jueves, 12 de enero de 2017

DEMON (Marcin Wrona, 2015)





DEMON (Marcin Wrona, 2015)
Una sacudida te saca de la abstracción en la que te encuentras y te sitúa nuevamente en la realidad. Así casi empieza, y termina, “Demon”, planteada como película de terror psicológico y demoníaco, pero que se acerca más a los terrores, faltas, olvidos, complicidades de una sociedad culpable, en ocasiones, de mirar hacia otro lado, cuando no de cooperar directamente con el mal, transformando el relato literal en un ejercicio de memoria histórica devastador que conduce al mismo lugar, o huyes para no sentirte perseguido por esa amnesia colectiva, o te quedas para seguir enterrando cadáveres en tu jardín. Peter-Piotr y Zaneta son violentamente sacudidos por el atraque y desatraque del transbordador que cruza el río que separa ese mundo suspendido en la niebla de una realidad más aceptable. Ese movimiento físico no es neutral, sino la correlativa consecuencia del shock psíquico que la experiencia va a suponer, y ha supuesto, para cada uno, antes y después de una boda que concluye con un “hay que olvidar lo que no vimos”. Los ritmos y cadencias de la música de Penderecki cooperan a la hora de teñir la película de ese necesario aire de irrealidad, de disonancia que, en ocasiones, se transforma en particular y breve armonía, como el color ocre comienza a teñir los interiores de esa boda que pierde su carácter festivo, basculando entre el terror y la memoria.


Es en su desarrollo final, aunque cuente con apuntes más o menos indicativos durante el tramo más fiel a lo que sería una película de género de terror con posesiones infernales, cuando la película realmente eleva un tono medio más que discutible, mortecino, conocido, hasta mediocre, para introducir el elemento verdaderamente perturbador y que señala directamente con el dedo a esos polacos que prefieren beber, olvidar, borrar, antes de enfrentar un pasado que ha construido su país sobre cadáveres, como dice uno de los personajes. El localismo fílmico va ampliando el género de los demonios que poseen cuerpos humanos; si el cine iraní nos ha ilustrado con los “djinn” esta temporada, esta película polaca nos habla de los “dybbuk”, fantasmas judíos. Obviamente la pista se transforma en autopista cuando se identifica religiosamente la procedencia de ese espíritu que todos los invitados a la boda saben de dónde procede, aunque lo oculten, y que sólo puede ver el personaje del “extranjero”, ese inglés de ascendencia polaca que acude al país para casarse con una novia que aporta una vieja granja y un granero; un fantasma identificado como “Hana” y que remueve conciencias en los más mayores y sus familias, que se niegan a despertar para no recordar lo que sus antepasados llegaron a hacer con sus vecinos más próximos, mezclando a nazis, soviéticos y judíos, expresando así, el racismo latente en la vieja Europa.



La figura del granero, la tempestad exterior, la masa de invitados a la boda y el progresivo deterioro moral de la inmensa mayoría, juegan como elemento referencial que da un tono identitario al relato y lo aproxima a la masacre de Jedwabne, una de tantas barbaridades nazis en la que se encerró a una población en el interior de un granero y se le prendió fuego sin permitir la salida de nadie. Es ese recuerdo constante de un pasado lejano, que afectó a la generación de los abuelos de los más jóvenes, el que empieza a sobrevolar la película transcurrida su mitad, abandonado el susto fácil y la tensión de unos fantasmas que aparecen enterrados en medio de la propiedad como señal inequívoca de la colaboración de aquellos antepasados con el invasor, delatando o ejecutando a quienes, hasta el día anterior, compartían los espacios, los comercios, los juegos. El holocausto empieza a cobrar cuerpo en medio de una película olvidable para, en su última media hora, plantear al espectador un dilema moral y un dilema sobre la memoria. Obviamente la película es fallida, pero su interés se alcanza con la anécdota, que no es poco. Es “Hana” la que funciona como elemento de posesión al identificar a Peter-Piotr con el novio con el que tampoco pudo casarse, introduciéndose en él para impedir cualquier otra separación, pero además de Hana estaban Eliza, Janka, Mele……jóvenes con ganas de divertirse y de vivir, pero que fueron desaparecidas, dejando todo un barrio del pueblo abandonado, espectral, tiendas y viviendas, almacenes y calles, por las que una excavadora circula al comienzo de la película como si de un pueblo evacuado se tratara. Cuando la máquina llega a la parte habitada eliminamos temporalmente esa idea, pero la vuelta al final de la película a ese escenario, en busca del desaparecido novio, nos retrotrae a los años 40 del siglo pasado, a lo que tuvo que ser ese éxodo forzoso, ese exterminio iniciado, ideado, diseñado por los alemanes, pero que contó con necesario apoyo local para identificar, asesinar, expulsar.


La sombra de la locura sobrevuela sobre Piotr, pero ese comportamiento enajenado no resulta incomprensible para muchos de los asistentes, que vea espectros, que haya visto esqueletos en el jardín, que sus manos se manchen de tierra y barro sin tocar nada; remueve conciencias que son rápidamente anestesiadas por el vodka. Las posesiones demoníacas conceden el don de lenguas a los poseídos, cuando Piotr comienza a hablar en yiddish no cabe duda que el pasado se ha aparecido en el lugar y reclama su parte para apaciguarse. Al final, la vida y la muerte se cruzan en el mismo camino, posiblemente dos tiempos distintos ante una desbandada de invitados que más parece una masa que huye agotada tras una noche de fiesta, alcohol y revelaciones, que un conjunto de invitados que regresan a su casa para no hablar de lo que no ha debido existir. Sólo Zaneta, solitaria, sentada, vestida de novia y manteniendo la mirada al frente, sabe qué es lo que ha visto y qué solución cabe. Ante un pueblo que no es capaz de admitir y reconocer sus errores y sus crímenes, sólo cabe huir, separarse del cuerpo enfermo y empezar de cero en otro lugar, para ello se necesita una sacudida que te despierte del encantamiento, aunque sea el comienzo de la marcha de un transbordador. Si en el camino alguien ha desaparecido, una cantera ha tragado un hecho que no puede existir, o una conciencia vuelve a enterrarse, a nadie le importa.



Demon. 2015. Polonia-Israel. Dirección: Marcin Wrona. Producción: Marcin Wrona. Guión: Marcin Wrona, Pawel Maslona. Fotografía: Pawel Flis. Intérpretes: Itay Tiran, Tomasz Schuchardt, Agniezska Zulewska, Andrzej Grabowski. Música: Krzysztof Penderecki. 95 minutos