miércoles, 16 de noviembre de 2016

COMANCHERÍA (Hell or high water, David Mackenzie, 2016)




COMANCHERÍA (Hell or high water, David Mackenzie, 2016)

“TRES VECES EN IRAK, PERO NO HAY DINERO PARA NOSOTROS”
No ha sido, hasta ahora, el cine de Mackenzie, un tipo de películas que me ha haya revuelto en la butaca, “Convicto” me pareció convencional y previsible, y en “Perfect sense” había poder en sus imágenes, balbuceos de gran cine que no me llegaron a convencer, pero si esos precedentes han servido para pulir el estilo, para comprender qué sobra y qué falta en una película y hemos llegado a la casi perfección de esta “Comanchería” (traducción al español un tanto infame), podemos darnos por satisfechos. Ahora sólo queda que el camino recorrido no se revierta y que continúe por esta senda poderosa, la de hacer cine de género para profundizar en las grietas más carcomidas y putrefactas de la sociedad más rica del planeta, donde la riqueza está tan bien repartida como en el resto y donde los de siempre pagan las consecuencias de los excesos de muy pocos. La frase que encabeza el artículo aparece en las primeras imágenes de la película, cuando los hermanos Toby (Chris Pine) y Tanner Howard (Ben Foster) circulan en uno de los desvencijados vehículos que van a utilizar durante la ejecución de un plan endemoniado y justiciero. Es un rótulo colgado de una casa, como tantos otros que indican “se vende”, “ se salda”, “cerrado”. Ambientada en Texas y rodada en Nuevo México, la frontera, el desierto, no es un mero espacio físico, el desierto se ha instalado en las poblaciones residentes de pequeñas poblaciones mortecinas, donde no hay comercio, no hay industria, la ganadería ha dejado de ser medio de vida y se ha transformado en un sufrimiento sin sentido, la oficina del banco local se parece a esos bancos de los viejos westerns, locales pequeños, con un solo empleado, sin movimiento y casi, sin dinero. Este es el caldo de cultivo en el que se genera el odio, el miedo al diferente, la rabia al ver cómo todo el trabajo de una vida va cayendo, pieza tras pieza, en poder de bancos sin escrúpulos, seguros de que sus beneficios se reparten entre los accionistas y consejo de administración mientras las quiebras las soporta el sistema, que es una forma muy fina de decir que somos todos los que pagamos la juerga de unos pocos. En ese viaje a lo largo del condado, Toby y Tanner no advierten nada extraño, están acostumbrados a esa decrepitud creciente, a esa decadencia mortecina. Nuestros ojos, gracias al acierto de Mackenzie, sí se dan cuenta del gran hervidero de pobreza que ya no se esconde, de las deudas inasumibles, de la desesperanza generalizada. Nadie que vea esta película podrá sorprenderse ya del último resultado electoral en el país. Una semana de bombardeo mediático sin dar una sola respuesta convincente, y basta una sola película para retratar un país y una auténtica crisis que ha dejado de lado a los ciudadanos.


Toby es la cabeza pensante, Tanner el brazo ejecutor, asfixiados por una hipoteca que no hace más que crecer y que el banco va a ejecutar, entre otras cosas porque en la granja de Toby se ha descubierto el suficiente petróleo como para salir de la pobreza, ambos hermanos ejecutan un plan para recuperar su terreno libre de cargas y libres de sospecha. Un plan perfecto en el que el propio banco va a pagar la hipoteca pendiente y posteriormente va a administrar el fideicomiso que Toby va a instituir a favor de sus hijos para que estos rompan la cadena que les obliga a seguir siendo pobres como sus abuelos, como su padre. Porque la pobreza es un virus hereditario que infecta siempre a los mismos, carne de cañón para trabajar barato, para no quejarse temiendo un despido, para alistarse en cualquiera de las guerras que periódicamente libra el país. No hay mecanismo educativo ni social institucionalizado dispuesto, ni preparado, para que el pobre deje de serlo por su propio esfuerzo, alguno lo conseguirá entre la multitud, pero sólo el dinero y su administración correcta, te permitirá salir adelante.  Bandoleros modernizados que roban a los ricos para salvar a los pobres, un Robin Hood que piensa en la familia. Un acto de justicia poética, un acto justo pero ilegal, un acto que puede suponer la cadena perpetua o morir en un tiroteo, pero que es la única salida para evitar la ruina, no de dos personajes que ya han renunciado a salir de esa vida, sino para las generaciones futuras de su propia familia. Los dos hermanos asumen la aventura como una renuncia personal en busca de un bien ajeno, poco hay que perder cuando la libertad fuera de presidio no se puede ejercer si eres pobre, poco hay que perder si el plan sale mal y la hipoteca no puede cancelarse porque ese es el punto de partida que se percibe como inevitable si no se hace nada ilegal.


Frente a los Howard, en un crescendo tenso que desemboca en el territorio de la soledad del hombre a hombre, acercándose, poco a poco, en acciones paralelas en las que mientras los hermanos asaltan bancos, la policía va estrechando el cerco de posibilidades para anticiparse al siguiente golpe, gracias a la intuición y conocimiento de un viejo ranger, otra pareja, la formada por los policías Markus (Jeff Bridges) y Alberto (Gil Birminghan) apuran los últimos días de trabajo del primero antes de la jubilación con el temor de éste de morir en vida una vez que deje la placa y el uniforme, utilizando como mecanismo de defensa el discurso racista contra su compañero, tratando de provocar una respuesta similar que terminará produciéndose para demostrar que entre ambos existe una verdadera relación de compañerismo, un “vaquero” y un “indio” persiguiendo a los ladrones en el territorio del comanche, ese pueblo para el que, existiendo enemistad, ésta dura para siempre. A Markus le mueve lo legal en su búsqueda, aunque advierte que esa serie de atracos está respondiendo a un patrón muy diferente, empezando porque ya nadie asalta bancos para hacerse rico, bancos que ya no tienen  dinero sino apuntes contables donde la ficción de riqueza se sostiene sobre activos sobrevalorados, jugando al cuento de la lechera con futuros, swaps, opciones, CDF,s, bonos convertibles, fondos estructurados, apostando a hacer perder a sus clientes para ganar el banco. Por eso sospecha que hay un plan muy meditado y muy pensado detrás de esas operaciones en las que se obtienen pequeñas cantidades de dinero, un pensamiento que le acerca a la duda entre lo legal y lo justo, entre su obligación de perseguir al infractor y la sana envidia de encontrarse con alguien que está haciendo un poco de justicia ante la imposibilidad de defenderse de otro modo. En el territorio del duelo, quedarán los pistoleros frente a frente, o en el lugar que la inteligencia de cada uno consiga colocarles para obtener ventaja, Markus sabe que, pese a jubilarse, su carga de culpa personal le va a obligar a seguir impenitentemente el rastro perdido, pero eso es otra historia, es la historia del comanche que ha creado ese enemigo para toda la vida, porque lo que ha ocurrido hasta esa conclusión nos ha puesto de manifiesto cómo un país es capaz de pisar a sus ciudadanos, confiado en que estos, normalmente, aceptan sumisos el siguiente apretón, y el siguiente, y el siguiente……bien amarrados a un sistema que un día te coloca aquí, pero mañana te reserva un puesto allí, puestos silenciosos, invisibles, en los que te enriqueces mientras otros, policías, ladrones o empleados, dan la cara para que tú te enriquezcas. El problema del sistema es que no está acostumbrado a perder, y últimamente las urnas se han vuelto un poco peligrosas. Van a tener que empezar a pensar cómo manipular más los votos.

Estados Unidos, 2016. Título original: Hell or High Water. Director: David Mackenzie. Guion: Taylor Sheridan. Fotografía: Giles Nuttgens. Duración: 102 minutos. Productora: Film 44 / Sidney Kimmel Entertainment. Montaje: Jake Roberts. Diseño de vestuario: Malgosia Turzanska. Diseño de producción: Tom Duffield. Intérpretes: Jeff Bridges, Chris Pine, Ben Foster, Gil Birminghan, Katy Mixon, Dale Dickey, Kevin Rankin, Melanie Papalia, Lora Martinez-Cunningham, Amber Midthunder, Dylan Kenin, Alma Sisneros, Martin Palmer, Danny Winn, Crystal Gonzales, Terry Dale Parks, Debrianna Mansini. Presentación oficial: Festival de Cannes 2016