miércoles, 9 de noviembre de 2016

ZUM VERGLEICH (IN COMPARISON, Harun Farocki, 2009)



 
ZUM VERGLEICH (IN COMPARISON, Harun Farocki, 2009)


Un cine inédito en España, si entendemos por exhibido el que se proyecta en pantallas comerciales y el editado en DVD. Nada por aquí, nada por allá. Ni está ni se le espera, si acaso en festivales de cine, en museos de arte moderno, en videoinstalaciones. Un material digno de programas especializados o públicos exigentes, un cine que encontraría su refugio en canales televisivos culturales, si, justo lo que no existe. Así que si una iniciativa como Doc Alliance permite su visionado gratuito, aunque sólo sea de una de sus obras, no hay que perder una ocasión que se antoja casi irrepetible, “Zum vergleich” habla del trabajo, del trabajo en lugares del mundo pertenecientes a culturas y grados de desarrollo muy diferentes, Burkina Fasso, India, Alemania, Francia, Suiza; un  trabajo centrado en un único producto, el ladrillo. En apenas una hora asistiremos, con asombro, sin palabras; con imágenes, al diferente tratamiento del trabajo en cada uno de los lugares para concluir con una reflexión interesante acerca de si es preferible la eliminación de puestos de trabajo con la excusa de la mejora de la calidad de condiciones de trabajo y la inexistencia de relaciones personales entre los obreros de una fábrica alemana en relación con la fiesta que supone la construcción de una escuela en Burkina Fasso, seguridad frente a esfuerzo, deshumanización frente a colectividad.

 ENLACE A LA PELÍCULA COMPLETA


Lo genuino frente a lo artificial, el control de los medios de trabajo y el progresivo acaparamiento de los mismos, la comunidad frente al individualismo impuesto. Farocki reivindicó el concepto de nueva empatía. En sus textos, Farocki advocó que el término empatía había sido entregado al enemigo: es decir, al cine de consumo y la industria del entretenimiento, de ahí que hiciera un llamamiento a su reconsideración y reapropiación a través de otro tipo de empatía. La utilización paciente de la cámara, sin manipulaciones ni prejuicios, grabando lo que el ojo ve, ya sea en el proceso productivo, o en la peor de las guerras, es el ejemplo de sus cualidades empáticas. Su empatía ha de provocar la reacción en el espectador, acostumbrado a un discurso previsible en la obra cinematográfica donde una historia escrita lleva a un resultado acomodaticio para el espectador. El uso y abuso de las imágenes como anestesia al espectador, que, acostumbrado a la repetición de noticias, termina por no dar importancia a ninguna de ellas. Famosa es su representación de los efectos del napalm en Vietnam, sin necesidad de mostrarnos los vídeos que todos hemos visto, se limita a leer una carta de una víctima del napalm y, al finalizar, a quemarse la piel con un cigarrillo. De carácter más o menos experimental, miembro de la corriente de la nueva ola del cine alemán, lo que no impidió que terminara renegando del cine de Fassbinder, Schlondorf o Wenders por lo que él consideró, su rendición al cine comercial, es la imagen el centro de su obra, la imagen real exhibida para cuestionar nuestro pre-juicio, obligar al espectador a pensar sobre lo que ve, en vez de que la historia contada piense sin él y nos reconduzca interesadamente hacia un fín programado.


Si asistimos al proceso de producción de ladrillos en el mismo lugar donde se va a construir una escuela, si todo el pueblo se concentra y colabora, podemos envidiar ese sentido comunitario de participar en la construcción de algo importante para todos; pero al tiempo podemos lamentar las miserables condiciones de trabajo, las nulas medidas de seguridad, la presencia de niños en las obras. La imagen resulta bella e ilusionante, pero también compromete nuestro bienestar occidental. Y de ese espíritu festivo pasamos a otro menor, donde la empresa adquiere mayor magnitud, donde se pierde el afán de trabajar por el bien común y se pasa a trabajar para sobrevivir; fábricas de ladrillos en la India donde la mano de obra tan barata no invita a mejorar las condiciones de trabajo. Tampoco el mundo occidental puede salir bien parado de las comparaciones, desde la fábrica francesa donde sólo trabajan obreros marroquíes desde 1945, mecanizada pero miserable; hasta la pulcra fábrica alemana o suiza, el abismo es evidente. De una fábrica donde persiste el trabajo manual a cargo de personas de otras nacionalidades, razas, creencias, a la fábrica exquisita donde una sola persona, sentada en un centro de mando, sin mancharse las manos,  sin tener que cargar pesos excesivos, vigila la producción.


Si el mundo occidental estudia la estructura y construcción de los hornos de cocer ladrillos en la India, no es porque se pretenda mejorar la producción europea de ladrillos, sino porque en la simpleza de su estructura se guardan proporciones y diseños atractivos aplicables a obras de ingeniería civil, el ladrillo sirve como soporte de un mp3, no se identifica como material de construcción porque éste ha quedado individualizado respecto al resultado final, una máquina hace la mezcla, otra corta, otra moldea, otra cuece, otra separa, otra construye muros prefabricados. Cuando una ingeniera levanta bocetos de esos hornos lo hace más como experiencia y curiosidad que como archivo visual y documentado de otra cultura, justo la cultura que, detrás de ella, planta arroz en medio de las tierras inundadas. Primer mundo frente a tercer mundo, no es necesario apoyar en palabras el contenido de las imágenes, hablan por sí solas de las diferencias insalvables, de la progresiva deshumanización del trabajo en nuestras sociedades enfrentado al abuso físico de las más pobres. Farocki construye un edificio de imágenes sin riesgo de derrumbe, es material de alta densidad que perdura en su cocción dentro de nuestra mente. Un gran logro de una estimulante película.