lunes, 21 de noviembre de 2016

LA PELÍCULA DE NUESTRA VIDA (Enrique Baró Ubach, 2016)

LA PELÍCULA DE NUESTRA VIDA (Enrique Baró Ubach, 2016)
Los lugares en los que crecimos, en los que jugamos. Los lugares donde se estableció la fortaleza de un núcleo familiar, o donde éste comenzó a resquebrajarse. Espacios que ya no nos pertenecen en lo material pero que continúan incólumes en nuestra memoria, incluso en nuestra memoria filmada a base de súper 8 donde todos nos creíamos actores y donde la espontaneidad brillaba por su ausencia. Juegos ante la cámara, risas nerviosas e incómodas, maniquíes improvisados que no saben qué hacer con las manos. «Mi casita» en súper 8, la casa del pasado, de los veranos interminables, donde se acumulan objetos desparejados, restos de serie de otros domicilios que, al ser repuestos, condenan a los sobrantes a permanecer a la espera de ser usados a temporadas, como esos vasos de todo tipo y condición que al inicio de la película el personaje interpretado por Nao Albet friega. Una casa que no es de Teodoro, ni de Francesc, ni de Nao, una casa en la que se juega a recrear un pasado feliz, a revivir lo ya vivido y en la que no se oculta la presencia de la muerte, acechante a la vuelta de la esquina, una muerte que se acerca a lo físico, pero también a lo material. ¿Qué pasara con esas casas cuando sus creadores ya no estén? ¿Para qué servirán herencias que troceen, ajuares repartidos, viejos recuerdos que nadie comparte?.
En «La película de nuestra vida» está la película de todos nosotros, del crecimiento de cada uno, de los juegos compartidos, las aventuras imaginadas, el calor de un verano en libertad. «La película de nuestra vida» es también un homenaje al cine, es una película donde se ruedan escenas, donde se repiten otras mal interpretadas, donde hay una corriente subterránea que remite mucho de lo que se dice y se habla al cine del pasado, a un cine perteneciente a diferentes generaciones como son las de los tres protagonistas casi exclusivos, tres hombres que podrían ser el mismo en diferente momento, o un padre y sus dos hijos. Cine y metacine, cine para hablar del cine, y rodar una escena cuando estamos viendo una película, ver a los actores interpretando una segunda película, pero ver al director y su equipo técnico rodar esa muerte inacabada que juega como un sketch macabro a lo largo de toda la historia. Hablar de películas pero quemar revistas de cine, el cine y el gusto por el cine se crea en las edades tempranas, pero en ese tiempo, lo que se ve, ni soporta el paso del tiempo ni permite revisitarlo si no es con cierta dosis de nostalgia y autocompasión. Éramos de una manera y los cines también, los héroes de entonces ahora se han convertido en fantasmas irreconocibles. En esta ósmosis continua que la ficción y la realidad comparten, la película juega a recrear la realidad del pasado con ficciones del presente, viejas imágenes de tomavistas que se superponen con las del presente, mismos encuadres y localizaciones para rodar lo que fué entonces y ya no es hoy, se mantiene la casa pero no las mismas personas. Nostalgia, melancolía, agradecimiento, felicidad, esa punzada sentimental que nos asalta en los recuerdos de nuestra memoria, pero siempre con un poso de alegría contenida, un juego festivo y estival en el que permanece constante la presencia de la muerte.

Juego, cine, imaginación. La muerte como colofón de lo que nos espera a todos, los que van por delante y los que vienen por detrás. Permanece el espacio, pero los moradores cambian, sobre unos recae el peso de recrear una muerte para la ficción, de otros vemos sus espectros filmados en el verano de 1953, cuando, como dice el director al final, esta película empezó a crearse, para otros es la simple recreación imaginada por los niños de cómo mueren las personas en las películas, cómo caen, cómo se returcen, demostrando lo mal que puede morirse alguien que no sabe y lo bien que lo hace un extra. La muerte como máxima, que nos recuerda lo fugaz del momento feliz. Película que homenajea al cine desde su propio espíritu festivo, con ecos del Renoir de «Un día en el campo», del Malle de «Milou en mayo», del Assayas de «Las horas del verano», estructurada en capítulos con títulos tan cinematográficos como «Los últimos días de Pompeya», «Las horas del verano», «El nadador», concluídos con una reunión musical, alegre y familiar, donde el repaso generacional concluye con la fiesta que pone fin a ese verano, cuando llega el momento de recoger y volver al hogar de los largos inviernos, una fiesta en la que el propio actor Nao Albet versiona a Joe Crepúsculo cantando «la canción del verano, la canción de nuestra vida, como un rayo que atraviesa las heridas», porque no hay herida dolorosa en este episodio gozoso de nuestro cine, donde los planos están milimetrados en la composición, donde la cámara desciende para colocarse al nivel de los que sestean o se mantiene durante minutos tras la nuca de los tres protagonistas mientras nos invade el sopor veraniego que invita a la siesta tras una comida placentera. Es una película donde sentimos el sabor de la sandía, recordamos esas patatas fritas revenidas cogidas con ansia recién salidos de la piscina; juegos y más juegos mientras el tiempo parecía suspendido y se nos abría un futuro de eterno disfrute.
Una historia más sentimental que narrativa, que empieza y termina en un día donde se revuelven los rincones en busca de todo aquello que nos fue haciendo adultos, desde los futbolistas de los 80, las canastas de Epi, los juegos de mesa, el fútbol descompensado entre hermanos de diferentes edades, las excursiones en bicicleta, las incansables jornadas en la piscina, recreaciones de lo que ya consta en la memoria filmada, con el contrapunto de  tres mujeres jóvenes, bañistas de otra época, que componen cuadros imaginarios de nuestras aficiones juveniles, mezclando el cine con la pintura, con la escultura y el baile, y dotando al relato, en esos momentos, de un componente etéreo que nos separa de la vida real para introducirnos en la imaginada. Al final del verano hay que recoger, desmontar el escenario, hacer las maletas y marcharse. Es el director el único que se encarga de ir apagando las luces, guardar sillas, cerrar persianas; es su recuerdo, su familia, su casa, sus veranos; pero es la película de todos nosotros, la película en la que todos nos identificamos en uno o varios momentos. No en vano es la película de nuestra vida, no sólo la de Enrique Baró.


España. 2016. 81 minutos. Dirección: Enrique Baró Ubach. Guión: Enrique Baró Ubach. Fotografía: Carlos Vásquez Méndez. Montaje: Enrique Baró Ubach, Josetxo Cerdán Los Arcos. Sonido: Amanda Villavieja, Carlos Faruolo. Intérpretes: Teodoro Baró Rey, Francesc Garrido Ballester, Nao Albet Roig. Producción: Enrique Baró Ubach, Beatriz Santiago García, Rafa Rojas-Diez. Presentación Festival de Sevilla 2016.