lunes, 2 de enero de 2017

EL FANTASMA QUE NUNCA VOLVIÓ (Prividenie, kotoroe ne vozvrashchaetsya, Abram Room, 1929)

EL FANTASMA QUE NUNCA VOLVIÓ (Prividenie, kotoroe ne vozvrashchaetsya, Abram Room, 1929)
Nombres como Eisenstein, Vertov, Trauberg, Ozep, Agadzhanova-Sutko, Dovjenko, Room o Kuleshov, han pasado a la historia del cine por méritos propios, alguno de ellos con letras mayúsculas; de ellos, otros, como Room, con menor fama y renombre, caldo de cultivo para estudiosos del cine y curiosos en la búsqueda de pioneros. Confluyen, en la película de Room, el cine mudo, la consolidación de la revolución de 1917, y el uso del lenguaje cinematográfico desde la vanguardia, reivindicando el montaje como elemento de creación artístico necesario para conseguir un resultado. Un cine que enervaba a Stalin al considerarlo elitista y alejado de su concepto de «hombre soviético», pero quienes han perdurado en la historia del arte son aquellos a los que Stalin colocó en su punto de mira. Cine propagandístico muchas veces, pero alejado del concepto limitado, patriotero y dogmático de un líder político asediado por sus psicosis y paranoias. Room en esta película se aleja de la URSS para presentarnos una visión del mundo moderno no soviético en contraposición con el mundo ideal en el que vivía el espectador. Alejándose del modelo para reivindicar la evolución del país, solo que, visto desde la distancia, pocas diferencias reales existían entre este país imaginario de Sudamérica y la realidad del gulag soviético. En ambos mundos la disidencia se pagaba cara, quizás Room aprovechó la obra para lanzar una crítica, o no, simplemente se limitó a expresar su ideario de esta forma. La obra de arte no siempre da el resultado que su creador pretende.


El héroe revolucionario pasa a convertirse en un hombre lleno de dudas, de pesares por lo perdido, de falta de iniciativa ante la adversidad, olvidando las razones que le han llevado a presidio, se preocupa más por mantenerse vivo que por vivir. Este preso, José Real, mito para los de fuera y para los de dentro pero hombre reducido a la mínima expresión en su interior, mantiene su subversión en el limitado espacio de esta prisión para huelguistas, opositores políticos y malos obreros. Mantiene viva su leyenda entre los presidiarios a fuerza de alzar la voz desde los barrotes de su celda en esa penitenciaria futurista, donde un solo funcionario en una plataforma móvil puede controlar todas las celdas de ese enorme coso. José Real espera la llegada periódica de nuevos presos con la esperanza de recibir alguna noticia de su casa.Han pasado 10 años de su cadena perpetua y el mundo exterior se ha volatilizado. El personaje es un problema mayor que la persona, exaltando los ánimos de los internos, Real consigue potenciar su fama y dificultar la disciplina interna. da lo mismo el tiempo que pase en celdas de castigo en las que uno no puede sentarse ni acostarse. La tortura no reblandece la rebeldía estética de quien hace tiempo que murió como persona y se sustenta como leyenda a sabiendas de que nada, ni nadie, le puede liberar. En esa situación, y tras el último motín provocado por Real, la dirección de la prisión piensa cómo erradicar el problema, pese a la crueldad del sistema, una muerte en prisión no favorecerá la paz interna. Una norma antigua otorga un día de libertad al preso que lleve diez años encarcelado, en esa ocasión, con Real en la calle, será más fácil eliminarle, ya directamente o simplemente dificultando su regreso a la cárcel hasta pasadas las 7 de la tarde, momento en que podrá ser tenido como fugitivo y disparado por la policía secreta.



Room así presenta una figura paradójica del héroe, no es un modelo de gallardía ni de valentía, ni es consecuente con su ideario. Al afrontar las horas previas a su salida, Room planifica el montaje para transmitirnos la ansiedad del personaje, para quien ese momento se asemeja a las últimas horas de un condenado a muerte. Incluso en la resolución del conflicto, ese fantasma que se volatiliza deja en entredicho su fama, muchos se arriesgan y se sacrifican por Real, pero éste, a la hora de la verdad, se transforma en un fantasma en un país irreal. Un país donde los campos petrolíferos recuerdan las construcciones de Murnau o Lang, cuyos interiores inmensos parecen volcarse sobre nosotros y los actores; un país que proclama valores como «cultura», «civilización» y «humanidad» pero en el que las imágenes demuestran que los campos están permanentemente custodiados por el ejército, que cualquier protesta culmina con la detención y la cárcel, con la cadena perpetua «humanitaria» para los cabecillas o los obreros más peligrosos por su poder de convicción. Trabajar se transforma en la antítesis del espíritu soviético de trabajar por el país, para pasar a trabajar por y para las élites; hileras de obreros custodiados por hombres armados entran a trabajar o son conducidos a la cárcel limítrofe con los campos de petróleo, el mal de los hombres se representa mediante la deformidad física, el director de la prisión es bajo, contrahecho, especialmente feo y deforme, frente al porte y al semblante retador del revolucionario, al menos frente a frente, porque en la soledad de su celda su mente divaga, derrotado, recordando un pasado por el que circulan sus padres, o el momento en que encabezó la huelga que le condujo a prisión, donde desde un plano cenital, el grupo de hombres se va transformando en un círculo de puños cerrados.


Esas 24 horas de gracia marcan el desarrollo visual de la película, transformada en un bucle donde lo circular del reloj se amplía a todo el relato, donde el principio vuelve a repetirse en el final, donde los últimos presos suceden a los primeros y las hileras interminables de hombres, arrastran sus pies e inclinan sus cabezas hacia un futuro de animales enjaulados. Las resonancias, al menos en el tratamiento del montaje y de los rostros, a «La huelga» de Eisenstein son ineludibles, planos muy cercanos a los hombres, muy breves, que se suceden rápidamente para otorgar la credibilidad de la celeridad del momento, el uso del espacio para disminuir la importancia del hombre, largos pasillos, largas construcciones que empequeñecen al humano, muebles sobredimensionados para recalcar la pequeñez del tamaño, grandes espacios vacíos donde un mueble, un objeto, un personaje, proporcionan el elemento de escala necesario para que entre en juego la perspectiva como un motivo más de apreciación en la película. Y el uso del suspense, como ese reloj de «Sólo ante el peligro», que nos va acercando a la conclusión y a esas siete de la tarde tras un angustioso viaje en tren donde Real pierde la oportunidad de ver a su familia sumido en un sueño provocado por un agente secreto. La película no tuvo una buena aceptación entre el público, si fue espontáneo o consecuencia de alguna campaña oficial contra ella no lo se, pero seguro que el retrato del héroe revolucionario no pudo hacer gracia a la nomenclatura, alguien descentrado de sus objetivos, negligente en su atención cuando todo el mundo exterior está pendiente de él y de su llegada al pueblo donde reside su familia, todo un movimiento esperando quien lo encabece, y que termina haciéndose luz de gas mientras los obreros se enfrentan al capital y sus secuaces. 65 nuevos presos mientras José Real se ha transformando en un fantasma y ha abandonado la revolución.




Título original:Prividenie, kotoroe ne vozvrashchaetsya. Dirección: Abram Room, URSS, 1929. Guión: Valentin Turkin; basado en la novela de Henri Barbusse. Música: Aleksandr Shenshin. Fotografía: Dmitri Feldman. Productora: Sovkino. Reparto: Boris Ferdinandov, Dmitri Kara-Dmitriyev, Karl Gurniak, Ivan Lavrov, Maksim Shtraukh, Dmitri Vvedensky, Leonid Yurenyov, Olga Zhiznyeva. 95 minutos

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