miércoles, 11 de enero de 2017

LA AUTOPSIA DE JANE DOE (André Ovredal, 2106)



LA AUTOPSIA DE JANE DOE (André Ovredal, 2016)


Un cuerpo joven y bonito, sin  marcas, sin deterioro aparente, sin razones visibles que justifiquen su muerte. Sólo unos ojos glaucos que no son compatibles con el resto del estado físico del cadáver. Unos ojos grisáceos y cuasitransparentes que invitan a descubrir el enigma.



Entre los centenares de películas de terror que se estrenan año tras año, la repetición de clichés y situaciones mil veces vistas no ayuda a aventurarse en demasía en territorios minados. De vez en cuando, últimamente con cierta frecuencia, la reinvención del género buscando nuevas perspectivas ha insuflado aire fresco a las propuestas. Si en 2015 el outsider que apabulló fue “It follows”, película genuina y espléndida cualquiera que sea el matiz crítico que se utilice; a caballo entre 2016 y 2017, puede que sin el soberbio metalenguaje de la película mencionada, se estrenan y están a punto de estrenarse, propuestas muy bien estructuradas, muy bien contadas y que incorporan alicientes y nuevas derivaciones suficientes para que cualquier amante del cine venza la resistencia a enfrentarse a una película con etiqueta de “terror”, y simplemente disfrute de buen cine. Los creadores más recomendables del nuevo cine de terror están situando sus historias en medio de realidades sociales que proporcionan una lectura metafórica al cuento de miedo, esto no es nuevo, pero como no es frecuente, hay que constatarlo. 




No se trata de aterrorizar al espectador con la amenaza de la muerte, sino enfrentarle a una situación en la que la muerte, real o en vida, puede proceder de muchas otras alternativas. Si, por ejemplo, “No respires” de Fede Álvarez, aprovecha la crisis económica, la desestructuración familiar, la degradación urbana de suburbios de una ciudad como Detroit, para reinventar el cuento del lobo y los tres cerditos, “Under the shadow”, de Babak Anvari,  utiliza el fantasma secular de la religión iraní mezclado con la realidad política del país en medio de una guerra real, o en la fantástica “The girl of all the gifts” de Colm Mc Carthy, el relato de zombies apocalíptico se mezcla con la esperanza de un mundo mejor mediante la educación, esta “Jane Doe” introduce elementos del mito de la creación de los Estados Unidos, el germen dejado por el Mayflower, Salem y su fanatismo religioso, su odio y reivindicación de la venganza, en el reducido espacio de una sala de autopsias en la que, el misterio va revelándose poco a poco.



“Jane Doe” es el equivalente femenino del John Doe utilizado por Capra, pero despojado de humanismo y optimismo; se trata de un ser anónimo y, por lo tanto, irrelevante y ultrajable. Un ser a expensas de los demás porque nadie va a reclamar por él ni en su nombre, máxime si su presencia, desde los primeros minutos de la película corresponde con el de una joven mujer muerta sin señales de violencia aparentes. Un cuerpo perfecto e inmaculado que aparece, desnudo, medio enterrado en un sótano de una vivienda unifamiliar, cuyos habitantes han sido salvajemente masacrados. Un escenario de sangre y violencia que choca frontalmente con la asepsia de ese entierro ajeno al volcán de sangre y vísceras de las plantas superiores. Hay, por lo tanto, desde el principio, una propuesta que nace de una paradoja. Planteada así como una investigación criminal de cine negro, sin sospechosos, sin pruebas, Ovredal (a quien se echaba de menos desde su estimulante película noruega “Trollhunter”) va desplegando con acierto la batería de interrogantes que transforman lo que parece una serie de asesinatos en serie, en un relato de terror sobrenatural con un escenario perfecto para la sugestión, una morgue y una sala de autopsias bajo tierra, y sin salida directa al exterior, como consecuencia de una noche de tormenta que aísla al forense y su ayudante, padre e hijo además, y que se afanan en descubrir la causa de la muerte de Jane para armar el rompecabezas del escenario inicial.



Tommy y Austin (estupendo Brian Cox y convincente Emile Hirsch, respectivamente como padre e hijo), alguna presencia episódica y poco funcional para dar un poco de aire al relato, y el cuerpo desnudo y silente de Jane (Olwen Kelly), bastan a Ovredal para dar la vuelta a la presentación y transformar a los investigadores en objeto de persecución. Un sheriff que, al cerrarse el círculo, evidencia las sospechas sobrenaturales sobre la joven, enviando la maldición a otro condado, provoca que al espectador se revelen las causas del primer episodio al tiempo que los forenses van descubriendo el pasado de la joven mediante su autopsia (detallada y realista). A fuerza de mantener silencio sobre las realidades que arruinarían la sorpresa para el espectador, esa larga noche de encierro y trabajo de padre e hijo también sirve para sacar a la luz cuentas pendientes entre ambos, pasados hirientes y ausencias irremplazables. La casa se sitúa entonces en el medio de la trama como un personaje a construir mediante el recuerdo de lo que hubo en ella y no va a volver.



Esa reducción del espacio en el que se desarrolla la película fuerza a una composición cuasiteatral de la misma, escenarios muy poco cambiantes, apenas tres o cuatro cuadros en los que se desarrollan las escenas, una habitación, un ascensor, un pasillo, la sala de autopsias y un espejo que refleja las sombras que, ni queremos ver ni podemos comprender por escapar a nuestro raciocinio. Dos personas acostumbradas a la muerte, a interpretarla, han de enfrentarse a un nuevo reto como si de un juego de detectives se tratara. Cuando lleguen al convencimiento de las razones de lo que ven, y de lo que empieza a suceder, puede ser tarde para darse cuenta de que su trabajo no resolverá la paradoja, porque las explicaciones exceden al conocimiento de la práctica forense.

Reino Unido. 2016. Título original: The Autopsy of Jane Doe. Director: André Øvredal. Guion: Ian B. Goldberg, Richard Naing. Productores: Rory Aitken, Fred Berger, Eric Garcia, Ben Pugh. Productoras: 42 / Goldcrest Films International / Impostor Pictures. Fotografía: Roman Osin. Música: Danny Bensi, Saunder Jurriaans. Montaje: Peter Gvozdas, Patrick Larsgaard. Dirección artística: Astrid Sieben. Reparto: Emile Hirsch, Brian Cox, Olwen Catherine Kelly, Ophelia Lovibond