lunes, 28 de noviembre de 2016

PLACA MADRE (Bruno Varela, 2016)

PLACA MADRE (Bruno Varela, 2016)
«Cada época sueña la siguiente», pero también añora la anterior, o las anteriores, porque nos han formado como somos. A lo largo del Altiplano, entre Perú y Bolivia, donde los restos arqueológicos se confunden con la propia fisonomía del paisaje, donde el esplendor pasado ha dado paso a una confusión entre ruina y vegetación, que fusiona la importancia del tiempo pasado y su ramificación en el presente. Esa piedra que muge no deja de ser la placa madre que, como la de un ordenador, mantiene conectados los componentes que lo crean y le dan sentido. La piedra que muge une dos momentos, dos mundos, un circuito invisible que mantiene a los habitantes unidos con un pasado irreconocible pero que, siglos atrás, resultó espléndido. Ahora sólo queda el destrozo, el abandono, la despoblación, el tiempo que pule las aristas hasta dejar lo básico, lo esencial. En medio del recorrido de ciudades y enclaves, el documental se transforma en algo que ya pasó mientras se realiza, siguiendo a la nueva expedición no hacemos sino recordar la que ya fue, la que se hizo una década antes, pero también la que tuvo lugar 60 años antes. Sumando capas obtenemos el resultado completo, pero podríamos persistir añadiendo imágenes sobre imágenes hasta unir todas las eras, pero no tenemos material suficiente.
Varela dota de texturas muy diversas a sus imágenes, las envejece, las deteriora, las difumina. El pasado, si no se ha podido recuperar, se recrea. No es importante que percibamos que alguno de los personajes que creemos actuales puedan ser identificados como partícipes de otras expediciones previas. ¿Dónde acabamos y dónde empezamos en un viaje hacia el origen de una civilización? ¿qué es el interior y el exterior de una medusa que se mueve mediante la contorsión generalizada de un cuerpo al que no podemos situar un «fuera» y un «dentro»?. Se trata de varias dimensiones superpuestas en las que los precedentes tienen facilidad para conocer lo nuestro, pero nosotros no podemos conectar con tanta facilidad con lo suyo, así recibimos parte de su legado, sin darnos cuenta, pero estamos impedidos de conectar con ese mundo de los muertos que ha ido dejando sus señales. Estamos ante dos viajes a la ciudad de piedra, o un viaje con dos miradas, ni tan siquiera separadas en el tiempo, sino desdobladas, en diferente dimensión que provoca interferencias y diferentes apreciaciones. Recibimos señales de piedra procedentes de épocas pasadas, a las que se unen dos cajas con material del pasado, fotografías y soportes de imagen que ya no se utilizan, y, al mismo tiempo, Félix Roque nos hace de guía e intérprete de lo que vemos, y también de «medium» entre una cultura y otra, entre un tiempo y otro.
El poder de la narración sirve para tejer un relato atemporal y atípico, el poder magnético de un lugar, de unas piedras, de unas tallas. La confluencia de señales indescifrables procedentes de no sabemos cuando ni de quién, acompaña nuestro viaje recorriendo lugares donde el turista aún no ha llegado. Estamos en un viaje fuera del tiempo porque el espacio que se recorre físicamente no se corresponde con el mero tiempo en el que lo vemos, sino que sobre ese tiempo se han ido añadiendo siglos, depositándose conocimientos e información como sedimentos que hay que ir decapando para llegar a lo esencial. Los movimientos circulares del relato unen el pasado y el futuro, resonancias mitológicas de culturas que se creyeron superiores y pretendieron aumentar su poder absorbiendo los saberes y conexiones extradimensionales de los incas (la presencia de nazis alemanes en el yacimiento de Tiwanaku), resonancias marinas en los sedimentos del lago Titicaca que unen un presente con un pasado previo a la humanidad en la que ese mar dulce quedó aislado y en altura. Como las plantas, esta ciudad de piedra unida al hueso de la cordillera andina, es conocida en su exterior, pero su interior, sus raíces, son tan profundas, que la leyenda y el mito prevalecen sobre el conocimiento real. Ese pasado reconocible en el presente, termina transformándose en una especie de psicofonía futurista que nos adelanta, o nos avisa de los males del presente, gente durmiendo en la calle, pobreza extrema en los hijos de la ciudad de piedra, amenazante presencia policial y militar dispuesta a reconducir cualquier atisbo de viejos laureles. Pasado, presente y futuro conectados a través de la cultura originaria, revelando datos que no podemos explicar, información incompleta procedente de un mundo de muertos que mantiene canales de comunicación con el mundo de los vivos, mientras éste se ve incapaz de interpretar las imágenes, los vestigios, las interferencias míticas de los lugares visitados donde confluyen resonancias de muchas épocas y de muchas cámaras ausentes pero que, al filmar, dejaron su impronta y su material en lo etéreo, no sólo en el soporte físico.
Méjico-Bolivia. 2016. Dirección y Guión: Bruno Varela. Producción y Distribución: Anticuerpo. Fotografía: Bruno Varela. Edición: Bruno Varela. Sonido: Bruno Varela. Música: Steven Brown & Cinema Domingo Orchestra. Reparto: Felix Roque Murillo. 54 minutos.

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