domingo, 10 de diciembre de 2017

FESTIVAL MÁRGENES-FESTIVAL ARTEKINO


VII FESTIVAL MÁRGENES Y II FESTIVAL ARTEKINO.- BUEN CINE EN CASA Y GRATIS.

ENLACE AL TEXTO EN ÚLTIMO CERO (clicar aquí para leer)


 Hay una legítima aspiración del cinéfilo. Que los festivales de cine, con todas las críticas que se les puede hacer a los "clásicos", abran sus programaciones más allá de las sedes físicas para permitir la difusión de un cine que, de otra manera, es muy difícil que llegue a los espectadores más inquietos. MÁRGENES es modélico en ese sentido, concebido como festival on line (como puede ser el Atlántida, aunque éste termina siendo inabarcable) tampoco desprecia las sedes físicas, y así, año tras año, nos acerca hasta nuestra propia casa su sección oficial a concurso para que podamos paladear lo más rompedor y alternativo del panorama creativo español y latinoamericano. He tenido la fortuna, y he de agradecerlo, de formar parte de su jurado este año. Para mí es una cita inevitable de mi calendario como aficionado al cine y no nos lo pueden poner más fácil. Hasta el 22 de diciembre, gratis, y on line. ¿podéis pedir más?

 Y hasta el 17 de diciembre otra experiencia que seguro que va a cuajar. Disponibles en toda Europa, 10 películas "de autor", con estrenos complicados en nuestro rácano sistema de distribución, subtituladas, gratis, de calidad, con algún ejemplo sobresaliente como es el de "Colo" de Teresa Villaverde. La segunda edición del festival ARTEKINO, gracias a la cadena ARTE y a la plataforma FESTIVAL SCOPE, acerca al espectador europeo un cine igualmente dificilmente encontrable en cartelera, por irracional que parezca.

 Y de paso, MÁRGENES también permite hasta el mismo día 22, apreciar y descubrir la obra de un referente del cine latinoamericano, parte del grupo creativo formado con Carlos Mayolo, Andrés Caicedo.....el cine de Luis Ospina indaga, mediante el documental, la realidad de su país, Colombia, y muy especialmente, de su Cali natal. Otra oportunidad que no debería perderse.



jueves, 7 de diciembre de 2017

THELMA (Joachim Trier, 2017)

THELMA (Joaquim Trier, 2017)

 El desolador inicio, en medio de un paisaje invernal, relacionaría la primera impresión que producen las imágenes con «La profecía» de Richard Donner. Un padre dispuesto a matar a un hijo bien representa un trastorno evidente en el adulto o esa angelical presencia de una pequeña rubia que acompaña a su padre durante la caza, encierra un peligro que desconocemos. El brutal preámbulo se interrumpe con una imagen cenital en la que abandonamos el bosque por el asfalto, como un pájaro que llevara una cámara, o mejor, un ser inaprehensible que controlara todos nuestros actos, el objetivo se sitúa sobre quien comprendemos rápidamente que se trata de la misma niña, ahora joven mujer, en su primer día de clase universitaria. Con la primera escena, Trier y Vogt han creado el clima que no nos va a abandonar el resto de la película, el del suspense, porque sabemos que, poco a poco, iremos conociendo la personalidad real de esa joven y las razones de ese devastador comienzo, un suspense al que se irá sumando el «fantastique», y es que en realidad, el problema de Thelma (muy convincente debut de Eili Harboe) es que es una persona dotada de superpoderes desde su niñez, un poder que hace que todo lo que desea se pueda convertir en realidad, lo que tanto puede servir para lo que se quiere como para lo que se detesta, el problema de Thelma es su absoluta predisposición a que sólo los peores deseos se materialicen. El juego que propone la pareja de guionistas depende de ir desvelando poco a poco los sucesos del pasado que han marcado el presente de la joven, esos deseos infantiles que se cumplen y que terminan traumatizando a la familia entera, haciendo de Thelma una persona bajo continuo control y dominio paterno, porque los creadores de la historia hacen de Thelma una persona vulnerable, rígidamente sometida a una asfixiante dependencia familiar que intenta evitar la repetición de acontecimientos inexplicables del pasado a fuerza de crear una barrera psicológica que funcione como freno, y en este caso los frenos son dos, el pecado y el sexo, que se transforman en culpa interior.


Educada en la idea de que todo es peligroso, el don de Thelma no es dirigido al bien, sino a la represión, a la autocensura. Para que los deseos de la joven no funcionen como catalizadores de pasiones que no se pueden dominar y que pueden producir efectos irreparables o cambios de comportamiento ajenos a la voluntad de quien los realiza, la figura paterna como representante terrestre de un infierno permanente, ha inculcado en Thelma que todo lo que se desea es pecado, y el máximo pecado es la lujuria; que aquello que ella entiende como amor no es sino la influencia de su propio don en la mente de los demás, que los sentimientos no pueden ser recíprocos porque a lo que conduce su deseo es a aniquilar la libre voluntad de quienes se relacionan con ella, el don de Thelma es usado por su propio padre para eliminar su voluntad anulando la personalidad de la joven y estigmatizándola como un castigo divino. Por eso la vida de Thelma se convierte en la negación constante de sus propios deseos, hasta el punto de que su mente termina rebelándose ante tanta renuncia. Aquello que parece ser epilepsia no es sino la reacción psicosomática ante tanto rechazo autoimpuesto, un mecanismo de aviso del propio cuerpo que anticipa que, a fuerza de negarse al placer y al sexo, la propia psique lo va a buscar mediante el poder sobrenatural que tiene, provocando entonces si, consecuencias imprevisibles para evitar la tentación. Estudiando biología, Thelma pretende llegar a conocerse buscando una explicación lógica y racional que su propia familia le ha negado tratando de ocultar una realidad evidente. Cuando Thelma consigue alejarse del control parental con la distancia que marca la separación física entre la vida rural y la universitaria, se inicia un nuevo descontrol; separada del refugio controlado y de la medicación sedante, nuevas sensaciones y deseos hasta entonces desconocidos comienzan a aflorar.


Por lo tanto, bajo el disfraz del relato fantástico, Trier, en su vuelta a Noruega, retoma el tema de la disfunción adolescente, de los cambios corporales que afectan a la psique y la conforman, de los primeros deseos sexuales conscientes que pueden confundir al individuo cuando la atracción se enfoca hacia otra mujer en vez de hacia el objetivo normado socialmente como sería un chico, y en ese descontrol propio de la edad, unido a las manifestaciones físicas que produce el autocontrol, y la confirmación de su capacidad para hacer el mal sin pretenderlo, la película se transforma en un drama psicológico de lucha contra sí misma hasta que no queda sino renunciar a la individualidad y claudicar en esa independencia temporal para volver a la tranquilidad ficticia del hogar paterno, a esa figura del padre que más parece un guía espiritual, un confesor religioso, que un educador desinteresado, alguien que no castiga porque sabe derivar esa consecuencia hacia la propia joven. El amor paterno y materno que recibe Thelma siempre viene empañado por una invisible barrera de temor y dolor, como si estuviera prohibido el contacto físico con la hija, su cercanía es, al mismo tiempo, sinónimo de amor y de miedo, son padres que tienen miedo de una hija que, sin embargo, tiene miedo de sí misma.


El terror psicológico que destila «Thelma» emparenta esta película con el clásico «Carrie», pero donde De Palma consuma su historia en el triunfo de la venganza y la ira, Trier y su coguionista (el director de la notable Blind reseña de BLIND) abren un camino a la esperanza y al humanismo tras ajustar cuentas con el único origen de sus males y de la nula canalización positiva de su poder. El personaje de Thelma se encuentra muy unido al Anders de «Oslo, 31 de agosto» reseña de OSLO 31 DE AGOSTO, película previa de Joachim Trier, incluso el elemento acuático une simbólicamente a los dos, y en ambos casos como amenaza y no tanto como elemento de purificación, pero donde Anders decide arrojar la toalla y borrarse de escena, Thelma utiliza su sufrimiento para reestructurar su mente utilizando su poder para buscar la sonrisa  mientras retomamos ese plano aéreo para recordarnos que, en el fondo, Thelma es un juguete en manos de otros destinos inabarcables, sólo que en este caso el libre albedrío ha seguido un camino de regeneración mediante el crecimiento y la reafirmación de una libertad personal que, mientras el teléfono recordaba que había un control a distancia, no existía. Es posible que la historia se alargue demasiado forzando la entrega de información de manera muy pausada y, finalmente redundante, pero también es cierto que es el ritmo que conviene a una historia que no pretende asustar sino usar el género como explicación de un cambio, de una lucha interior. Romper la tiranía masculina podría ser otra de las lecturas de una película donde las mujeres soportan el peso absoluto de la historia, tanto como para resultar impensable su desarrollo sin la permanente presencia de Eili Harboe en pantalla. Su mirada pasará de la agonía a la esperanza, y es de agradecer un soplo de optimismo tras tanto sufrimiento. Aprender a dar la vida tras ser enseñada a que sólo puedes provocar catástrofes y dolor es suficiente aliciente para sonreir cada nuevo día pensando en el beso en el cuello que sabes que te van a dar porque lo acabas de desear.





THELMA. Noruega, Dinamarca, Suecia, Francia. 2017. Dirección: Joachim Trier. Guión: Eskil Vogt, Joachim Trier. Fotografía: Jakob Ihre. Edición: Olivier Bugge Coutté. Sonido: Gisle Tveito. Productor: Thomas Robsahm. Compañía Productora: Motlys, Film i Väst, Le Pacte, Filmpool Nord, Snowglobe, B-Reel Films, Dont Look Now. Intérpretes: Eili Harboe, Kaya Wilkins, Ellen Dorrit Petersen, Henrik Rafaelsen. 116 minutos.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

BRAGUINO (Clement Cogitore, 2017)

BRAGINO (Clement Cogitore, 2017) 
Hasta el 23 de diciembre quienes visiten Paris pueden buscar la exposición de Clément Cogitore sobre «Bragino, la communauté impossible», para quienes no lo hagan o vista crezca su curiosidad, pueden suplir esa ausencia a través del Canal Arte y ver en abierto y subtitulada, una de las películas más poderosas de la temporada, rodada con la sencillez de un documental que sabe dónde se dirige y lo que quiere reflejar, con el minimalismo de sus escasos 50 minutos y enfocando donde realmente quiere incidir, en la intrínseca naturaleza humana diseñada para hacer daño, tanto a la naturaleza como a sus semejantes, sobre todo si entra en juego la codicia en forma de posesiones, poder o dinero. «Bragino» respira ese aire de western fronterizo donde cada uno tiene que velar por si mismo y los suyos y no esperar que el gobierno te ampare, normalmente porque éste va a estar siempre apoyando al más fuerte, o al más rico económicamente. Los Braguine y los Kiline son dos familias que viven a 700 kms. del núcleo urbano más cercano, si es que en Siberia existe algo parecido a un núcleo urbano, sin acceso a sus propiedades por carretera. En el territorio de la taiga siberiana su contacto con el exterior es, para los Braguine, una radio artesanal y una lancha con la que moverse y cazar. En contraposición los Kiline disponen de varias lanchas, la familia es numerosa e inabarcable con la vista, y periódicamente reciben gente armada en helicópteros que se dedican a esquilmar el bosque cazando sin límites, lo que los Braguine llaman «los corruptos».


Cogitore se inserta como un ojo portátil en la familia que le acoge, no interactúa con ellos delante de la cámara, filma su modo de vida desde el inclemente invierno al verano pleno de mosquitos, pero siempre se respira ese aire de amenaza, de expectación a punto de estallar en violencia irrefrenable que una relación de vecindad mal llevada ha ido enquistando, dos vecinos que no se hablan, que no se ayudan, que están separados por una valla que les impide la visión directa salvo cuando ambos salen al río, una valla que ha ido creciendo a costa de su terreno según los Braguine. En ese fiero mundo de los adultos el director introduce otra mirada aún virgen, los ojos de la infancia de ambas familias que reflejan el temor al diferente y, a la vez, la curiosidad de la novedad, como si mirándose no descubrieran nada anormal en el otro grup que justifique ese odio generacional. Frente a las casas de ambos, separadas en la inmensidad de ese territorio por una ridícula frontera que dibuja a las claras la filosofía hobbesiana, existe un espacio neutral respetado por ambos, entre otras cosas porque es inapropiable al depender de las crecidas del río y los aluviones del mismo (como ocurría en la película georgiana «Corn Island»), una isla en medio de la nada que los niños de ambas familias utilizan para jugar, para tantearse, como dos camadas de cachorros que no pueden mezclarse, y que sin enseñarse los dientes, se vigilan y se valoran como contrincantes. Esta infancia aún destila inocencia y posibilidad de redención, pero es una visión poetizada por la cámara de Cogitore que se centra en sus miradas, sus juegos, sus cuerpos, sus cabellos rubios en medio de la inmensidad de un espacio salvaje y peligroso. Donde Herzog en «Happy people» incidía en la lucha por la supervivencia en medio de un entorno de naturaleza tan hostil, Cogitore sitúa su observación en el peligro que surge del propio hombre, tanto hacia sus semejantes como hacia su entorno.


Sin ir más lejos este año ha habido otros documentales donde lo importante parece conseguirse una vez encontrado el personaje magnético, ocurre, por ejemplo en «La falda de la montaña» o en «Omar y Gloria», pero el discurso cinematográfico se agota rápidamente cuando el personaje ya no puede dar más de sí dentro de su peculiaridad y su rango distintivo. Aquí no, aquí al núcleo familiar dispar, alejado de todo contacto humano, con niños nacidos en medio de la nada, criados en comunidad, sin contacto con nadie que no sea la propia familia, el director le añade una historia, un discurso que hace que la narración progrese y nosotros podamos mantenernos en vilo sobre si la amenaza de violencia se materializará o no. Los Braguine son retratados como respetuosos con el medio que han escogido para vivir, frente a los esquilmadores Kiline, cuyo éxito estriba en organizar esas cacerías espantosas que no vemos pero intuímos, en las que ricos rusos aparecen armados hasta los dientes dispuestos a matar cuanto más mejor, incluso al que se oponga a su diversión, pero tampoco hay un intento de mitificar a los protagonistas, porque en aras de proteger a la familia no dudarán en cazar sin necesidad, matar al oso que desde hace días merodea por su casa y puede terminar atacando a alguno de los integrantes. Hay ese respeto por la naturaleza, pero no hay el idealismo de Kurosawa en «Dersu Uzala», no, los Braguine luchan por sobrevivir, pero saben que el peligro no proviene tanto de la naturaleza como de sus vecinos. Cogitore transforma el documental en una verdadera ficción sin necesidad de inventar nada, simplemente usando su cámara y enfocando lo que sucede a su alrededor, dejando que esas manadas enfrentadas interaccionen delante de él y colocando, en el momento preciso, al vecino como una presencia fugaz que elimina todo vestigio de armonía.



Que esta película gane en Donosti frente a rivales de tanto peso como Hong Sang soo, Ostlund, Metev, Manivel, Depardon, Wiseman....en la sección Zabaltegui sí que indica algo en este caso, que su juego con la realidad para construir un relato solidísimo y minimalístico, depurando la historia de todo elemento superfluo, consigue dotar al conjunto de tanta intensidad y ritmo que uno asiste ansioso a su desarrollo, generando endorfinas por la tensión provocada por la violencia latente, o hipnotizados por la mirada infantil, o asombrados por lo fácil que resulta acabar y despiezar un animal tan majestuoso como un oso. Simbólicamente, la muerte del oso puede interpretarse como la muerte anticipada de una familia que ya no consigue contactar con la autoridad, es el anticipo del fín de un mundo aislado y que pretendió sobrevivir al margen de normas escritas y presencia humana. El anuncio de una oración por el oso muerto coincide en pantalla con la imagen de la cabeza del propio oso sobre una especie de improvisado túmulo en el que no resiste su propio empuje y termina rodando por el suelo, el orgullo, la fuerza, el poder del oso es la misma fuerza de voluntad de los Braguine para permanecer y resistir en un entorno doblemente hostil, un entorno en el que un error en pleno invierno puede llevarte a la muerte, pero en el que un disparo certero desde la vecindad es más probable que el zarpazo de un oso hambriento.




sábado, 2 de diciembre de 2017

TIERRA SOLA (Tiziana Panizza, 2017)



 
TIERRA SOLA (Tiziana Panizza, 2017)

Las cárceles no sólo son espacios cerrados con cuatro paredes, rodeados de muros inaccesibles o alambradas cortantes, el presidio alcanza su máxima expresión cuando, siendo libre para moverte, no puedes abandonar el lugar en el que te encuentras. La directora va armando un rompecabezas multiformato para mostrar en imágenes el último siglo de vida en la Isla de Pascua, sin olvidar su pasado milenario y sin centrarse en lo puramente etnográfico o antropológico, pero sin perderlo de vista en ningún momento. El hallazgo y búsqueda de viejas filmaciones caseras o turísticas de los primeros visitantes de la isla, algunas que se aproximan al siglo de antigüedad, sirve de excusa a la realizadora para adentrarse en la esencia del pasquense, del rapa-nui, del aborigen maltratado pero al mismo tiempo orgulloso de su origen, preservador de sus costumbres pero anhelante de que el mar no suponga una barrera infranqueable para sus deseos de viajar o establecerse fuera de la isla si es su voluntad. Prisión aislada por su lejanía y presidio sobre el espíritu del habitante a fuerza de sentir una presión desde el continente que ha ido intentando imponer religión, lengua, costumbres……sin capacidad para comprender lo importante de mantener la diferencia y el respeto.


El hilo narrativo de la idea del encierro, con esa contemporánea historia de la construcción de una nueva cárcel que la cultura de la isla trata de impedir por todos los medios, enfrentada con la vida diaria en la vieja cárcel heredada de las concesiones británicas a la compañía Williamson, Balfour & Co, que explotó por décadas la isla para la crianza de ganado y trató a los habitantes como esclavos sin título, carentes de derechos y expropiados de sus tierras como si no fueran más que parte del decorado natural del paisaje, se construye a partir de la mezcla de imágenes y formatos en cualquier tiempo y lugar pero siempre en la isla, de tal manera que se puede jugar a envejecer lo que vemos o dotarlo de la máxima calidad del medio digital,  ya convenga rememorar  lo ancestral, o la huida del encierro, ya la reivindicación política de libertad para desprenderse de la tiranía, primero del “descubridor y usurpador” chileno, después del terrateniente británico y después del mando militar chileno que ejerció la administración de la isla, hasta conseguir una autonomía política como pueblo que le permite canalizar el desarrollo de su entorno para conservar lo propio con las menores interferencias del continente y del turismo.


La imagen diversa y diversificada, tanto en su origen como en su forma, es utilizada para armar un relato conexo entre pasado y presente, entre antropología y creación artística, entre el arquetipo turístico del “moai” y la realidad presente de una comunidad firmemente asentada en un confín apartado del mundo donde la nacionalidad chilena es mucho menos importante que el sentimiento de pertenencia a una comunidad ancestral. El continental sigue siendo visto como un sospechoso que puede trastocar las bases íntimas de identidad nacional, la apertura hacia el residente no rapa nui nunca va a ser completa ni absoluta, siempre existirá un recelo justificado en décadas y décadas de abuso y autoritarismo que han ido quedando en el sustrato de un pueblo orgulloso que mira más hacia Polinesia que hacia Sudamérica. El material de archivo permite contemplar la evolución de una región que mantiene su conexión mística con la naturaleza preservando esa identidad aún a fuerza de oponerse al llamado progreso tecnológico, incluso el tiempo demuestra cómo la imagen y su captación a lo largo de décadas de visitas se mimetiza, de tal manera que un viajero de 1930 captura un diseño visual de la isla que se mantiene hasta la actualidad en el visitante temporal. Mantener y preservar puede resultar más sencillo si se apuesta por restringir la comunicación aérea y marítima, pero esa apuesta conduce a incrementar la sensación de isla-presidio de la que resulta complicado partir, incluso ahora, en que la libertad para los habitantes de Pascua es absoluta (no a viceversa, donde la posibilidad de domiciliarse desde el continente tiene sus cupos y requisitos, precisamente para evitar el arrasamiento de una zona en frágil equilibrio natural y de sostenimiento), aquellos que arriesgaron sus vidas por encontrar un espacio de mayor libertad, contemplan el presente de Pascua como un remoto territorio donde todos los caminos terminan resultando escasos y restrictivos.


Las imágenes ayudan a  representarse esa idea de aislamiento y reclusión, incluso a identificarlas con las generaciones pasadas obsesionadas por abandonar la isla como fuera, hasta con riesgo evidente para la propia vida en improvisadas y fragilísimas embarcaciones, perdida la posibilidad de deambular libremente bajo un dominio privado que cerco y excluyó al local en su propia tierra. Entre el preso y el policía o funcionario que vigila, se crea una relación invisible de extrañamiento que les iguala, el funcionario del continente tampoco puede escapar de ese confinamiento provocado por la insalvable distancia que le separa de su hogar, el preso solamente cambia las dimensiones de su reclusión, sui géneris, pues hay unas posibilidades de comunicarse con familiares y amigos impensables en otros lugares, y esa corriente que fluye durante toda la película sirve para unir lo antropológico con lo geográfico y esto con lo meramente cotidiano, de tal manera que el mar, lo que provoca, es la necesidad de ser atravesado, presentándose no como un medio apacible o que proporciona alimento, sino como la barrera más eficaz para mantener esa sensación de aislamiento forzado que, al tiempo que ayuda a preservar, se siente como una losa sobre los habitantes. 32 documentales antiguos o filmaciones caseras sirven de excusa para viajar continuamente del pasado al presente, valorar cómo se apreciaba una realidad cultural en quien se enfrentaba con ella por primera vez, y situarnos en el presente de una comunidad unida por fuertes lazos singulares cuya imagen simbólica, el moai, es signo y símbolo de pertenencia, pero que no puede servir solamente para oscurecer y no ver a las personas a quienes representa.
TIERRA SOLA. Chile. 2017. Dirección: Tiziana Panizza. Guión: Tiziana Panizza. Producción general: Soledad Silva. Asistente de dirección: Macarena Fernández. Dirección de fotografía: Pablo Valdés. Montaje: Coti Donoso, Tiziana Panizza. Sonido: Claudio Vargas. 104 minutos.