viernes, 18 de noviembre de 2016

MUJERES HERIDAS (Gonzalo García Pelayo, 2016)




MUJERES HERIDAS (Gonzalo García Pelayo, 2016)
Si conectas con el cine de Gonzalo vas a verte sorprendido una vez tras otra. Con seis películas en apenas dos años, el director ha optado por una carrera de acumulación, y pese a eso, no ha renunciado a la calidad. Tiene una ventaja Gonzalo con su cine, ha renunciado a la perfección, no importa que un actor, o en este caso, él mismo, se trabe al leer un texto, o que una imagen en un momento dado no sea todo lo precisa que podría esperarse. Ha interiorizado el concepto del wabi-sabi, una apreciación estética de la evanescencia de la vida, alejado de la belleza por la belleza y cercano a la belleza de las cosas por el hecho de serlo, bellas por imperfectas, por incompletas, por mejorables, bellas porque evidencian vida, y la vida no puede ser perfecta porque deja de ser bella. Aunque esto es una interpretación suicida alrededor de un concepto que las palabras japonesas no son capaces de explicar, el wabi sabi es eso, wabi sabi, y Gonzalo ha empezado a recoger en su cine, mediante la unión de muchas partes imperfectas, un concepto de difícil explicación pero de muy bella contemplación. Las mujeres que aparecen en pantalla son imperfectas en cuanto humanas, sufren, han sufrido y sufrirán como todos los demás, en sus rostros el paso del tiempo va hendiendo surcos. Las heridas de la vida salen a la luz de manera magistral, basta con saber escuchar.
Muy inmerso en explorar el mundo femenino (Copla, Amo que te amen, Niñas, Niñas 2, esta Mujeres heridas) Gonzalo traslada a imágenes ideas propias y también ajenas, el guión no es totalmente suyo, las historias que se cuentan son historias de mujeres, unas podrán ser inventadas, otras reales, pero puestas en boca de mujer aunque, a veces, hable un hombre. Juega la película a desorientarnos y complicarnos aquello que parece muy sencillo; las historias se agolpan en la pantalla a través de diferentes fórmulas y formatos, con la herida como centro del que irradia una conexión entre todas ellas. La imagen puede referirse a un personaje, la voz a otro que cuenta otra historia, el texto a una tercera que cuenta su atormentada vida interior entre la fidelidad y el deseo, incluso la voz puede duplicarse, triplicarse, escuchando varias  que repiten un texto de manera asincrónica. Todo es dolor, pero un dolor vital a ras de piel, el dolor que produce la pérdida, el desprecio, las oportunidades perdidas, el tiempo que pasa, la imposibilidad de volver atrás, la incomprensión, la maternidad acaparadora. Si, por ejemplo, Guerín en su última película, nos hace partícipes de una historia íntima, que nos conecta con la realidad mediante el reflejo de unos cristales que nos muestran que la vida continúa ajena a las vicisitudes de los personajes, Gonzalo utiliza el sonido para demostrarnos que en las conversaciones entre Susana y Vanesa, el mundo no se ha detenido, que hay niños que juegan o hablan con adultos, que circulan coches, que la vida sigue su imparable evolución dejando más víctimas por el camino.
Puede jugar a las variaciones, contarnos una historia de aparente ficción mediante el personaje de Carmen, mediante el uso de la distancia, la ausencia física de personas, la distancia que proporciona rodar mientras la cámara transita por calles de las que sólo vemos las terrazas y balcones de las plantas superiores, para retomar la misma historia con otros personajes, pero desde la crudeza de la realidad, cuando Susana cuenta la historia de su abuela, esta vez sí, en primer plano, con la inmediatez de lo físico, de soportar la mirada emocionada de quien lo cuenta, mostrando así cómo reaccionamos diferente si la historia nos suena a ficción o si ésta es reflejo de una realidad pasada. Lejanía y cercanía en función de cómo se usa la imagen. Empatía por la persona, frialdad y desapego en la imagen ausente de la emoción visible. El cine de Gonzalo se ha ido depurando, sus historias se han adelgazado para quedar en la sustancia, pero sus señas de identidad se mantienen, mujeres, textos y música siguen muy presentes en su cine, largos parlamentos, más o menos espontáneos, más o menos preparados, indisimuladamente leídos, o como es en este caso, narrados desde la desnudez de  la intimidad personal y familiar; textos impresos sobre rótulos o acompañando las imágenes, relacionados con lo que vemos pero separados de esa historia visual, aquí reproduciendo letras de canciones de alto significado para hablar de las heridas, retomando una colaboración que produjo la película cuyo recuerdo más celebro del cine de García Pelayo, sus “Alegrías de Cádiz”, con el músico Fernando Arduán.
Son mujeres heridas pero de diferente manera, mujeres maduras que se muestran libres de prejuicios ante la pantalla, temiendo el momento en que el deseo abandone sus relaciones de pareja, temiendo ese momento en que otro hombre atraiga hasta el punto de comprometer mantener una palabra, mujeres parcialmente insatisfechas pero que también podrían ser hombres con diferentes heridas, mujeres con la carga de asumir, con dedicación exclusiva por más que se comparta, que una parte de su vida se va a ir dedicada a la maternidad, como un paréntesis en el que el mundo se detiene a tu alrededor, pero que cuando se retoma, todo ha cambiado y tú no te has dado cuenta. Mujeres que soportan cualquier dolor físico y continúan adelante, porque lo que más daño hace es la herida emocional, la que no cura el tiempo ni el olvido, porque vuelve como la marea y hace aparecer las lágrimas al borde de los párpados pese al tiempo transcurrido. Mucho cine y muchas películas en la última entrega de Gonzalo García Pelayo, la belleza de una imperfección deliberadamente planificada y mantenida, un cine que se abre a nuevas experiencias sin encasillarse en temas ni generaciones. Un perfecto montaje con una cuidada introducción de temas musicales que hace de esta película un goce sentimental y una experiencia muy humana.

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