martes, 31 de mayo de 2016

MI AMIGA DEL PARQUE (Ana Katz, 2015)




MI AMIGA DEL PARQUE (Ana Katz, 2015)


“Es tanto que no sé cómo nombrarlo”, es lo que dice la protagonista de esta película al referirse a su maternidad. De los miedos insuperables a las fidelidades necesarias, los personajes de Ana Katz se mueven entre la economía de supervivencia y los afectos inencontrables, buscando una seguridad en el apoyo externo antes que en el convencimiento interior. Necesitadas de ayuda, estas mujeres que desfilan en el día a día de Buenos Aires, se sienten incompletas, casadas o en pareja, o simplemente desparejadas, la presencia masculina es anecdótica para muchas de ellas. Tener un hijo es cosa de dos, pero criarlo parece misión exclusiva de ellas. No en vano, las relaciones de Liz (Julieta Zylberberg) con su compañero Gustavo (Daniel Hendler), necesitan de una pantalla de ordenador y una conexión inalámbrica estable. Las llamadas a deshora, las conexiones interrumpidas, la comunicación entrecortada, termina suponiendo que el hombre diga un discurso que no puede ser refutado, no hay conversación donde la interactividad de la pareja resulta imposible por las circunstancias, porque a Liz sólo le queda consentir o confirmar aquello que Gustavo cuenta rápidamente desde su expedición andina.


Esa distancia física insalvable revela una distancia emocional que refuerza los lazos de la mujer con su bebé, pero al tiempo acrecienta los miedos de quien se siente superada por la situación, incapaz de compatibilizar una vida personal con una vida profesional, absorbida completamente por la maternidad hasta el punto de intuir y creer que todo le amenaza, y que lo que empieza pareciendo una amistad se convierte en el temor de perder a un hijo en manos de una desconocida. Con el personaje de Liz, la película se construye también con el de Rosa (la propia directora Ana Katz). Para Liz, Rosa representa lo que ella no puede controlar, a cargo de un bebe igualmente, ésta es capaz de ocuparse con naturalidad de su vida personal y profesional, cuidar a la niña y presentarse tranquila y con todo controlado. Quien no sufre estrecheces económicas las sufre mentales, y quien tiene que buscarse la vida a salto de mata, trampeando aquí y allá, acepta la maternidad como algo natural y sin agobios.


Esa solidaridad que empieza en la naturalidad de una relación ocasional en un parque, tiene la primera reacción de empatizar con quien crees que está en la misma situación que tú y de la que puedes aprender los recursos para superar la situación nueva que te abruma y te oprime, pero sufre el primer choque cuando te ves obligada a irte de un bar sin pagar, y empieza la sospecha cuando parece que sólo te quieren para conseguir dinero u otros favores. Por eso, esa relación que Julieta imagina como un sustitutivo, sufre un cortocircuito cuando descubre que el bebé de Rosa no es de ella, sino de una hermana que se desentiende de su propia hija. No fue una mentira, sino una composición de lugar de la propia Liz, necesitada de encontrar una madre en la que reflejarse. La sombra de la sospecha, las dudas sobre el propio instinto maternal, las verdaderas intenciones de Rosa, planean a partir de entonces sobre la madre primeriza y asustada, incapaz de romper el vínculo con la conocida pero, al tiempo, incapaz de confiar en ella. La película se mantiene en la distancia de la frialdad de relaciones que no terminan de cuajar, de sospechar que sólo son descartadas momentáneamente para resurgir con mayor desesperación en cualquier momento, entre el deseo de lo imposible y el peligro de lo improbable, fruto de una mente en estado de desequilibrio transitorio mientras se ordena interiormente.


La película parece una comedia urbana teñida de drama existencial, un toque irónico a punto de derivar hacia la película de suspense como consecuencia de la mente confusa del personaje de Liz. Las dudas, los miedos, las paranoias son obra y gracia de su intérprete, y de la imagen creada por la directora. Un enfoque demasiado cercano, un espacio abierto como amenaza, un cielo gris o una calle en la que nadie tiene interés en saber por qué esa mujer joven llora y se desespera, consiguen la sensación de duda, de intriga, nos acercan a la personalidad de un personaje incapaz de asumir la maternidad nada más que como una carga insuperable, una prueba que no va a soportar ante la magnitud de la apuesta. Una prueba permanente ante la que no se considera preparada, y creyendo haber encontrado a alguien en su misma situación, resulta que Rosa, y su hermana Renata, viven la experiencia de un modo absolutamente incomprensible para la protagonista, lo que no hace sino incrementar sus malas sensaciones y su propia autocrítica negativa como madre y como persona. Una película sobre la maternidad donde Liz no sabe encontrar el grupo en el que mejor acomodarse, el de las madres que sólo saben hablar de ser madres y sus hijos, o el de las madres que, además de cuidar a sus hijos, son capaces de tener una vida personal, o al menos de intentarlo, una historia de una mujer desubicada personalmente.


Arg./Uruguay. 2015. Duración: 86’. Dirección: De Ana Katz. Guión: Ana Katz, Inés Bortagaray. Productoras: El Campo Cine, 23-24 Audiovisual, Mutante Cine. Intérpretes: Julieta Zylberberg, Ana Katz, Maricel Alvarez, Daniel Hendler.

domingo, 29 de mayo de 2016

LE SAPHIR DE SAINT LOUIS (Jose Luis Guerín, 2015)

LE SAPHIR DE SAINT LOUIS (José Luis Guerín, 2015)
Una obra que nace de un encargo y un artista que acepta el encargo. Hacer una película ambientada en la ciudad de cuyo festival de cine surge la iniciativa, en concreto, el objeto es la catedral de Saint Louis. Una catedral indefinida e indefinible, un edificio inarmónico, anodino, resultado de muchas acciones y destrucciones, con poco alma, nada «fambloyant» como dice la película. Un reto para el artista que, desde siempre en la historia de la humanidad, se ha enfrentado al encargo para dejar su impronta y, al tiempo, agradar a quien paga. El ojo del artista, en este caso José Luis Guerín, debe construir su historia partiendo de un material nada maleable. Es su mirada la que, antes que las piedras, tiene que encontrar el objeto que le permita envolver, en misterio y sentido, la historia de un edificio muy relacionado con la historia de Francia, y cómo no, con la muerte.

No nos extraña entonces, que el mar esté presente desde el principio de este documental, desde el lugar más insólito que no es otro que la veleta que corona una torre, una veleta en forma de barco. La Rochelle, uno de esos enclaves históricos, una ciudad estratégica para el abrigo de naves y el comercio del mar del Norte, encrucijada para las batallas entre franceses e ingleses, ciudad protestante, uno de los últimos reductos hugonotes del ejército de Coligny, las resonancias de la noche de San Bartolomé, la huida a Quebec, a las Antillas, las tropas católicas sometiendo a la ciudad a un asedio que mató de hambre y epidemias a 23000 habitantes. Y al final, la destrucción de los símbolos protestantes o su reconversión en templos católicos. Destruir para construir, o construir a medias, como esta catedral obligada a conservar una torre de estilo diferente al resto de su cuerpo arquitectónico, una torre que recuerda más a un edificio militar que a un templo, pero que así, por falta de recursos y por la llegada de la revolución francesa, que transformó la catedral en templo de la razón , mantuvo su estética singular e incompatible y salvó su vestigio más antiguo. Una fealdad externa que debió obligar al cineasta a centrar su mirada en el interior en busca de una historia que de sentido al encargo.
Y saber mirar ha de producir su fruto. Entre las naves cargadas de simbología, elementos que reconducen a un dogmatismo indemostrable, la cámara surca dependencias, obras, personas, actividades. Por un momento podría ser un grupo de estudiantes, o la historia de las piedras que formaron esa torre que vamos recorriendo de arriba a abajo en un largo plano que muestra las muescas del pasado, el corte nada limpio de una piedra que nos habla de la reutilización, o ese órgano que deja patente la circulación del aire y del sonido entre las naves del templo. Cuando el cineasta puede estar a punto de desfallecer abrumado por la imposibilidad de encontrar un tema sugerente para su historia, aparece en la percepción del acostumbrado a mirar, lo anormal, lo excepcional, lo que sobresale por encontrarse fuera de lugar cuando se enfoca la mirada sobre un cuadro. Un cuadro de calidad más que discutible, pero que no llamaría la atención por encontrarse en una capilla dedicada a los exvotos, a esos actos de acción de gracias tan frecuentes en los templos y que, en ciudades marineres, suelen recordar tragedias, desgracias y también salvamentos milagrosos.

Guerín, después de mostrarnos la densidad de la luz en el interior del templo, ese polvo suspendido y atravesado por la luz del exterior, centra el foco de atención en el cuadro, en ese «Saphir», que es el nombre del barco capitaneado por el capitán Rossal en su primera expedición, su primer encargo para un rico de La Rochelle, llevar sal a las costas africanas, allí comprar esclavos, trasportar esos esclavos a St. Domengue, venderlos y volver a La Rochelle con dinero y azúcar. El viaje de la sal para traer azúcar, pero en medio, el comercio del hombre, y en ese cuadro dedicado al San Luis de la catedral, el chocante reconocimiento del tráfico de esclavos en el seno de un templo. 271 esclavos y 30 tripulantes que en la travesía del Atlántico, permanecieron varados por falta de viento, una detención que genera enfermedades y epidemias, que se ceba con las personas hacinadas en la bodega pero cuya muerte se termina extendiendo entre todos. El fín de esa situación sólo puede concederse por la intercesión divina, por la aparición del viento salvador cuando parte de los esclavos empiezan a amotinarse, y otros han optado por rogar a esos dioses de los esclavistas que el viaje pueda proseguir para no morir antes de tiempo, el milagro oportuno de la conversión religiosa salvadora. Al final del viaje, 10 tripulantes y 54 esclavos murieron, pero ese cuadro, que no se hace para recoger un episodio del pasado, sino para dar gracias de la salvación a un ser superior indemostrable, permite al cineasta crear su película, dotar de movimiento a una acción basada en la pintura, relatarnos un episodio de aventuras que esconde la crueldad en su propio punto de partida. Luz y sombras para recordarnos un segundo florecimiento de la ciudad gracias al comercio del azúcar, un azúcar que llegaba envenenado por la brutalidad del comercio de personas, algo que no podía valorarse por falta de distancia en aquel momento, pero que ahora introduce un elemento de contraste brutal en la historia que contiene ese cuadro colgado en las paredes de una catedral. Guerín así crea una película sobre las dos dimensiones del lienzo, demostrando que cine y pintura son artes capaces de dialogar sin aristas y sin roces.
En este camino histórico, Guerín volverá a jugar con la luz, elemento fundamental en su cine, con la sombra, con el velo de una cortina, con una cubierta de madera de un edificio que bien simula el interior de ese barco varado en mitad del océano, con el cabeceo de la cámara simulando el juego de las olas. La primera visión en este documental ha sido esa imponente y hasta desproporcionada torre, la misma visión que tuvieron miles de marinos cuando volvían a La Rochelle, una ciudad que volvió a vivir una segunda decadencia y éxodo cuando se perdió la colonia azucarera y el comercio volvió a interrumpirse, pero para despedirnos, en un largo plano fijo, el director nos ofrece la visión menos espectacular, la más anodina de ese templo dentro de la ciudad, la de su fachada principal, imagen desde la que no llegamos a ver la torre omnipresente hasta ese momento. Que lo excepcional de la historia no nos oculte la realidad de un edificio poco atractivo, ahí lo tenemos, desnudo y sin artificios, tal y como es para que nuestro sentido de la estético lo catalogue. En 1791 concluye el periplo, coinciden la revolución de los esclavos de las plantaciones con el asentamiento de la primera república, los dos hechos se dan la mano en ese final, con ese cuadro que hace permanecer la memoria de la esclavitud y esa torre salvada por la carencia de presupuesto para derruirla.
País: España. Año: 2015. Duración: 35'. Dirección: José Luis Guerin. Guion: José Luis Guerin. Fotografía: Nicolas Contant. Montaje: Nuria Esquerra. Sonido: Benoît Perraud, Marisol Nievas Producción: Festival International du Film de La Rochelle, Perspective Films

sábado, 28 de mayo de 2016

THEEB (Lobo, Naji Abu Nowar, 2014)





THEEB (Lobo, Naji Abu Nowar, 2014)


Uno de los mayores ejemplos del colonialismo es trasladar a países y continentes alejados de la metrópoli, los problemas de ésta, incluidas las guerras. Algunos de esos problemas se consiguen solventar con el tiempo, y sobre otros se persevera de tal manera que, habiendo transcurrido décadas desde que estos territorios consiguieron su independencia, los efectos negativos sobre sus habitantes y sobre el resto del planeta persisten, y, también, como es el caso, se han agravado. Desde la Edad Moderna, Turquía apareció como el peligro oriental para la Europa cristiana, era la potencia dominante en el mundo islámico y esa dualidad y expansionismo de ambos imperios terminaba chocando. Con épocas de mayor o menor tensión, o de mejores relaciones de convivencia, el dominio turco en Oriente Medio provocó que la 1ª y la 2ª guerra mundial se desplazara, también, a su ámbito de influencia, por su propia ambición y por su alineamiento progermánico, chocando con las aspiraciones permanentes de los británicos.



En este contexto se desarrolla esta película, solvente y de indudable calidad visual, que sabe omitir eficazmente algunas lagunas y situaciones un tanto forzadas, pero que intenta mostrar, una vez más, y no serán bastantes, los efectos de la guerra desde los ojos de un niño, una guerra decidida a miles de kilómetros pero que termina afectando la vida diaria de los beduinos del desierto, de un clan familiar anclado en la tradición inmutable de siglos, en perfecta armonía comunitaria, pero obligados por relaciones de tribus que puede llevarles a apoyar una u otra causa sin saber muy bien porqué. La épica de Lawrence, el idealismo beduino, la emancipación de Arabia Saudí, no parecen ser los objetivos del director jordano de formación británica en esta producción con capital procedente de varios países de la zona y rodada en árabe. Nos resulta irrelevante si este territorio que  recorremos es la actual Jordania, Arabia Saudí, Yemen, Egipto, Palestina……..lo cierto es que el camino de Theeb siguiendo a su hermano mediano mientras ayuda a explorar a un británico y su guía de la zona en 1916, en pleno desarrollo de la gran guerra, descubre al espectador occidental la realidad de un conflicto que ayudó a acabar con un modo de vida y abrió la puerta a otra serie de problemas posteriores. Musulmanes todos los que aparecen en pantalla, a excepción de ese oficial inglés que, como su país, provoca la acción y las consecuencias posteriores; de diferentes razas, naciones, tribus, modos de vida, al final son ellos los que mueren y van sembrando el desierto de cadáveres bajo falsas promesas de libertad, de poder, de riqueza.



La influencia británica en la zona se veía amenazada por la fortaleza militar y demográfica de Turquía, y en ese conflicto de intereses, reforzar alianzas, buscar nuevos amigos, socavar la infraestructura militar turca, provocar el levantamiento de quienes no aceptaban el dominio otomano, termina determinando la vida de Theeb, obligado a madurar antes de tiempo. Transcurridos unos minutos de película dejaremos de pensar en la absurda escapada del muchacho, montado en un pequeño asno, siguiendo al idealizado hermano y obsesionado por una caja de madera que el oficial lleva consigo. Esa caja, como el tren, como las armas de repetición, como el envenenamiento de pozos, va acabando con el modo de vida tradicional en el desierto. Miles de personas empiezan a resultar innecesarias para los demás, la vida en el desierto deja de estar en equilibrio con un entorno tan hostil y deviene inaceptable. Son personas que intentan encontrar una salida a su situación vendiendo su conocimiento de la zona, vendidos al mejor postor como mercenarios, como saboteadores, como asaltadores. Viajar por el desierto, peregrinar a la Meca, pastorear ganado, comerciar, se convierte en algo imposible. La guerra empobrece y hace superflua a toda una generación que queda fuera de juego al no poder competir con un medio de transporte tan rápido como el tren y que acerca, al desierto, los peligros inherentes a la ambición humana.



Theeb era consciente de la muerte, ya sabía lo que era perder a seres cercanos antes de la llegada de la guerra de verdad a su entorno. Lo que no sabía era que la vida era algo que desaparecía con tanta rapidez y sin sentido por mero capricho de los hombres. Theeb pasará de taparse los oídos y refugiarse tras una piedra a apuntar con mirada fija y sin pestañear a quien considere su enemigo. Ese largo camino de retorno a casa, a una casa que ya no podrá ser nunca más la misma, servirá para activar su instinto de supervivencia, para buscar ayuda, para cooperar incluso con el demonio por salvar la vida; pero también servirá para actuar como un lobo cuando crea que hay muertes que no pueden olvidarse ni perdonarse. Theeb es la determinación de quien sabe mirar de frente a cualquiera porque ha aprendido de sobra que el lobo más fuerte se come al cordero, ha aprendido que las fidelidades de honor cuestan más caras que las propias porque pueden producir pérdidas irreparables y ningún beneficio, ha observado cómo sus paisanos se matan para defender a dos uniformes extranjeros y que hablan lenguas diferentes. En el ejercicio de la colonización, Theeb, con escasos 10 años, ha aprendido lo suficiente como para querer separarse de ese camino impuesto, pero también sabe que esa salida sólo conduce a la violencia. En esas estamos, aunque mientras tanto podemos disfrutar de buen cine procedente de un país tan exótico para el cine como Jordania.


viernes, 27 de mayo de 2016

MI HIJA MI HERMANA (Les cowboys, Thomas Bidegain, 2015)

  MI HIJA, MI HERMANA (Les cowboys, Thomas Bidegain, 2015)

ENLACE A LA REVISTA ULTIMO CERO

Década de los 90, fiesta vaquera en alguna localidad indeterminada del norte de Francia, un matrimonio con sus dos hijos, chico y chica, ésta en la barrera de la mayoría de edad, se divierten, participan de los bailes, escuchan al padre cantar «country»......acaba la fiesta, y la chica no aparece. En las miradas de ella durante el festejo se advierte su incomodidad, como si no quisiera estar allí, como si todo aquello le fuera ya extraño y lejano, una obligación más que una celebración. Comienza la pesquisa familiar extrañados de la ausencia, y más aún alarmados cuando la desaparición se prolonga horas, días, semanas, meses. El punto de partida de Bidegain es atractivo, pero para llegar a saber qué o porqué ha pasado lo que el preámbulo expone su desarrollo es más bien decepcionante, lleno de vaguedades, ausencias, omisiones interesadas que, deduzco, no se saben solventar para que el andamiaje no se venga abajo estrepitosamente. El transcurso de los minutos me incomoda, detecto una nada sutil forma de dirigir al espectador hacia el discurso del odio y el miedo al diferente. Si no se pretendía, el resultado es malicioso, si se buscaba de propósito, es cobarde y torticero.



La primera película como director del guionista habitual de Jacques Audiard puede no tener peros que plantear en cuanto a su realización, a su estructura, su contenido visual, para dar imágenes a esa inacabable búsqueda de la joven mujer a lo largo de unos 15 años, ahora bien, el guionista de «Un profeta» o «De óxido y huesos» fracasa precisamente en lo que debería haberle sido más fácil, el guión, la historia. Adornada como western contemporáneo, la búsqueda coloca a buenos y malos de manera maniquea. Unos, guiados por el afán de encontrar y saber de la hija y hermana a la que se refiere el título, un invento fallido del distribuidor español que conduce más a la idea de una película sentimental que a un sucedáneo de cine negro, son perdonados de manera ininterrumpida y reiterada durante la historia por el único hecho de salir a la caza de los presuntos secuestradores, son los «vaqueros» de nuestra infancia. Los otros, los malos, los perseguidos, los peligrosos, los chantajistas, ventajistas, violentos, asesinos, son los musulmanes, los nuevos «indios». Da lo mismo en qué país, o en qué situación, cualquier musulmán que mantenga cierta ortodoxia en la vestimenta y costumbres, pasa a ser sospechoso, pasa a ser retratado como un ser peligroso, que sólo busca nuestra destrucción. Da lo mismo Francia, que Dinamarca, que Bélgica o Afganistán, nadie se salva. Si el espectador tiene dudas, el director-guionista ayudará a conducir su desviada mente, si se olvida de dónde está el mal del mundo, generalizando en toda una colectividad al completo los males de occidente, basta con ir recordando imágenes televisivas del 11S, del 11M, de los atentados de Londres......no salen los de París o Bélgica porque la temporalidad de la historia no lo permite, eso sí, los errores del lado de los «buenos» se silencian uno tras otro, no sea que seamos capaces de encontrar la trampa de la historia.

 El director decide y apuesta por ofrecernos su ideología, «no estábamos preparados, es una guerra», da lo mismo si el padre y el hijo pagan sobornos, se saltan la ley, portan armas, las disparan, matan o no. El director legitima su conducta al tiempo que mantiene en el punto de mira de manera permanente a la religión musulmana. No seré yo quien defenderá religión alguna, y menos seré tan ingenuo como para creer en la alianza de civilizaciones. Nuestra historia demuestra que si hay algo más incompatible entre sí son las ideas religiosas. Pero hay una enorme diferencia entre criticar religiones e identificar a toda una religión con los autores de las masacres en el mundo occidental. ¿Sentiríamos lo mismo viendo a un padre e hijo musulmán buscando a su hija, es un decir, usando cualquier medio, hasta las cárceles secretas de la CIA en medio mundo para rescatar al familiar perdido, y en el camino ver retratada de manera tan simple y unívoca nuestro modo de vida? ¿Qué nos parecería una pelicula iraquí (y las hay, como las hay norteamericanas o israelíes) en la que sufriéramos en nuestra mirada el efecto de los bombardeos indiscriminados de la «gran coalición»?. Planteada como película de aventuras se basa en un gran globo que se puede desinflar en cualquier momento, planteada como cine político la película es repulsiva. Hay una búsqueda sin fin culpando a los demás, pero sin autocrítica de ningún tipo. ¿Qué razones llevan a una europea caucásica a convertirse al islam y fugarse con un francés hijo de argelinos que, se supone, se radicaliza y pasa a formar parte del entramado yihadista? ¿qué oculta el pasado de ese padre en sus viajes, qué han hecho esos padres para conseguir ese resultado? ¿por qué ese padre no acepta la decisión de una hija y asume una situación forzada que nunca se llega a acreditar? ¿por qué ese hijo mantiene el empeño y reacciona impulsivamente cada vez que ve un atentado en televisión, qué le lleva a cooperar con ONG,s en el lugar a embarcarse con peligrosas compañías sin preparación alguna?


Demasiadas interrogantes en una película que, siguiendo la estela de los westerns, divide en buenos y malos de manera caprichosa, no admite grises de ningún tipo, identifica el mal y nuestros peligros modernos de manera ruín y zafia, juega a meter miedo al espectador con el «a ti también te puede pasar», no ofrece una visión normal de un musulmán como persona salvo que adopte las costumbres y modo de vida occidentales, que para mantener un ritmo inquebrantable precisa mantener un silencio forzado entre dos hermanos cuya separación es imposible una vez llegan a reencontrarse. Bidegain vende el discurso final de que las religiones son más poderosas que el amor familiar, que no hay nada capaz de romper la barrera entre personas de diferentes creencias. Bidegain quiere hacer una película sobre la fuerza y el tesón de una búsqueda y consigue hacer del padre un personaje racista y poco empático, pero lo que es peor, consigue que su película tenga un mensaje racista implícito, cuando no, en varias ocasiones, manifiesto.


Título original: Les cowboys Nacionalidad: Francia Duración: 114 minutos Director: Thomas Bidegain Guión: Thomas Bidegain y Laurent Abitbol Intérpretes: François Damiens, Finnegan Oldfield, Agathe Dronne, J,C. Reilly Productor: Alain Attal; Música:Moritz Reitz Fotografía: Arnaud Potier Primer pase: Quincena de los Realizadores de Cannes 2015

jueves, 26 de mayo de 2016

EL JUEZ (L,HERMINE, Christian Vincent, 2015)

EL JUEZ (L,hermine, Christian Vincent, 2015)

ENLACE A LA RESEÑA EN AMANECE METRÓPOLIS


EL JUEZ (L,hermine, Christian Vincent, 2015)




Me ha resultado especialmente interesante y atractiva ésta, en aparente, poco sugerente película, cuya evolución, personajes y temática, me llegan y, lo fundamental, me llenan. Cómo un personaje en apariencia frío y distante es capaz de mostrarse cálido, comprensivo, didáctico, revelador, con sus semejantes, y, al tiempo, reconocer los errores del pasado sin saber si el presente le va a permitir una segunda oportunidad.


 Dedicarse a este trabajo aisla, "estamos blindados" dice el juez Racine, pero al tiempo, hay que mantener cierta humanidad. Persigue el delito, compadece al delincuente. Racine lo sabe, como sabe, y le aplaudo, que las verdades no están en las sentencias. En las sentencias están las pruebas, y en las pruebas están las trampas, las dudas, la habilidad de los abogados, su conocimiento o su desconocimiento. Pero en medio hay personas, personas que se juegan su libertad y que no saben de leyes pero sí de verdades y de mentiras. Un juicio es un teatro serio donde nunca sabes hasta dónde llega el engaño, la fabulación o la confabulación. "El juez", sin duda, es una gran película gracias a su guión, no es poca cosa.
TRAILER DE LA PELÍCULA

miércoles, 25 de mayo de 2016

PEACE TO US IN OUR DREAMS (Sarunas Bartas, 2015)



PEACE TO US IN OUR DREAMS (Sarunas Bartas)

ENLACE AL COMENTARIO EN EL ANTEPENULTIMO MOHICANO

 La revista El antepenúltimo mohicano publica mi impresión sobre esta película lituana. Los fantasmas del pasado mantienen amarrados los sentimientos y las vidas de tres personas que intentan rehacer sus vidas a lo largo de un fin de semana en una casa de campo al lado de un lago y en medio de un bosque.

 Se trata de la primera película estrenada comercialmente en España del director lituano, un síntoma más de la escasa oferta y distribución que el cine de autor tiene en este país, y que unos pocos valientes se siguen atreviendo a traer, imagino que más por amor al cine que por la cuenta de resultados final. Pocos cines, pocas ciudades, pocos espectadores, pero poco a poco va calando la necesidad de dar satisfacción a un público minoritario que no va a abandonar estas propuestas.


 Bartas utiliza el hermetismo de una situación que debe desvelarse poco a poco, lo tiene que hacer con la complicidad del espectador y los rostros enigmáticos de sus actores. Una especie de exorcismo del dolor en el que las conversaciones se convierten en monólogos entre dos, lo que se habla no obtiene respuesta, sino reflexión personalizada.


TRAILER DE LA PELÍCULA