viernes, 11 de noviembre de 2016

DER NACHTMARH (La pesadilla, The nightmare, AKIZ, Achim Bornhak, 2016)




DER NACHTMARH (Achim Bornhak, 2016)

“Anyway, this film has to be played loud…” (“En todo caso, esta película tiene que verse con el volumen alto…”)

Los referentes a los que puede acercarse esta película no me convencen. La propia película no me llega a conectar completamente, pero tiene algo que me mantiene en la duda. Como a la Tina protagonista, viéndola no sé si me encuentro en medio de los efectos alucinógenos de una fiesta pasada de alcohol y drogas de diseño (Harmony Korine y sus petardas Springs breakers), ante un sueño de la razón que produce monstruos (The neon demon), ante el nacimiento de un súcubo o de un íncubo inmaduro (Jess Franco), de un amago de giallo sangriento que no termina de arrancar (Bava, Argento, Fulci), de un Lynch prematuro sin terminar de hornear, o, directamente, ante una farsa revestida de pretendida profundidad que no admitiría mayor comentario. Si Tina alucina, vaga en coma a la espera de su despertar o muerte, o realmente el monstruo existe, no me parece lo relevante. Como no puedo definirme, e imagino que ningún espectador puede adoptar una teoría tajante y concluyente sobre lo que se nos cuenta, he de reconocer que la película contiene algo que me llama la atención, indescifrable e indefinible. Y no es el uso de luces sobre las que el director alerta al principio de la película que pueden causar epilepsia (no me parecen luces muy diferentes a las que vemos en programas de televisión sobre fiestas juveniles con su música contemporánea) lo que me hipnotice, sino todo lo contrario, más bien me repele, como esa vivencia absurda de los primeros 15 minutos, fiestas veraniegas en casas paternas de gente muy, pero que muy rica, con jóvenes en bañador y bikini, bebiendo y drogándose hasta reventar, se supone como paso previo o simultáneo, al sexo discriminado. Una noche de fiesta que concluye con ¿la aparición de un fantasma, un atropello, un desmayo, una sobredosis?.



A partir de esa escena inicial (Springs breakers y Victoria son los referentes visuales más cercanos que recuerdo) cualquier espectador tendrá que formularse si no estamos ante la representación de la muerte, o ante los efectos alucinógenos y enfermizos de una sobredosis monumental, o ante la consecuencia del destrozo cerebral causado por un atropello. Bornhak (alias Akiz) dobla y retuerce la relación espacio-tiempo, una escena puede no tener conexión lógica con la siguiente salvo si nos apoyamos en la inevitable constatación de que el cerebro de Tina sufre algún tipo de perturbación, o ella ve y siente lo que nadie más es capaz de comprender; imaginando situaciones donde ninguna de las personas que aparecen en pantalla está presente; o el experimento visual se desmorona y carece de narrativa comprensible, pasando a convertirse en una boutade de género que, ni atraerá a los amantes del cine de terror y no pasará de una ligera perturbación visual para el amante del cine psicológico. No obstante, las cosas más visibles de la película son explicadas, aún mediante un juego con sus escenas, desde dentro de su guión (resulta un poco absurdo que estos jóvenes hablen de Einstein cuando no demuestran ningún interés cultural ni intelectual en sus reuniones ni en clase, pero esa escena a la que me refiero trata de justificar al director mediante sus personajes para sostener esos saltos indeterminados de la narración).



Hay algún detalle en el inicio de la película, a partir de un juego con un teléfono móvil (el ingrediente ineludible en el cine juvenil actual, un retrato de una sociedad robotizada y lobotomizada a partir de pantallas nada interactivas) que me permite extraer una teoría acerca de lo que vamos viendo durante hora y media bastante desasosegante, hasta ese viaje final de la joven y el monstruo, hermético y concluyente. Pero cualquier teoría que uno pueda conseguir también puede ser rebatida con  otras imágenes, es así, los chicos ven en el móvil el accidente antes de que ocurra, una vez Tina es atropellada, se despierta como si se hubiera desmayado; antes del accidente ya ve por primera vez al monstruo, huye, se desmaya, preocupa a los amigos, la llevan al coche…..pero ese momento ya ha pasado, fue anterior y con otro desarrollo, no hubo desmayo y echó en falta un colgante que estaba en medio de la carretera, momento en que es atropellada para volver a despertar en medio del coche, medio atontada, un atropello en una posición acuclillada similar a cuando Tina ve al monstruo, o lo intuye, por primera vez. Seguro que la complejidad de la película, huyendo de una linealidad en el relato, es la clave del cierto interés que pueda despertar, una dificultad artificial para revelar las claves de un cerebro enfermo, no sabemos si sólo por las drogas o por padecer algún tipo de trastorno previo. Son esos saltos (hasta risible ese momento de la captura del monstruo que recuerda a ET y su amigo Elliot), como si el cerebro de Tina estuviera lleno de agujeros extradimensionales, que conectan pasado con presente y con futuro; personas de ahora con las de mañana; noche y día; las que permiten soportar la visión de una película deliberadamente feísta, con una fotografía nocturna que recuerda a Refn y su discípulo Gosling en Lost River, con adultos incapacitados para relacionarse con las generaciones jóvenes, con un Berlín inhóspito, solitario, una ciudad desagradable donde las clases altas se mimetizan en urbanizaciones exclusivas con hijos que se autoexcluyen, una juventud perdida y sin deseos, casi hasta sin placeres, anhedónica.




DER NACHTMARH (La pesadilla, Nigthmare). ALEMANIA. 2015. Dirección: AKIZ. Producción: Amir Hamz, Christian Springer, AKIZ, Simon Rühlemann. Guión: AKIZ. Fotografía: Clemens Baumeister. Intérpretes: Carolyn Genzkow, Wilson Gonzalez Ochsenknecht. Duración: 88 minutos. Presentación: Locarno 2016

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