viernes, 23 de diciembre de 2016

MOTEL MIST (Prabda Yoon, 2016)

MOTEL MIST (Prabda Yoon, 2016)



Se funde el neón y tu hotel cambia de nombre, de un inconfundible «Motel Mistress» dedicado al placer de pago, pasas a un estado intermedio entre la niebla (mist) y lo místico (mystic), y así se desenvuelve una película donde la niebla emocional de un país que es incapaz de luchar contra la pederastía y los abusos sexuales contra las mujeres, confluye, al mismo tiempo con el elemento fantasmal, extraterrestre, religioso, tan frecuente en el cine del sudeste asiático. Porque en esta primera película del guionista Prabda Yoon, colaborador guionista de Apitchapong Weerashetakul, de Pen-ek Ratanaruang o de Pimpaka Towira, con la participación del montador habitual de las películas del primero, Lee Chatametikool, se reconocen abiertamente, y seguramente sin complejos, líneas narrativas procedentes y precedentes de un referente de la cinematografía mundial, que, indudablemente, debe inspirar a una parte de los creadores de su país. Solamente que la inspiración no implica estar a la altura del modelo, en una película abiertamente arriesgada, dificil en el concepto de no ser recomendable para cualquier espectador, pero en el que cierta contención en el alargamiento de los planos, o de las situaciones, mejoraría el resultado final.

A esta experiencia que se desarrolla prácticamente en el interior y recepción de este «love hotel» a las afueras de Bangkok se llega, sí, con la mirada, pero es necesario tener abiertos otros sentidos para entender un mensaje que, por desopilante y confuso, no deja de tener una coherencia interna que consigue unir todos los nudos que han sido deshechos en la presentación, aunque sea mediante el elemento metafísico e indemostrable, con una nueva religión diferente del budismo, alejada de lo mundanal, procedente de otra galaxia. Dos relatos se van mezclando, interfiriendo entre si; la historia de un joven estrella televisivo que ha desaparecido y del que se dice que ha podido ser abducido o secuestrado por los extraterrestres con los que se comunicaba, una historia que seguimos a través de programas más o menos informativos de la televisión tailandesa, y por otro, la enfermiza, morbosa, cruenta, historia de un depredador sexual que, con dinero, somete a las chicas contratadas a cualquier tipo de abuso que le proporcione placer, sea cual sea el resultado físico y emocional que provoque en las mujeres, jóvenes y bonitas como exigencia necesaria. En ese escenario de atrezzo pornográfico, esa habitación número 7, ambientada como un set de película porno, adornada con un muestrario de consoladores de todo tipo, con una colección de películas x que satisfaga todo el espectro de gustos «normales o anormales» de los clientes, donde puede sonar un vals de Strauss mientras una joven es atada en aspa a una cama y sometida a llevar un bozal hasta que el cliente decida probar otra escenografía, el microcosmos de dominación mediante la violencia y el dinero, esconde un giro argumental de venganza. Lo que nos ha podido parecer inicialmente una historia de incesto pedófilo, ya que Yoon juega al equívoco de hacernos pensar que esa cría que sale del colegio es hija de quien la recoge, se transforma en un juego diseñado para jugar con los placeres anhelados del hombre y hacerle caer en una trampa donde pasa a ser dominado, humillado, golpeado y herido como castigo de género, premeditado y diseñado.

Paralelamente, mientras en la habitación 6, un recepcionista sin escrúpulos, graba lo que ocurre en la 7, un cliente exige, y consigue mediante el convincente argumento monetario, hospedarse en la habitación 5. Es el lado surrealista, extrasensorial, inexplicable de la película, pero que le dota de un magnetismo especial para olvidar ese ambiente mundano donde se desarrolla el juego erótico-sexual. En la habitación 5 se consigue que llegue la noche y una iluminación artificial y metálica (imposible olvidar el plano de Cemetery of splendour donde un dormitorio se ilumina con neones de colores que indican el estado de salud de los enfermos) mientras en el exterior continúa el día caluroso y soleado; es el poder de ese residente, Tul, el buscado por sus relaciones extraterrestres y voluntariamente desaparecido, no secuestrado, y que se ha hospedado en ese motel para llevar a cabo su particular forma de compensar los malos comportamientos. Para contar esta historia resumida, Yoon abusa del plano estático en su duración, lo mismo pueden ser cinco minutos enfocando un plano en escorzo desde un punto de vista poco natural hacia un edificio, como otros cinco minutos en los que observamos la transformación física y mental del extraterrestre mediante el uso de interferencias en la imagen que se refleja en un espejo; pero el mismo recurso, en ocasiones, ni cansa ni aburre, al revés, magnetiza; como cuando los coches van llegando en el atardecer a ese motel y son atendidos por una niña que hace de «madame» con unas gafas de plástico iluminadas, o ese plano final en el que alguien desconocido sale de una de esas habitaciones con garaje debajo y pega fuego a una barra que en sus dos extremos comienza a arder, iniciando un baile probablemente inconexo con la historia, pero de pura belleza formal que, junto con la música original de la película, otro hallazgo, hace que ésta alcance cotas de interés por su extravagancia y su exotismo.

En «Blade runner» un test servía para descubrir quién era humano y quién no, aquí, homenaje expreso o subconsciente, otro ojo refleja el efecto de la abducción, el interminable vacío al que conduce una vida en un país dominado por una dictadura incapaz de evitar, por su sutileza, el mensaje simbólico de una reacción contra el poder absoluto y despótico, una película donde se cuestiona qué es ser buen ciudadano, y cómo no es lo mismo ser buen ciudadano en Corea del Norte, en Tailandia o en Suecia, en un diálogo de aparente construcción superflua pero en cuyo interior guarda una dinámica donde se cuestiona la propia moral tailandesa, donde el sexo por dinero con menores de edad sólo se persigue en la apariencia de creerse modernos, pero donde las propias estructuras mantienen y usan esta degradación del ser humano. Por eso la abducción ha de vaciar la naturaleza propia del humano para, con independencia del resultado buscado, provocar un reseteado existencial que cambie los comportamientos. Toda esa energía negativa, ese acervo de generaciones, ha de ser engullido por un agujero negro situado en el centro de nuestras pupilas, anular para eliminar lo negativo, mientras aquellos, en este caso dos mujeres jóvenes y una niña, que se comportan con neutralidad y con un cierto sentido de los valores, siguen siendo libres de mantener su propia esencia humana. 


Motel Mist. Tailandia. 2016. Director: Prabda Yoon. Intérpretes: Prapamonton Eiamchan, Katareeya Theapchatri, Surapol Poonpiriya , Vasuphon Kriangprapakit , Wissanu Likitsathaporn.Guión: Prabda Yoon. Fotografía Chananun Chotrungroj. Sonido: Akritchalerm Kalayanamitr. Diseño: Rasiguet Sookkarn. Montaje:Lee Chatametikool. Música: Jitivi Banthaisong, Siwanut Boonsripornchai. Producción: Soros Sukhum, Cattleya Paosrijaroen. Productoras: Sound Song, 185 films, Mosquito Films. 105 minutos. Presentación Festival Rotterdam 2016.


TRAILER