martes, 29 de noviembre de 2016

LE CONFESSIONI (Roberto Andó, 2015)

LE CONFESSIONI (Roberto Andó, 2015)
Vacío llego y vacío me voy, vacío de pertenencias, que no de sabiduría. Roberto Salus, un monje cisterciense, avanza parsimoniosamente por los pasillos de un aeropuerto clónico a tantos otros. Su presencia es extraña, atípica, impropia de un escenario en el que las prisas y el nerviosismo se apodera de los usuarios, más atípica cuanto que la primera imagen del monje surge justo después de ver pasar a un grupo de mujeres musulmanas ataviadas con pañuelos y velos. La religión que impone vestimentas identificativas, como cualquier grupo excluyente o exclusivo, ya sean los hábitos, o los trajes de Armani en las altas esferas financieras, se crea, así, una forma de identificar e identificarse. Roberto Salus ha acudido a la llamada del director del FMI para que se una a una reunión de los ministros de economía del G8 en un hotel de lujo a orillas del Mar del Norte en Alemania. Su mirada que todo lo escruta, pausada y serena, espera con atención y expectación el momento en que se revele el por qué de la invitación. Si alguien representa la antítesis del mundo que se ha reunido en ese espacio reservado, es el propio monje, como la escritora de cuentos infantiles y como el músico extrovertido que funcionan como los invitados de paja de una reunión en la que el mundo puede dejar de conocerse como hasta ahora, para dar lugar a la siguiente fase de «austeridad» provocando una verdadera masacre humanitaria desconocida.

La película se construye sobre un enorme «macguffin» del que incluso el director se burla al referirse, en boca de uno de los personajes, a la película de Hitchcock, «Yo confieso». Andó juega a hacernos sentir apego y tensión por el personaje del monje, presunto testigo involuntario de algo que no debería conocer nadie más que el selecto grupo de hijos de puta dispuestos a retorcernos aún más, a explorar al límite los resortes con los que exprimirnos, eliminar definitivamente el estado de bienestar y proceder a una selección natural de índole económica. La fórmula se ha guardado en secreto y va a revelarse la siguiente semana, cuando se venda la imposibilidad de mantener el nivel de las economías mundiales y proceda un aluvión de recortes en gastos que las élites siempre consideran superfluos, la discrección es necesaria para evitar el pánico financiero, el humano resulta indiferente. Salus es invitado por Daniel Roché, en su primera noche previa al inicio de las reuniones, Roché (Daniel Auteil) y Salus (Toni Servillo), para mantener una conversación pedida por el primero, una conversación sobre lo divino y lo humano, en la que Auteil revela algún acontecimiento personal que le ha hecho reconsiderar algunos aspectos de su vida y quiere confesarse con el monje, al que respeta por sus obras literarias, y secretamente, por su antigua condición de matemático. Ha de ser una confesión con perdón incluido, pero una confesión real, con sensación de culpa y de verdadero arrepentimiento, en la que entra la obligación de revelar al monje lo que se ha previsto para el futuro de la humanidad.



Al aparecer Roché suicidado de manera teatral a la mañana siguiente, y ser el monje la última persona con vida que estuvo con él, el grupo de poderosos teme que su plan se desvele antes de tiempo y sea imposible aplicarlo sospechando que Roché ha contado todo a Salus. Es éste el macguffin que sostiene todo el entramado narrativo, muy esquemático, muy simple y muy previsible, cierto. No alcanza «La confesión» la misma altura lúdica que «Viva la libertá», intenta ser el reverso serio de aquella vitriólica comedia donde un doble de un político atenazado por el miedo revierte las encuestas limitándose a decir la verdad. Si en la farsa de «Viva la libertá» Ándo cargaba contra la burocratización política y embestía contra una izquierda miope que ha vendido sus valores a las fluctuaciones liberales de los mercados, en «Le confessioni» pretende hacer lo mismo desde la ironía de un monje que desnuda, si es que fuera necesario, las necedades, egoísmos, vanidades e inmoralidades del mundo de la economía, ministros económicos dispuestos a vender mentiras para beneficiar a los que, de verdad, mandan e imponen condiciones. ¿Quién es ésta? dirá Salus cuando accede a sentarse en la mesa redonda de los políticos, y ante su digna respuesta, en una enorme pantalla que preside la reunión y hasta entonces ha estado apagada, aparece el rostro enfurecido de una mujer que, sin legitimación democrática alguna, manda sobre los políticos reunidos. Nuestra vida regida por poderes no elegidos mientras se nos intenta convencer de las bondades de la democracia que nos mantiene en el paripé permanente de hacernos creer importantes para la gobernanza de nuestros países. Andó, al menos durante la presentación de la trama, y posteriormente en varios de los pasajes, parece seguir el cánon estético de Sorrentino, como si sobrando alguna semana de alquiler hubiera continuado el rodaje en el set de «Giovinezza», espacios de lujo y asépticos, camareros de smoking, clientes adinerados llenos de dinero y también ricos en podedumbres, piscinas exclusivas, espacios reservados, un mundo muy diferente al del común de los mortales y extrañamente impropio para Salus.


No son los diálogos lo fuerte de la película, ni su reparto excepcional en el que, ante tamaña reunión de rostros conocidos, sólo ha habido tiempo para dibujar perfectamente a un personaje, o a dos, si incluimos a la escritora interpretada por Connie Nielsen, una especie de correo entre lo espiritual y lo material, que abre los ojos ante la figura del religioso y decide tomar partido. Hay un personaje que preside toda la película y que justifica su visión, aunque más que un personaje hay un soberano actor, un tipo frente al que hay que inclinar la cabeza en cuanto uno lo ve en pantalla. Sólo admirar el trabajo de Toni Servillo hace que la película  cobre sentido. Incluso si el guión hubiera sido manifiestamente malo con el personaje de Salus, Servillo lo dotaría de tal profundidad que, aunque sólo fuera por eso, todo quedaría justificado. Servillo ES el monje, como puede ser Andreotti, o un contable, o un político deprimido y otro exytrovertido al mismo tiempo, Servillo se transforma completamente hasta asumir todo lo que define la personalidad de sus personajes haciéndonos olvidar que no se trata más que eso, de un personaje, todo lo que vemos nos representa a un hombre lleno de tribulaciones y algunas verdades, una persona obligada a vivir en silencio por decisión propia que, durante unos días, se ve obligado a hablar más de lo que le gusta, pero que siempre tiene el momento justo para disfrutar con el canto de los pájaros, incluso de aquellos que solo se manifiestan una vez al año, como los monjes de su monasterio. Salus es seguridad en latín, representa el compromiso inquebrantable con unas normas morales unidas a la religión pero no necesariamente patrimonio de ésta, la seguridad que ofrece Salus es la de que nunca se podrá esperar de él que rompa sus reglas inquebrantables, y ello en la seguridad de que nunca va a tener nada que perder. Es «Le confessioni» el ejemplo claro de cómo una parte puede imponerse al todo porque el todo es manifiestamente inferior, y que no por ello, la presencia de esa parte desequilibra el resultado, porque la manera en que Servillo se apodera de la pantalla, fagocita a sus interlocutores, modela todo aquello que se relaciona con él y asume con naturalidad revelaciones impactantes, para derrumbarse en la intimidad, constituye todo un catálogo de actuación portentosa; Servilio es Salus porque es la seguridad del buen trabajo para cualquier película, un auténtico salvoconducto.


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