jueves, 24 de noviembre de 2016

LEONES (Jazmín López, 2012)

LEONES (Jazmín López, 2012)
De la estirpe de ese cine que tan nerviosa pone a parte de la cinefilia y de la crítica, donde se suceden situaciones en las que aparentemente no sucede nada o lo que sucede no se comprende a la primera. Un tipo de cine que tiene muy sólidas representaciones en muchas cinematografías, pero que en la sudamericana ha tomado a la juventud como soporte de la narración para enfrentarnos a un mundo en el que, las nuevas generaciones, no saben desenvolverse. A modo de madeja enmarañada, Jazmín López va deshaciendo nudos para ir recogiendo las evidencias que sus imágenes van sembrando a lo largo de un camino circular que parece no llevar a ningún sitio. Como los bañistas de esta película, más cómodos por debajo del agua que en la superficie, expulsando el aire a borbotones alguno de ellos, mientras otros son incapaces de dejar escapar una burbuja de oxígeno porque, quizás, ya no quede nada que exhalar. Los leones buscan refugio bajo los árboles o la vegetación alta para huir del calor, estos leones se adentran en un bosque que no parece tener fín pero por el que se deambula en círculos, volviendo a pasar por donde ya estuvimos. Los leones no parecen ser animales miedosos, en este grupo no hay ni miedo ni propósito, pero poco a poco, el miedo de una de sus componentes empieza a predominar sobre la aparente apatía del resto, solamente preocupados por encontrar la casa de campo, meta de la excursión, antes de que caiga la noche.


La cámara se encarga, mediante su fotografía que tamiza y difumina la luz solar para mostrarnos tonos apagados de un día de verano o de esos días cálidos fuera de temporada, de transmitirnos una irrealidad teñida de absurdo, frente a la que los jóvenes no parecen reaccionar. La cámara es un espectador silencioso que parece controlar y dirigir al grupo de jóvenes, aunque sea a distancia; si estos andan despacio, la cámara les sigue filmando sus espaldas, sus nucas, sus pies, pero si echan  a correr, no hay prisa, como el rebaño que, de repente, aprieta el paso y se separa del pastor, poco después es recuperado y redirigido a la senda. Porque en esas carreras de aparente sinsentido, la huida no tiene lógica, ni la pretendida excursión de Isa, Niki, Sofía, Arturo y Félix aparenta haber sido programada. Es una deambulación como la de Pulgarcito después de haber acabado todas las migas que le podían indicar el camino de vuelta, pero esas migas se han lanzado en círculos que conducen al mismo sitio sin que se nos permita descubrir por dónde entramos a ese lugar. El lago y la cabaña son paréntesis en el descubrimiento que cada uno tiene que hacer para aceptar la realidad del sueño que están viviendo. Un lago en el que gastar los últimos resquicios de oxígeno, y una cabaña en la que no vamos a poder entrar nunca más aunque intentemos abrir las contraventanas desde el exterior. 

Jazmín López juega con sus personajes hasta hacernos sentir el dolor de la crueldad de la propuesta, una propuesta para la que nos va preparando durante el camino, juegos de palabras que acercan el lenguaje de estos jóvenes a la máxima filosófica dadaísta, personajes verborreicos y expansivos que caen en la monotonía y el descanso sin solución de continuidad. El destino, o el guión, proporciona a los actores, al mismo tiempo que al espectador, pistas suficientes para ir desentrañando la incógnita, un tractor en medio de los árboles, un casete con conversaciones grabadas durante el viaje hasta ese bosque, un coche en la parte final; un conjunto de evidencias de las que los jóvenes quieren huir y evitar darse cuenta de lo que ha pasado. Una realidad ante la que sólo cabe romper a llorar como hace Isa, la que primero toma consciencia y se aparta del camino, para buscar la salida definitiva. Isa hace de guía involuntaria, y el grupo se orienta. El bosque, esa maraña de vegetación en la que ocultarse, deja paso al espacio árido y arenoso que nos transporta a una playa y, definitivamente, al agua. El elemento del que procedemos y al que se vuelve al terminar el camino. Es el momento de correr, es el momento de olvidarte de las ropas, las mochilas, los deseos, las cartas de amor, la música.......es el momento, también, de dejar de llorar porque has llegado al final de tu camino.

Es «Leones» una película que no permite hablar de su trama ni de su historia, es una película de descubrimiento progresivo en la que la más mínima revelación o sugerencia sobre lo que está pasando puede romper su misterio y arruinar las expectativas del espectador que quiera aventurarse por sus círculos. Una película donde la imagen es relevante, pero también el sonido, las canciones de Daniel Johston o Sonic Youth revelan la identidad juvenil del grupo, pero la trascendencia del concierto para clave nº 5 de Bach contrapone el clasicismo necesario a una generación acostumbrada a vivir deprisa. Una banda sonora musical que, durante mucho tiempo en la película, enmudece, a veces sorpresivamente, para dar paso al sonido del bosque, reparador y relajante como el de los pájaros, y en otros momentos siniestro y amenazante como el del viento entre los árboles, provocando movimientos sincopados en sus ramas que parecen movidas por entes invisibles. El camino llega un momento que se nos queda vacío, aumenta la sensación de penumbra, de angustia, llega la tormenta anunciada desde el primer minuto de la película, pero nadie cambia su comportamiento ni cambia su rumbo. Al final los personajes no buscan, sino que son encontrados por su destino, sólo necesitan despertar de la ensoñación y dejarse llevar. 


Guión y dirección: Jazmín López. Argentina-Francia-Holanda. Año: 2012. Duración: 83 minutos.  Reparto Julia Volpato, Macarena del Corro, Pablo Siga, Diego Vegezzi y Tomás Mackinlay. Fotografía: Matías Mesa. Edición: Benjamín Domenech y Jazmín López. Sonido: Julia Huberman. Producción: Benjamín Domenech, Santiago Gallelli, Felicitas Raffo, Andrés Longares, Jean des Forêts, Marleen Slot, Leontine Petit. Productoras: Rei Cine, CEPA Audiovisual, Petit Film, Viking Films y Lemming Film

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