jueves, 26 de enero de 2017

FRANTZ (François Ozon, 2016)

FRANTZ  (François Ozon, 2016)


Depositas suavemente un violín en un estuche después de negarte a tocar una pieza con él, es el violín de Frantz y tú eres el soldado francés que le mató en un trinchera del Marne, probablemente la opción era o él o tú, y no cabía otra respuesta. El violín se muestra entonces como un cuerpo inerte depositado en una caja, un ente inmóvil que sólo había usado Frantz, se transforma así en ese cuerpo desaparecido en una fosa común, y el trapo que lo protege en un improvisado sudario. Al cerrar ceremoniosamente la tapa del estuche, estamos, metafóricamente, cerrando el ataúd con un cuerpo que no llegamos a ver, estamos sepultando, por fín, la realidad que no queríamos aceptar; y en el reconocimiento de esa muerte, conseguimos liberarnos del peso de la angustia y recuperar ciertas ganas de vivir. Para que esto ocurra, un extraño, una persona que aparece de repente en nuestras vidas, y las sacude y convulsiona hasta que nuestros comportamientos cambian radicalmente en apenas unas horas, ha tenido que engañarnos, contarnos un pasado que nunca existió para creernos que, en algún momento Frantz fue feliz, y nosotros con él.




Adrien es el catalizador de la recomposición de una familia dolorida por la ausencia irreparable, una viuda antes de ser esposa, y unos padres de Frantz que la acogen  como si esa boda se hubiera celebrado. Unidos, asisten al paso de los días de manera rutinaria, envueltos en la capa del dolor y de un odio irreflexivo a todo aquello que suene a Francia. La figura de Adrien en esa pequeña población alemana, se torna de esa manera en el “ocupante”, el “vencedor”, el “culpable” de tanta muerte, cuando, en realidad, es tan víctima como todos ellos. Ozon trata con mucha sutileza la relación entre esa familia y el aparecido excombatiente francés, sorprendido mientras deposita flores en la tumba vacía, destrozado por el sentimiento de culpa, mientras los familiares piensan que es el dolor por la pérdida de un amigo lo que le mantiene en un estado similar al suyo. Pero esa sutileza, propia del irregular director francés, no es sostenida a lo largo de la película; si el elemento personal e íntimo consigue con creces su propósito mediante la inmensa, e intensa, interpretación de Paula Beer en el papel de Anna, la novia viuda, secundada a duras penas, pero sin decadencias o descompensaciones alarmantes por Pierre Niney; cuando la película intenta relacionar el drama personal con el drama nacional, el pincel se torna brocha y los personajes se vuelven estereotipos, las situaciones arquetípicas y las evoluciones personales poco creíbles.

Exige “Frantz” cierta cooperación del espectador, un voto de confianza para que ese personaje de viuda desconsolada y sin ganas de vivir, pueda recuperar la alegría en apenas dos o tres días por la aparición del desconocido francés. Ese enamoramiento visual y contextual entre ambos, más intenso en Anna, ser mucho más pasional y más herido que Adrien, pues sufre la acumulación de dos pérdidas en muy poco tiempo, puede afectar a la sostenibilidad del relato si el espectador advierte ese cambio radical sin mucho sentido. Si se acepta esa “mentira” de guión, la película funciona muy bien en el tramo alemán de la misma, pero entra en bucle y monotonía cuando la acción se traslada a Francia, y en concreto al “chateau” propiedad de la familia de Adrien. Las interesadas notas de prensa hablan de que Ozon tenía la idea del soldado asediado por la culpa y que quiere, de alguna manera, recibir el perdón por las consecuencias de sus actos de guerra, que se enteró de la existencia de una película de Lubitsch de 1932 cuya temática era similar, y después de la inevitable depresión al evidenciar que no iba a ser una película “original”, decidió hacer la película cambiando el punto de vista de la película inicial, “Broken lullaby, en español Remordimiento”. No puedo, hacer comparaciones dada la dificultad de localizar el precedente, ni comprobar hasta qué punto hay verdad, mentira, adorno o exageración en el comentario publicitario, pero lo que sí siento viendo Frantz son varias cosas; que su largo epílogo me deja un sabor a aburrimiento innecesario, a prolongación de una agonía anunciada para que un personaje “despierte” mientras otro asume que su vida, como ya se sabía, va a suponer un suicidio en vida (“El suicida” de Monet siempre en la memoria), que el blanco y negro de la película me suena a falso, carente de profundidad, de sombras, de grises, son blancos refulgentes y digitales, como si tras grabar en color se hubiera eliminado el mismo para escoger la opción b/n de la grabación, que las pocas escenas en color me parecen gratuitas, ni tan siquiera obedecen a un esquema reconocible de recuerdos reales, recuerdos inventados, pasado-presente, no, son simples recursos de estilo del director que no aportan nada, como el intento de hacer ver que el odio franco-alemán puede reproducirse en cualquier momento, máxime ahora, cuando el nacionalismo reduccionista y fronterizo cobra vigor en la vieja Europa, utilizando recursos nada sutiles como los que sí utiliza para la relación que se va creando entre Anna y Adrien, construyendo un personaje enorme en la figura femenina.


Irregular película, altibajos fruto de querer abarcar más allá de lo íntimo, prolongando la historia por el mero capricho de equiparar la duración en dos escenarios donde ambos protagonistas se sienten desamparados, extranjeros y no queridos solamente por su nacionalidad. No obstante, no estamos ante una película despreciable, sino simplemente ante una película con muchas imperfecciones, en la que la sobresaliente interpretación de Paula Beer suple muchas de sus carencias. Película de pretendido toque optimista final, redentor para quien ha sufrido tanto y de eterno castigo para quien no tuvo ocasión de hacer algo distinto pero que se siente reconfortado con un perdón un tanto ridículo, película de mentiras piadosas innecesarias que, a la larga pudieran producir un daño mayor que el beneficio, historia emocional pero contenida, con un toque clásico y formalismo nada rompedor, en la que la contraposición de quienes no deberían entenderse consigue transmitir el mensaje de que la palabra, aunque no sea cierta, permite mayores avances que las armas y las guerras. Película sentimental más que antibelicista, porque la inmensa mayoría de personajes secundarios esperan el momento de devolver el daño y su caricaturización no beneficia al mensaje, una película de Ozon, nunca redondas, algunas malas, unas cuantas buenas y otras irregulares, su cine es así.



Francia, Alemania, 2016. Director: François Ozon. Guion: François Ozon y Philippe Piazzo. Productoras: Mandarin Films, X-Filme Creative Pool, FOZ, Mars Films, France 2 Cinéma, Films Distribution y Universal Pictures International (UPI). Productores: Eric Altmayer, Nicolas Altmayer, Stefan Arndt y Andreas Grosch. Fotografía: Pascal Marti. Música: Philippe Rombi. Montaje: Laure Gardette. Intérpretes: Paula Beer, Pierre Niney, Ernst Stötzner, Marie Gruber, Johann von Bülow, Anton von Lucke, Cyrielle Clair, Alice de Lencquesaing, Axel Wandtke

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