domingo, 15 de enero de 2017

ELEGY TO THE VISITOR FROM THE REVOLUTION (Elehiya sa dumalaw mula sa himagsikan, Lav Díaz, 2011)

ELEGY TO THE VISITOR FROM THE REVOLUTION (Elehiya sa dumalaw mula sa himagsikan, Lav Díaz, 2011)

Imagino que para Lav Díaz contar una historia en 80 minutos ha de ser como para el resto hacer un cortometraje. Acostumbrado a películas de 4, 6, 8, horas, recuperar el pasado de Filipinas de manera tan breve ha de resultar costoso y complicado. También imagino una sala con espectadores que empiezan a desertar, primero tímidamente, y luego en masa, alertados por la aparente incomprensibilidad y el absurdo de lo que se nos muestra, también incluyo en esos desertores a los críticos. Y es comprensible, y hasta asumible, me atrevo a decir que hasta saludable. Dice el propio director que la duración de sus películas las hace literarias, y en ésta el sustrato lingüístico se ciñe al relato interior, un relato sin palabras y lleno de imágenes que sólo en sus últimos 10 minutos, alcanza la concreción que hasta entonces ha sumido al espectador en la ignorancia durante el resto de la obra. Pero es que la contemplación también forma parte del cine, el uso de la mirada para ir recibiendo información que, en algún momento, si tu paciencia te lo permite, llegará a una conclusión. Leyendo la sinopsis de la distribuidora, durante la película uno se pregunta varias veces dónde y cuándo alguien ha conseguido ver ese fantasma de la revolución si no es porque el director lo haya dicho. Sobre el carácter etéreo de uno de los personajes se puede elucubrar, pero sobre su procedencia parece más que discutible. Díaz, aunque haciendo sufrir casi hasta el final, no hurta al espectador de la información necesaria para entender su propuesta, en un exquisito y triste blanco y negro, el presente de Filipinas se llena de desamparo a partir de un momento que tuvo que ser expansivo y prometedor, pero que quedó reducido al bárbaro, sangriento, desolador resultado que, hoy, siglo XXI, todos conocemos del país.
El fantasma de una revolución truncada, secuestrada y prostituida desde todos sus estamentos, recorre una Manila diurna hasta que se derrumba y llora de pena. Todo lo que ve, lo que oye, lo que siente ese fantasma, apunta a un presente de violencia, dominación, corrupción, crimen y ningún castigo. Esa visitante del pasado, quizás movida por el deseo de comprobar cómo ha evolucionado el país, se encuentra, de bruces, con una realidad deprimente, de enormes bolsas de pobreza, de irresponsabilidad en las clases dirigentes e imposibilidad de mejora para la mayoría de la población. Una prostituta, un músico, unos criminales, una mujer a medio camino entre la primera y los últimos, son las personas de carne y hueso con las que la película se forma mediante largos planos fijos (8 minutos el primero, 6 el segundo), historias del día a día a la búsqueda de dinero con el que subsistir en medio de la pobreza, historias sin atisbo de  un golpe de fortuna. Entre tanto, como interludios musicales sin música, ese fantasma aparece a plena luz del día donde hay agua, como si, ante tanta inmundicia, sólo la presencia del agua pudiera ayudar a limpiar la costra reseca que impide respirar. Y ese guitarrista, un compositor que introduce la creación en medio del caos, el hálito creativo como una posibilidad de superar el nivel de enfermedad moral que el fantasma constata, un guitarrista que es el propio Lav Díaz, sus manos y su espalda, nunca de frente ni reconocible, salvo por la intuición y por los propios títulos de crédito, pero un creador que permanece recluído entre las cuatro paredes de una habitación, como si el arte fuera un tabú en el país.
Que la historia sea un sueño, o la filmación de una serie de sueños que después se cuentan y permiten dotar de una estructura reconocible al conjunto, resulta importante para no sentir el desasosiego de no saber qué es lo que nos están contando, esos saltos de un lugar a otro, esas rupturas narrativas que colocan a unos personajes juntos y después en medio de la salvaje tortura y venganza, pero tampoco es definitivo porque las imágenes permiten sacar conclusiones radiográficas de un país, aunque desconozcamos el papel y el origen de esa otra mujer. Díaz nos coloca en escenarios reales de un país, y una ciudad, de la que uno se siente inmediatamente con ganas de huir; largas noches callejeando ofreciéndose a clientes que no se deciden y se burlan de la joven prostituta, unos padres que esperan la llegada de esa hija para ir juntos a comer algo como si su trabajo, y el peligro que entraña, fuera lo más normal del mundo, un asalto con un botín que desaparece y en el que ha colaborado la policía. Imágenes de una ruina que nació de un deseo de independencia, el fantasma que hemos visto en otras obras de Lav Díaz viene para hacernos recordar que hubo una vez en la que Filipinas pudo soñar con un futuro mejor, pero que, ahora, no queda sino caer abatido y sentir la humedad del agua golpeando tus pies, mientras muchos sobreviven recogiendo en la corriente lo que otros han desechado o perdido. Una revolución que, como muchas otras, a primeras de cambio ofreció la desaparición de uno de sus líderes a manos de otro (Bonifacio y Aguinaldo), una independencia construida sobre violencia y muerte, que generación tras generación se perpetúa y obliga a esta Marianne del sudeste asiático a contemplar la ruina de su evolución.

Al movimiento pausado, delicado, y en ocasiones, la inmovilidad absoluta de la visitante, le acompaña el permanente movimiento nervioso de la joven prostituta que se ofrece por las calles de la ciudad. Un movimiento de inquietud, de ansiedad. Incluso inmóvil en un lugar, su torso y sus brazos se mueven, se levantan, se cruzan, juegan con el pelo, los personajes reales se mueven e, incluso, cuando están quietos, muestran nerviosismo, angustia, necesidad de que algo cambie, pero para ese fantasma del siglo XIX, la realidad es mejor saborearla despacio, a paso lento, incluso sin movimiento pero siempre cerca del agua, como si fuera el medio de transporte que comunica ambos mundos y conviniera no separarse de él para un regreso rápido. Sólo en sus visitas al músico, el fantasma se olvida del agua. Puede que Díaz señale así que en la intimidad de la cultura, cualquier fantasma puede sentirse seguro y bien acogido, incluso cómodo con la nueva realidad, no hay ansiedad en el fantasma, lo que hay es mucha desesperanza. Un espejismo de creación frente a tanto poder destructor de la humanidad, no en vano la película está dedicada a otros fantasmas víctimas de la violencia generalizada del país, Nika Bohinc y Alexis Tioseco.