domingo, 27 de noviembre de 2016

BEHEMOTH (Bei xi mo shou, Zhao Liang, 2016)

BEHEMOTH (Bei xi mo shou, Zhao Liang, 2016)
«Y en ese día se separarán dos monstruos, una hembra llamada Leviatán, que morará en el abismo sobre donde manan las aguas, y un macho llamado Behemot, y ocupará con sus pechos un desierto inmenso llamado Dandain. Libro de Enoc.»
«He aquí ahora Behemot, el cual hice como a ti; hierba come como buey. He aquí ahora que su fuerza está en sus lomos, y su vigor en los músculos de su vientre. Su cola mueve como un cedro, y los nervios de sus muslos están entretejidos. Sus huesos son fuertes como bronce, y sus miembros como barras de hierro. Él es el principio de los caminos de Dios; el que lo hizo puede hacer que su espada a él se acerque. ciertamente los montes producen hierba para él; y toda bestia del campo retoza allá. Se echará debajo de las sombras en lo oculto de las cañas y de los lugares húmedos. Los árboles sombríos lo cubren con su sombra; los sauces del arroyo lo rodean. He aquí sale de madre el río, pero el no se inmuta Tranquilo está, aunque todo un Jordán se estrelle contra su boca. Debajo de los lotos se revuelca, en la espesura de cañas y de juncos. Le cubren los lotos con su sombra, le rodean los sauces del torrente. ¿Lo tomará alguno cuando está vigilante,y horadará su nariz? Libro de Job (XL,15-24)

El Behemoth bíblico se ha despertado en esta propuesta fílmica sorprendente, magnética, brutal, poderosa, incómoda. Los cantos de los monjes tibetanos que inician y terminan el relato surgen del vientre, desde lo más profundo de nosotros, para reflejarnos en el espejo que transporta ese hombre condenado a vagar, devolviéndonos una imagen que no nos gusta. Rostros, más rostros, retratos como si Joao Salgado hubiera resucitado. Rostros de hombres y mujeres durante y después de su jornada laboral. Estamos en  las llanuras de la Mongolia interior, la que pertenece a China, la que es horadada día tras día de manera inmisericorde, transformando el paisaje, reduciendo al hombre a mero material desechable, contaminando sin parar en un alocado ritmo de producción, para transformar un páramo en un cementerio de viviendas. Ese Behemoth se ha despertado pero resulta que tiene más figura humana que animal, que las montañas que eran refugio de la bestia nos han descubierto que ésta era pequeña de tamaño, pero insaciable en su avaricia y muy humana en su aspecto. Nada, ni nadie, podía imaginar que los males mitológicos se encarnaran con tanta precisión en unos pocos hombres, mientras la inmensa mayoría se desangra mientaras se modifica un paisaje sin remordimiento alguno. No es sólo lo que se cuenta, sino el cómo se cuenta este viaje, mezcla de onirismo y cruda realidad, lo que eleva a la categoría de excelente una película que, como tantas otras, demuestra que el censor es un tipo bastante imbécil y cuadriculado, que sólo entiende el peligro si expresamente se critica algo con palabras, pero que, en la sutil transformación del relato crítico en imágenes, se pierde, y no sabe cómo se está desmontando el mensaje político oficial mediante el simple reflejo visual de una realidad brutal.


Si esto es lo que hemos ganado con la concentración de los bienes de producción, si partiendo de la revolución industrial, dos siglos y medio después hemos llegado a tan altas cotas de miseria moral, apenas nos queda recorrido optimista para el futuro de la humanidad. El crecimiento económico a toda costa, basado en la explotación sin medida de los recursos naturales, en el cemento y ladrillo inflacionista, conlleva desregularizaciones que provocan muerte y destrucción a cámara lenta. No hay discurso ni parlamento de Zhao Liang que refuerce su idea, transmitida de manera plena con las imágenes, unas imágenes que sitúan al hombre en medio del proceso productivo, necesario por ser barato, sustituíble porque hay muchos, maltratado porque no cabe protestar. Imágenes de un presente destructivo en el que la cámara hace de notario y nos introduce sin misericordia en un mundo que parece de ciencia ficción pero que es rabiosamente actual. Tan solo un hombre desnudo, dormido durante toda la película hasta el final, desgrana un discurso magnético lleno de sutileza, reflexiones filosóficas y resonancias míticas, un ser que no quiere despertar, que prefiere imaginar que todo es un sueño, un mal sueño, mientras el paisaje se desmonta en tres planos triangulares, tres líneas de fractura encaminadas a modificar el futuro, es el elemento extradocumental, el enlace de la realidad con una ficción mitológica, pero no por ello absurdo ni bastardo, es la Arcadia imaginada frente a la destrucción que no se quiere asumir. Mientras los agricultores, pastores y habitantes de la zona intentan seguir con su vida diaria como si nada hubiera cambiado, el horizonte se puebla de explosiones, pequeñas columnas de humo, polvo, tierra y piedras que siembran el paisaje de pequeñas erupciones. El suelo se transforma eliminando montañas y creando otras artificiales, áridas, producto del escombro de las minas a cielo abierto que ya no es útil, pero que, en la base de esas montañas artificiales y toxicas, reúnen a cientos de habitantes que recogen el polvo sobrante porque puede ser usado y vendido como carbón, el mismo carbón que coloca un manto impenetrable gris en la lejanía, salpicado por decenas de chimeneas de centrales, fábricas......que hacen imposible ver lo que antes era naturaleza en estado puro, nubes tóxicas que llegan a las ciudades, que entran en los pulmones de los más débiles y los más expuestos, actividades que secan los lagos, arruinan las cosechas, enferman a los animales, en definitiva, un crecimiento que mata y no enriquece a la mayoría, sino a los de siempre.

Liang filma el infierno en la tierra, ya sean interminables columnas de camiones que ayudan a transportar el mineral, hileras de excavadoras sincronizadas en revertir la altura de la montaña hacia su interior, minas a profundidades mosntruosas donde las condiciones laborales son inexistentes, altos hornos donde los trabajadores se deshidratan y respiran las emanaciones del mineral fundido trabajando con rudimentarias herramientas hasta que el calor les obliga a retirarse, como si se estuviera extrayendo el propio magma del interior de la tierra mano a mano. Rostros que, al acabar la jornada, unen fatiga y hollín, jornadas agotadoras e interminables para llegar a una casa ruinosa, sin un mínimo de comodidad, sin agua corriente en la que poder eliminar completamente la marca negra del residuo que te acompaña a diario. Caras que llenan la pantalla y que son incapaces de pronunciar una sola palabra de protesta o de hastío, pero que reflejan sobremanera el sufrimiento de una vida continua encadenados a un régimen autodestructivo; si no trabajo no como, si trabajo, moriré antes de tiempo. No hay lenguaje suficiente, no hay conversación que mitigue el dolor, sólo silencio, miradas perdidas, derrota y pobreza. Ojos enrojecidos, pechos sudorosos, miradas vacías, ruido aturdidor que cesa cuando termina la jornada laboral, ese momento en el que sólo cabe comer y descansar, sin ninguna otra variante, sin ninguna otra posibilidad de ser humano. Manos heridas, encallecidas, deformes por el trabajo sin seguridad y en condiciones extremas. Pero el camino continua, el paisaje destrozado, el medio ambiente destruido, la inhumanidad del proceso productivo, ¿porqué, para qué? El director quiere llegar a un sitio concreto, a las nuevas ciudades surgidas de la nada, centenares de torres de 40, 50, 60 alturas, despobladas, cemento y acero extraídos a coste del futuro de hombres y naturaleza para crear ciudades de la nada, donde el ladrillo sustituye a las personas y justifica estadísticas oficiales de falso crecimiento, ciudades sin habitantes con barrenderos que no recogen nada, con personas que barren un polvo incrustado en sus propios pulmones desde hace décadas. La gran ciudad frente al ruinoso hospital, construir para justificar un crecimiento mientras miles y miles de trabajadores terminan con enfermedades pulmonares y destilando un líquido negro procedente de sus pulmones, son otros rostros, los de la derrota, la espera desilusionada de un fín próximo, mientras el gigante continua engulliendo más y más recursos como el ratón incapaz de parar dentro de la rueda. Si el durmiente pensaba que estaba en un sueño, toca despertar, «no es un sueño, es lo que somos, somos este monstruo, somos los secuaces del monstruo».