sábado, 3 de diciembre de 2016

ALOYS (Tobías Nölle, 2016)




ALOYS (Tobias Nölle, 2016)

Si te dieras cuenta de que tu vida se ha transformado en algo parecido a encontrarte en una cabina de teléfono empañada, que lo ocurre fuera de ese espacio reducido te atormenta y te resulta indiferente por partes iguales, podrías reaccionar para cambiar algo o, por el contario deslizarte poco a poco hacia el vacío de la enfermedad mental. A Aloys la muerte de su padre le ha terminado de desequilibrar, único refugio reconocible y único contacto con una realidad cómoda y rutinaria, su trabajo como investigador privado ha ido convirtiendo su vida en un continuo ocultamiento. Lo que es necesario para hacer bien el trabajo termina convirtiéndose en una costumbre diaria para el resto de su comportamiento, mientras que el trabajo de grabar imágenes, conversaciones de sus objetivos, traspasa la actividad profesional para convertirse en una manera de vivir diferente recogiendo fragmentos de vidas ajenas, espiando, en definitiva, lo que no debería interesarle. La ausencia paterna, que no se quiere aceptar, continúa llenando los espacios vacíos de su existencia. La agencia continúa llamándose Adorn e hijo pese a que el viejo detective hace tiempo que está imposibilitado, en el domicilio la cama articulada, los aparatos de respiración, los efectos personales del padre, permanecen en un primer plano para no olvidar ese contacto, el único contacto humano de Aloys, su conexión con el mundo real que ahora le gusta aún menos.


Hay un instinto animal que emparenta esta película con “Wild” de Nicolette Krebitz, y una experiencia sensorial basada en la palabra y los sonidos que traza lazos de unión entre esta ópera prima del director suizo y el cine de Peter Strickland, y todo da un giro sustancial cuando, una vez dibujado el perfil psicológico de este huidizo personaje, temeroso del contacto humano, recluído entre paredes con más o menos espacio interior a salvo, y al que no se deja penetrar a nadie, tras una noche de borrachera y de vagar en un autobús urbano, su videocámara, y las últimas 9 cintas de grabación, desaparecen. A Aloys no le basta con encerrarse, sino que ha de evitar ser visto, cabinas empañadas, coches tapados con lonas, habitaciones con cortinas, pero al tiempo necesita saber qué ocurre fuera, y por eso graba con su cámara el descansillo de su vivienda de manera permanente. Comienza el juego perverso e insano de la hurtadora del material con el detective, mediante conversaciones telefónicas, la interlocutora pone a juego la resistencia mental de Aloys, su capacidad para participar del juego o limitarse a abandonar la propuesta. En una fase inicial la mente racional de Aloys intenta descubrir la identidad de la mujer, lo que le coloca al borde del abismo emocional y le enfrenta con sus propios miedos, al verse obligado a participar, sin la protección del anonimato, en la búsqueda dentro de situaciones o lugares donde crece su incomodidad, su aparente ostracismo que le produce rechazo hacia los demás se reproduce en las conversaciones donde el juego del “frío, caliente” desespera a Aloys. “Ella no soy yo” dirá la persona desconocida para evidenciar el error del detective. El andamiaje de persecución se derriba cuando la mujer desiste del juego y se disculpa, pero la mente de Aloys ya se ha sentido atraída por ese juego que ha intentado la mujer, “la primera vez es dolorosa, pero inolvidable”, mientras el cuerpo de Aloys permanece entre las paredes protectoras de su casa, su mente, siguiendo las palabras que oye por teléfono, le transporta a un bosque, a sentir la presencia femenina que no puede identificar, a oler el musgo que recubre la corteza de los árboles, a quedar enredado con el cable del teléfono alrededor de un tronco que no existe, pero se siente. El mundo de sensaciones se modifica, y las percepciones de Aloys empiezan a confundirse.


Cuánto mejor sería tener la mente de un animal y olvidar rápidamente aquello que el instinto nos recuerda una y otra vez. En uno de los mejores momentos de la película, cuando Aloys acude al zoológico donde trabajaba Vera antes del suceso que, definitivamente, les pone en contacto, aunque solo sea mediante la palabra, sigue las explicaciones de la cuidadora de animales, enfrentándose con la soledad de una tortuga que lleva 25 años encerrada sin compañía en su espacio enjaulado, o ese pájaro picozapato que mira amenazante en su soledad, pero que emparenta su mirada con la del propio protagonista, o el león marino que cree nadar en medio del océano hasta que, una vez tras otra, su cabeza impacta contra el cristal donde el visitante mira sus movimientos, esa mirada de Farah, el mamífero marino, durante un instante refleja tristeza y frustración, su nado se ha interrumpido, ha desaparecido su mínima sensación de libertad, pero afortunadamente para él, esa sensación es momentánea, lo que dura el siguiente nado y el siguiente encuentro con el cristal, mientras para Aloys y Vera, la soledad es permanente y destructiva, por eso la ocasión de conocerse pasa por el reconocimiento de sus propias deficiencias, mediante el “phone walking”, Aloys y Vera comienzan a compartir experiencias que sólo ellos son capaces de ver y sentir, pero que hacen mella en su persona, a diferencia del animal que sufre, pero olvida.


La mezcla de sensaciones afecta de tal manera a Aloys que va a llegar un momento en el que no sea capaz de distinguir realidad e imaginación, más racional, pese a haber iniciado el juego, Vera, Aloys se introduce en la experiencia como una manera de recuperar una vida y olvidar el aislamiento al que se ha sometido en ese reino de la invisibilidad del detective, donde la sombra, el reflejo, son el enemigo del profesional, enemigos que se han hecho evidentes para Aloys como sinónimo de fín de etapa cuando es sorprendido, precisamente, por la imagen del reflejo no valorado. El mundo de lo imaginario a través de la palabra (excepcional la fiesta sorpresa en el piso de Aloys que sólo él puede ver y sentir, junto con Vera, internada en un hospital pero presente y sintiendo, a la vez, lo mismo que Aloys). La sucesión de experiencias cada vez más físicas, más sentidas, más reales, pese a que ambos personajes sólo pueden conectarse por la voz y sin estar uno junto al otro, desemboca en el momento culminante de decidir si resguardarnos en el mundo en rojo, color que visten ambos personajes en esos encuentros intensos pero imaginarios, o lanzarnos a vivir por una vez aunque sea simulando lo que no deja de ser una realidad, que la enfermedad mental ronda a ambos por igual, Vera sabe que esa relación iniciada por ella a través de sugestionar la mente de Aloys no es lo que necesita, pero ¿sabrá Aloys encontrar la salida o será el perfecto colofón para no volverse a relacionar con nadie más mientras mantenga consigo la imagen perceptible de quien no está?.


Título original: Aloys. Duración: 91 min. País: Suiza. Director: Tobias Nölle. Guión: Tobias Nölle. Fotografía: Simon Guy Fässler. Reparto principal: Georg Friedrich, Tilde von Overbeck. Producción: Georg Friedrich, Tilde von Overbeck, Kamil Krejcí, Yufei Li, Koi Lee, Sebastian Krähenbühl, Karl Friedrich, Peter Zumstein, Agnes Lampkin, Rahel Hubacher.