sábado, 19 de noviembre de 2016

INTO THE INFERNO (Werner Herzog, 2016)

INTO THE INFERNO (Werner Herzog, 2016)
La belleza de la destrucción, la atracción irresistible hacia el punto rojo que asoma al final del vacío, ese ojo de magma hirviente que dibuja formas de una plasticidad única y un colorido atrayente, que de repente estalla y vuelve a formarse con una morfología diferente. Las puertas del infierno se abren para dejarnos paso a la conexión entre ciencia y mito, entre lo empírico y lo espiritual, el viaje de Werner Herzog y Clive Oppenheimer a lo largo de cuatro continentes en busca de alguna respuesta a la atracción mágica que ofrecen los volcanes, a las conexiones teocráticas de los mismos con mundos inexplorados donde las dimensiones son intransitables. Seres del volcán y humanos, ritos ancestrales para calmar la fuerza devastadora que emerge del seno de la propia tierra; una fuerza solamente predecible mediante el uso y avance de la ciencia, enfrentada a la irracionalidad propia de todo culto religioso, más aún si son inventados y sobreviven a partir de la base indemostrable de la propia fe inquebrantable. Hace tiempo que Herzog me interesa mucho más como «documentalista» que como «ficcionador», de hecho su última ficción, teñida de un intento de documentalizar a un personaje histórico, es puro fiasco. También es verdad que cuanto más se ha centrado Herzog en el documental, más ha desaparecido de nuestras pantallas, obsesionadas por el producto fácil que invita a evadirse y no plantearse pregunta alguna. Resulta indiferente qué objetivo persiga Herzog con sus viajes porque, finalmente, sus películas encierran un profundo sentido filosófico, ya sea en la taiga, en las profundidades del mar, entre osos, en medio de la Antártida, nunca se pierde de vista que el protagonista último, aunque sea ínfimo e insignificante respecto a las fuerzas de la naturaleza, es el hombre. El hombre enfrentado a su destino, a su fugaz paso frente a eras incalculables donde la naturaleza se inventa y reinventa. Una especie en pleno camino de autodestrucción sin necesidad de que se produzca una catástrofe de magnitudes como la del lago Toba, en Indonesia, hace ya 74000 años, y que colocó a la humanidad incipiente en vías de extinción.

Siendo una historia de volcanes, de erupciones, de irresponsabilidades, de viajes alrededor del planeta, el momento culminante de la historia, se produce, precisamente, cuando Herzog abandona ese recorrido pegado a las cimas de los volcanes, a sus efectos, a sus consecuencias, y se adentra en Etiopía, en la región de Afar, en las proximidades del volcán Erta Ale. Herzog viaja de Indonesia, del lugar en el que la vida, como la conocemos en la tierra, estuvo a punto de desaparecer, hasta el lugar en el que comenzó a regenerarse, del trópico a la región más calurosa del planeta, puro desierto, pero cuna de los restos de homínidos más antiguos encontrados hasta la fecha. De la mano de un atrabiliario científico norteamericano, jefe de una expedición antropológica, asistimos a la emoción de ir desenterrando, fragmento a fragmento, los restos fosilizados de un predecesor de la especie humana, de cuando no había colores diferentes de piel, ni lenguas diferentes, ni países, ni fronteras. El origen de todos nosotros, investigar y descubrir qué nos hizo humanos, jugar a los dados en una región donde, además, de la pericia, hay que tener suerte para encontrar ese esqueleto, como en Las Vegas, dirá el antropólogo, que culmina su explicación con un elocuente ¡Viva las Vegas!. Es un episodio central que opera como un momento de absoluta emoción en el paisaje más contrapuesto al mundo de los volcanes que vamos a ver durante toda la película. Es el momento en que el hombre acapara el centro de la pantalla, la busca, el cepillado, la recogida de muestras, la alegría por encontrar trozos de la bóveda craneal. Herzog rompe el relato lógico que llevaba hasta ese momento y, sin embargo, alcanza las mayores cotas de profundidad con un episodio anejo a lo fundamental, pero que nos sitúa en medio de la observación, si éramos insignificantes respecto a la fuerza del volcán, aún lo somos más si nos comparamos con el paso del tiempo.

Dialoga Herzog consigo mismo, y justifica que esta película nace de otra anterior suya, en concreto «Encuentros en el fín del mundo», aquella galería de personajes únicos que poblaban las estaciones científicas en la Antártida. En aquel viaje Herzog subía a la cumbre de un volcán, el Erebus, uno de los tres volcanes del mundo donde es posible ver en el fondo del cráter la lava roja en continuo movimiento. Allí Herzog conoce a Oppenheimer, y allí se deja rodar por el propio vulcanólogo, preocupados como estaba toda la expedición de que Herzog quisiera descender al fondo del cráter. Ese peculiar sentido del humor centroeuropeo lleva a Herzog a afirmar que es el único cineasta cuerdo que conoce, que su curiosidad le invita a descender, pero el riesgo de morir es tan elevado que la curiosidad no puede vencer a la supervivencia. A partir de ahí, la película es un recorrido que empieza y termina en Vanuatu, pasando por Indonesia, Etiopía, Islandia y Corea del Norte; de volcanes destructores como el Sinabug o el Yasur, a volcanes míticos como el Paektu o el Erta Ale, de lugares místicos como ese Sinabug en el que año tras año se celebra una ceremonia para representar la unión sexual del sultán (la tierra) con la diosa del mar, para calmar al dios del volcán, a lugares heroicos transformados por la ideología de un régimen como el norcoreano, que ha transformado el monte Paektu de un lugar mítico en el que surgió la nación coreana, a otro en el que surgió la república popular de Corea del Norte gracias al buen hacer de Kim Il Sung, transformando el sentido del lugar en la peregrinación al santuario del líder. Ritos ancestrales, religiones preservadas de padres a hijos donde unos elegidos afirman recibir mensajes directos de los dioses del volcán, que no pueden ser revelados para que éste no se enfade y arrase con todo, religiones inventadas en Indonesia o en Vanuatu para venerar a deidades desconocidas, con el miedo a morir como modo de captación, y la promesa de salvación solamente de aquellos que profesen la religión verdadera. Mitos nórdicos cuyas gestas reproducen en palabras signos evidentes de haber presenciado antes del siglo X, erupciones volcánicas en las islas de Islandia.

La visión fascinante, aterradora, del fondo del volcán, se complementa con las imágenes grabadas por aquellos que prefieren arriesgar mucho más su vida por situarse al lado de corrientes de lava ingentes, aquí la imagen alcanza cotas de plasticidad inigualables, tanto o más, como el riesgo suicida de quien se expone a capturarlas. El volcán que se transforma en una puerta de conexión entre mundos diferentes, puede ser pervertido por la imagen casual de un paracaidista americano descendiendo sobre el volcán y transformándose en una deidad (John From pasa a ser la demostración de cómo ir de Vanuatu a Estados Unidos sin necesidad de tomar un avión), pero más allá de la espiritualidad que atrae a tantos habitantes que viven en los alrededores de estos monstruos de la naturaleza, existe el respeto ancestral de saber que, en cualquier momento, por muchos que sean los avances científicos, un episodio pirolítico a 425 grados de temperatura y a 160 kilómetros de velocidad por hora, puede acabar con todo lo que quede a su alcance, es un fuego que pugna por salir sin importarle lo que exista encima de él, un fuego que hará que todo se derrita como el agua, que destruirá el mundo para crear otro nuevo. Ambiciosa y bella película documental, aquí y ahora somos seres insignificantes en los milenios pasados y respecto a los futuros, aunque alguno de los científicos de la película no augure más de mil años de supervivencia para la especie humana. Por si el futuro se adelanta, sumerjámonos en este infierno visual tan poderoso y tan atractivo, dormido o despierto, el ruido del volcán es el ruido de una digestión que, en cualquier momento puede desencadenar un espectáculo pirotécnico tan bello como devastador. Herzog nos lo transmite perfectamente.

Reino Unido/Austria. 2016. 103 minutos. Director: Werner Herzog. Productor ejecutivo: Richard Melman, Lisa Nishimura, Jason Spingarn-Koff, Adam Del Deo, Vanessa Dylyn. Productor: Andre Singer, Lucki Stipetic. Cinematógrafo: Peter Zeitlinger. Aparece: Clive Oppenheimer