lunes, 23 de enero de 2017

LE PARC (Damien Manivel, 2016)



 
LE PARC (Damien Manivel, 2016)


Conjugar realidad y ensoñación, enamoramiento y desengaño, frustración y deseo a lo largo de un día, en un único escenario que no se abandona, el parque, un espacio que, mediante su propia naturaleza, configura un personaje añadido a casi dos únicos protagonistas de una historia muy simple, muy mínima, pero incluso, demasiado dolorosa para el personaje que nos acompaña durante los 70 minutos de película, el femenino, Naomie. Si sus primeros segmentos son un prodigio de concisión, de información, de naturalismo, el tercero quiebra absolutamente lo visto hasta entonces y sumerge al espectador en la confusión de una mente abrumada, mientras la noche ayuda a transformar la historia de enamoramiento en una pesadilla que culmina con un nuevo despertar, lo real se transforma en onírico y hasta surrealista.


Auspiciada por el sello Shellac, garantía y signo distintivo de un determinado gusto estético en la confección de las películas, “Le parc” remite a clásicos del cine europeo como Pedro Costa y Paul Vecchiali. Manivel trata a sus dos personajes con sutileza, y tiempo, para que desplieguen su incipiente afecto ante nosotros. Una cita en la que el saludo es verbal y sin contacto físico, como si apenas se conocieran, como si se encontraran atenazados por el miedo y el desconocimiento. Naomie y Maxime hablan de cosas banales y de temas que, si la relación estuviera asentada, conocerían necesariamente, así que tras esas preguntas de estudios, de familia, de gustos, asistimos al germen de la relación amorosa, al momento del descubrimiento de que lo que nos gustaba del otro cada vez se va haciendo más atractivo. Es el momento del verano, del día caluroso, de la luz que nos obliga a entrecerrar los ojos; porque la luz es relevante en el tratamiento de la película. Del cielo azul y la luz cegadora, al atardecer y la noche, luces que coinciden con el progresivo estado de ánimo de Naomie, quien a partir del minuto 20 asume el peso absoluto del relato.


Cuando Naomie se queda en el parque, sola, contemplando la pradera mientras el público desaparece poco a poco y los ruidos de los niños se hacen cada vez más lejanos, el sonido pasa a ser el de los cantos de los pájaros y el ruido del viento en los árboles, eliminando cualquier sonido urbano. El progresivo ocultamiento del sol equivale a la decepción absoluta que sufre el personaje femenino al revelarse, vía whatsapp (cómo no entre jóvenes), que Maxime no ha dejado a su anterior novia, y elige la vía impersonal y cobarde de confesarlo mediante un mensaje. De la incredulidad a la rabia y a la posterior desazón en pocos minutos, los mismos en los que la luz del día termina desapareciendo, esa oscuridad que se instala en el corazón de la joven y le hace escribir un “no quiero encontrar a otro, quiero que el tiempo retroceda para no haberte conocido”. Los perfiles se van difuminando hasta no ser percibidos más que como una silueta, un difuminado equivalente a la sensación de Naomie de haber dejado de ser algo y convertirse en irrelevante, pensamiento con el que decide tumbarse en el césped y caer dormida.



Es en este último momento donde la película cambia radicalmente de estilo, el mundo de las sombras, el vigilante nocturno que nos recuerda al Ventura de Costa, una iluminación artificial que remite a las noches de Vecchiali, como si la luz saliera de Naomie y no la luna incidiera sobre ella. Todo invita a la irrealidad, como esa tozudez de la joven intentando dar marcha atrás con esa caminata en la que desanda el camino hasta el lugar y momento en el que conoció a Maxime, no queríamos haberle conocido, pero todo nos conduce nuevamente al primer momento. La cámara no se echa sobre los actores, el espacio es importante para que los mismos puedan entenderse con el medio y formar parte de él, y también como si nosotros fuéramos espectadores algo alejados de esta representación amorosa. Poco a poco, ese vigilante nocturno va transformándose en un doble de Maxime, entrando en el mismo juego de seducción en el que la joven no consigue distinguir a uno del recuerdo del otro. El final resulta lógico y evidente, casi el único posible atendiendo a las pistas mostradas, un final donde no quieres soltar lo que ya no tienes, pero en el que hay que enfrentarse a la realidad de un nuevo día. Es el momento en el que el sol vuelve a salir, con la misma fuerza y calor del día anterior y, en plena ausencia, se ha acabado el mundo de los sueños y empieza el momento de afrontar las realidades.




Le Parc. Francia. 2016. 71 min. Director: Damien Manivel. Productores: Damien Manivel, Thomas Ordonneau. Guión: Damien Manivel, Isabel Pagliai. Fotografía: Isabel Paglia. Sonido: Simon Apostolou,Arnaud Marte. Montaje: William Labour. Intérpretes: Naomie Vogt-Roby, Maxime Bachellerie, Sessouma Sobere.

TRAILER