viernes, 25 de noviembre de 2016

LOVING (Jeff Nichols, 2016)

LOVING (Jeff Nichols, 2016)

Lo legal no siempre es justo. Richard (Joel Edgerton) asiste, paralizado, a la evidencia de que su vida está limitada al espacio de su casa y el porche que la antecede. Desde ese porche, apoyado, mira lo que le rodea con la seguridad de que nunca va a poder disfrutarlo libremente junto a Mildred (Ruth Negga). El porche es el espacio físico delimitador entre la intimidad y la convivencia con el resto de la sociedad. La prohibición que los tilda de delincuentes, empaña la mirada siempre temerosa de volver a sufrir la experiencia de una detención y la vejación racial de un tratamiento discriminatorio sustentado en una ley. Richard es blanco y Mildred es negra, ambos viven en Virginia, estado que consideraba delito los matrimonios interraciales. Casarse en el estado de Columbia no significa nada para las autoridades de Virginia a finales de los 50 si vuelves y convives; en su declaración de culpabilidad la única manera de evitar la cárcel es aceptar el destierro, abandonar su hogar, su familia, sus tierras, el campo, la libertad de correr sin asfalto, vivir en libertad pero limitados en los afectos y en las cercanías, aceptar que su libertad ha sido mutilada por la existencia de una ley que nadie discute, libertad vigilada que no puede afectar al corazón pero si a la mente.



Nichols es un director que orbita alrededor de la familia, o de las ausencias de la misma, la protección o la falta de alguno de los progenitores, su cine ha situado a la infancia en el eje central de las historias, pero ahora, tras el paréntesis de su primera película, Shotgun stories, y pendiente de estreno en España su anterior «Midnight special»reseña de MIDNIGHT SPECIAL, el objetivo se sitúa en el mundo de los adultos, en el mundo de una historia de amor llevada a sus últimas consecuencias sin necesidad de recrearse en falsos romanticismos. Nichols mantiene ese tono contenido que tan bien se le da, sitúa la amenaza en el mundo exterior y perfila suficientemente bien la cotidianeidad y normalidad de la relación íntima entre la pareja dentro del hogar, un lugar de seguridad relativa, aunque no en el estado de Virginia, donde pueden allanar tu morada sin necesidad de mandamiento judicial ante lo que se considera un delito flagrante que atenta contra el bien común. La película se cuenta en tres partes, la primera hasta el momento en que son condenados y obligados a abandonar el estado para evitar el cumplimiento de la sentencia, la segunda durante su residencia en el estado de Columbia, 8 largos años sin peligro de ser enjuiciados pero resentidos por ese castigo injusto que mantiene esa mirada de melancolía y dolor que circula alrededor de su relación, y la tercera cuando la asociación de derechos civiles, en plena era Kennedy, con el impulso de Martin Luther King y su “i have a dream”, considera que el caso de los Loving es un ejemplo ideal para llevar al Tribunal Supremo la lucha por los derechos civiles y el fín de la discriminación racial, consiguiendo que el derecho al matrimonio sea considerado como un derecho fundamental de la persona que no puede ser limitado por cuestiones raciales o prejuicios religiosos.



En manos de cualquier otro, la historia real de los Loving vendría marcada por excesivos subrayados melodramáticos, lloros e histerias, arrebatos de ira o frustración, para dar paso, después, al convencional relato judicial de tribunal en tribunal. Nada de eso ofrece Nichols, salvo leves apuntes, los mínimos imprescindibles para mantener un relato cronológico de lo que fueron estos diez años de la pareja real. Porque lo fundamental en la película es mostrarnos su historia de amor, su forma de ir creciendo, a la par que crece la familia en un impetuoso salto hacia delante, hijo tras hijo. Su contención, su forma pausada y, hasta lírica, de situarnos ante una situación legal pero claramente injusta sostenida por la supremacía racial blanca en la América de los 60. Qué distinto y qué distante del intento fallido y mediocre de “Free state of Jones”, donde se amaga con una historia similar y no se atina a dotarle de un mínimo contenido personal y social. Aquí son los Loving los únicos que acaparan la imagen, una imagen tratada de mantener a salvo y en la clandestinidad cuando deciden que es hora de regresar a casa, pero que poco a poco empieza a trascender a los medios más liberales del país. Por eso el episodio del fotógrafo de la revista Life, Michael Shannon, no deja de tener su importancia. Un extraño ha roto esa barrera protectora y llega a la intimidad de la pareja, mostrándoles tal y como son ante el resto de ciudadanos y planteando una pregunta inquietante, ¿cómo puede pretenderse romper esa armonía desde el poder?. Proyectar su imagen les coloca en una situación de mayor riesgo, pero también permite que los ciudadanos que no asumen esas diferencias, empiecen a poder manifestar su contrariedad. Si el ayudante del sheriff asume cabizbajo su obligación a las órdenes de un ser inhumano, unos años después cualquiera puede cuestionarse no cumplir una orden absolutamente contraria a la dignidad de las personas.




Richard trabaja construyendo, mientras el sistema se empeña en destruir aquello que él crea desde lo inmaterial, desde el sentimiento. Cada vez que vemos a Richard con su llana, su cemento, su nivel, le vemos construyendo la esquina de un muro, la parte más importante, la que solidifica aquello que vendrá después. Las bases de su muro familiar son inquebrantables, construidas desde la fortaleza absoluta de los materiales con los que trabaja y comparte con su esposa. Cuando Richard piensa en la vida que se le prohíbe, su imaginación pasa el tiempo volando alrededor del mundo; cómo sería esa situación en la que poder mostrarse libremente junto con su esposa en cualquier lugar, como hacía antes de casarse en la zona de Central Park, un barrio donde todas las razas han crecido juntas, se han mezclado; un guetto racial y económico en el que nadie ha osado contraer matrimonio pero donde nadie antes ha decidido sobre la vida íntima de las personas. Antes de casarse, Richard conduce un coche pintado en blanco y negro, sinónimo de una unión posible entre dos seres humanos de diferente color, cuando es obligado a abandonar su estado, el siguiente coche será exclusivamente negro, ya no hay justificación para sentirse blanco (Edgerton es maquillado para esta película como si fuera un albino pelirrojo), aunque como le dirán sus viejos amigos negros, “te crees negro, pero cuando vas a trabajar, te vuelves blanco, ahora ya sabes algo de cómo nos sentimos nosotros”.


Si Richard aprovecha el porche para ocultarse, para soñar con un mundo que considera imposible, Mildred resulta más realista, pero también más luchadora. Richard trata de pasar desapercibido, Mildred recibe la luz del sol cada vez que existe un mínimo rayo de esperanza. Cómo sentir la sensación de recibir un calor que se te ha negado durante 9 años, cómo la luz empieza a rozarte lateralmente abriendo una puerta a la esperanza tras la primera llamada de los defensores de los derechos civiles, y cómo puedes recibir, de golpe, toda la sensación de libertad a plena luz del día tras saber que todo ha terminado, que ya puedes dedicarte a construir aquello que más ansías, tu hogar donde tú quieres, alrededor de los campos de maíz soñados y al lado del bosque donde has jugado toda tu vida. Una estupenda historia que huye del sensacionalismo barato y de la simpatía sentimental para adentrarse en el mundo sutil de lo íntimo, y también de lo reiterativo de la vida diaria, siempre a la espera de un rayo de sol como el que termina iluminando la nueva construcción de los Loving.