderá a los espectadores demostrar que sí existe ese segmento interesado en estas propuestas para que un número infinito de buenas películas españolas que permanecen en el olvido, consigan, poco a poco, adentrarse en el mercado.

¿Es buena o mala película la de Laxe? Las calificaciones y clasificaciones dependen del gusto personal. Un premio tan importante como la palma de oro de la semana de la crítica de Cannes no es relevante, como ningún premio, pero también es una señal de atención. Quien no tenga información alguna sobre el cine de Laxe ( por extensión podría hablarse del nuevo cine gallego, cuyas fórmulas narrativas están muy distanciadas del formato televisivo que tanto gusta ver en pantalla grande el público español) es probable que experimente un rechazo absoluto y visceral ante lo que vea por su falta de entrenamiento a la hora de afrontar una tarea que exige mucho esfuerzo. Incluso para quien esté acostumbrado a este tipo de cine y disfrute de la experiencia, la misma es complicada y difícil. No hay pistas expresas, no hay dónde agarrarse con seguridad para sentir que lo que se interpreta sea como parece ser, pero también puede ser que, estando seguro de que Laxe sabe lo que quiere contar, éste no quiera que el espectador tenga tantas certezas y el relato dependa de las íntimas sensaciones de cada uno. Laxe utiliza una cultura prácticamente desconocida para el espectador español, tan cerca de nosotros pero tan separados como dos planetas, Marruecos, su religión o sus tradiciones nos resultan tan conocidas como las de los aborígenes australianos. Lo diferente siempre produce incomprensión, si se le une el componente religioso, el rechazo se multiplica. Contando Laxe una historia donde la religiosidad sufí aparece como motor de la misma ha de ser consciente de que quien ve la película va a perder pie inmediatamente, así, la aventura se transforma en algo iniciático, teñido de una espiritualidad que nos supera y descoloca y a la que no todo el mundo querrá llegar porque implica un enorme esfuerzo.

Contada a través de tres momentos, coincidentes con otros tres propios de la doctrina sufí, el director, sin  advertencia, entra y sale de dos dimensiones espacio-temporales distintas para complicarnos la comprensión de esa historia en la que una caravana transporta a un jeque moribundo que quiere ser enterrado en un determinado lugar. Una caravana que empieza a cuestionar las decisiones del líder religioso y a comprometer el resultado de esa expedición al adentrarse en la cordillera nevada del Atlas poniendo en peligro la vida de todos ellos. Vida y muerte tratados como algo relativo para el jeque, «un buen lugar para una siesta», pero como algo incuestionable y evitable para los miembros no creyentes de la expedición. En otro lugar, en otro tiempo, pero con conexión  mística entre ambas, alguien envía al mejor de sus profetas para que garantice el èxito de la expedición y mantener la tradición puesta en peligro por las nuevas generaciones. Dos personajes antagónicos, el escéptico Ahmed y el trascendente Shakib, el enviado desde la civilización desconocida para remediar el mal que puede llegar a instalarse en la caravana, y por derivación, en el nuevo mundo tras la muerte del jeque, su referente espiritual. Laxe construye su película precisamente sobre ese antagonismo, algo que va reforzándose conforme la caravana atraviesa más dificultades y se ve enfrentada a una constante amenaza mortal de procedencia desconocida. Una muerte que es asumida como algo poco importante por el creyente y como una pérdida irreparable para el que no lo es. Juega Laxe con el tiempo y las dimensiones. ¿Esos taxistas pertenecen al mismo mundo que los caravaneros? ¿son seres reales o entidades espirituales que proceden de un «cielo» protector? ¿Es Shakib un hombre o un ángel enviado a la tierra para proteger al creyente (esa espada poco flamígera remite a la idea del arcángel luchando contra el infiel)? La expedición de vehículos cochambrosos que se adentra en el desierto y que retorna diezmada y desvencijada ¿es sinónimo de derrota espiritual o de triunfo pírrico de la fe sobre la razón?


No son fáciles las respuestas, incluso no son fáciles las preguntas, estamos ante una película espiritual en un mundo materialista y egocéntrico. Asumir que se nos cuenta una historia de contienda espiritual donde se busca el compromiso de un triunfo religioso, entendamos por religioso lo que cada uno quiera, no resulta fácil de aceptar. Es más, esta caravana mística se va diezmando ante peligros y ataques desconocidos, ¿quiénes son? ¿por qué? ¿quienes atacan? ¿Es el materialismo el que ahonda en los males modernos de la sociedad? Parece que Laxe sí ha entendido y se entiende con Oriente de la misma manera que la inmensa mayoría de Oriente y Occidente no se entiende entre sí. No está mal reivindicar lo espiritual en tiempos tan convulsos, siempre y cuando no confundamos lo espiritual con dioses excluyentes y exterminadores. Espiritual no es lo mismo que religioso, aunque ha sido fagocitado por éste arrojando al no creyente a un materialismo egoista. En todo caso, disfruten con la película porque tiene elementos suficientes para crearles dudas, preguntas sin respuesta, y aprovechen para admirar el trabajo de fotografía de uno de los mejores directores de fotografía del actual panorama cinematográfico español, el trabajo de Mauro Herce no desmerece en ningún momento y, es posible, que consiga hacer de la película algo mucho mejor que la propia historia, por su forma de retratar rostros, paisajes y movimientos. Un nuevo, de verdad, cine español.



País: España, Marruecos, Francia, Qatar. 2016. 96 min. Productora: Zeitun Films. Producción: Felipe Lage Coro. Guión: Oliver Laxe, Santiago Fillol. Fotografía: Mauro Herce Montaje:Cristóbal Fernández. Sonido: Amanda Villavieja. Reparto Ahmed Hammoud, Shakib Ben Omar, Said Aagli, Ikram Anzouli, Ahmed El Othemani, Hamid Fardjad, Margsarita Alborés, Hwidar.