viernes, 4 de noviembre de 2016

AQUÍ NO HA PASADO NADA (Alejandro Fernández Almendras, 2016)

AQUÍ NO HA PASADO NADA (Alejandro Fernández Almendras, 2016)
El cine del director chileno Fernández Almendras se mueve entre la oscuridad de la noche y la oscuridad de sus personajes, su excelente “Matar a un hombre” (reseña de Matar a un hombre) y su no menos atractiva “Aquí no ha pasado nada”, no juzgan al individuo, no plantean las tesis de manera maniquea para señalar culpables, sino que disecciona la sociedad, en este caso de su país, para establecer categorías trasladables a cualquier rincón del planeta. Personajes que no ocultan sus carencias y sus ambiciones, incluso sus despreocupaciones existenciales cuando, como es en este caso, la ficción centra su mirada en jóvenes de clases económicas muy altas, que disponen de todos los caprichos y ninguna responsabilidad, llamados a ser dirigentes sin saber dirigirse. Es Fernández Almendras un director sin difusión comercial en España, algo reprochable y que vuelve a incidir en el lamentable estado que muestran las relaciones culturales entre España y los países hispanohablantes de Sudamérica, obligados a darse la espalda, aunque en este caso el uso de la jerga propia del país dificulta la comprensión directa de los diálogos de estos jóvenes de clase alta y muy alta que se comportan como los verdaderos hijos de puta venideros que regirán las decisiones que nos afecten a todos.

Recrea Fernández Almendras un suceso real de la reciente historia de Chile; con el hijo de un político de primera línea, de los enriquecidos antes y después de la llegada de la democracia, como esos camaleones tan patrios y tan nuestros que saben mudar de color conforme sopla el viento, y señalado como principal sospechoso de la muerte de un peatón en una noche de juerga, drogas y alcohol. Un suceso de estos que escandalizan durante una temporada pero que termina apagándose con el consabido control de los medios, la utilización de bufetes de abogados especialistas en encontrar defectos procesales en los que fundamentar una absolución y el encuentro de la consabida cabeza de turco. El director cambia nombres y modifica situaciones alejándose del relato oficial del suceso para ofrecer una radiografía casi perfecta del funcionamiento de una instrucción judicial y lo fácil que resulta engañar, o aparentar que se engaña, a un tribunal, al que no le cabe más que dictar la resolución injusta, pero legal, que se espera de él. Ficcionando sobre la realidad se consigue, como hace Almendras, un relato tan verídico como estremecedor del funcionamiento de nuestro sistema. El eslabón más débil ofrecido como carne de condena para salvar la falsa dignidad y el apellido de un futuro líder respetable del país. Una frase memorable se lanza al espectador durante la representación de esta farsa con final anunciado, no porque la película marque las cartas para ese resultado, sino porque es el reflejo constante de las diferencias entre ricos y pobres, o entre ricos y menos ricos como es este caso; “la verdad no es la verdad, la verdad es lo que se demuestra en el juicio”. Nos presentamos así ante un fallo del proceso absolutamente legal, un juicio con todas las garantías, con defensas, con pruebas, pero donde el resultado es injusto porque todo se amaña desde fuera gracias al dinero y la amenaza directa.

Una película sobre ricos; hijos de ricos y el absoluto desprecio hacia la verdad amparados en su casta, un mundo de doble moral que se atreve a juzgar a los demás porque ellos son intocables, en su club exclusivo de privilegiados acostumbrados a conseguir cualquier cosa con independencia del precio (hay un dicho en Chile, país anglófilo, que dice que Chile «is a not country, is a country club»). Un ejemplo claro de lo poco que cabe esperar de un sistema político en el que las desigualdades se mantienen e incrementan. Vicente (Agustín Silva) comete el error de relacionarse con gente de un nivel económico superior al suyo, los Larraín (deformación del apellido real, Larrea). En caso de surgir un contratiempo, el lastre a abandonar, incluso a vender, ha de ser alguien de un estrato inferior. Las élites, en este caso político financieras, no se muerden entre iguales, hay que salvar a los cachorros porque son nuestro relevo. De ahí la perplejidad de Vicente al ser señalado por los ocupantes del vehículo que atropella al peatón como el conductor del mismo, cuando en ese momento dormía en el asiento trasero, drogado y bebido. Un joven acostumbrado a una vida sencilla, sin obligaciones, de fiesta en fiesta y de chica en chica, que no es capaz de imaginar verse envuelto en una confabulación que le señala el camino de declararse culpable, evitando así una condena mayor por un acto que no ha cometido. El círculo va cerrándose sobre Vicente al mismo tiempo que aprecia cómo nadie es capaz de cuestionar la versión del poderoso y las miradas de reproche se ceban sobre él desde todos los ámbitos.

Fernández Almendras establece la dicotomía entre el día y la noche, durante el día el personaje de Vicente deambula entre esa perplejidad y su reivindicación de inocencia, cada vez más aislado, más cuestionado, presionado incluso por los suyos para que acepte un pacto que evite la cárcel asumiendo culpas ajenas, mientras por la noche, el mismo personaje vuelve a la inconsciencia, como si nada hubiera pasado, bebiendo, esnifando, follando, lo mismo que la noche antes del accidente, como si un resorte interno le recordara que es su juventud lo que no está dispuesto a perder, una juventud nocturna en la que nadie ha puesto nunca freno ni límite, mientras, el día es la zona de vigilia que le incapacita para tomar decisiones inteligentes. Apoyado en una gran fotografía de Inti Briones, que dota al personaje y todo lo que le rodea, de la necesaria penumbra externa que refleja la interna, Fernández Almendras no se sustrae de la realidad de los modos de comunicación actuales, siempre pendientes del móvil, de los mensajes entrantes, de responder pavadas mientras tu futuro se está haciendo añicos aceleradamente sin que seas capaz de reaccionar, pretendiendo hacer entrar en razón a aquellos que han señalado un culpable mucho antes de que tu despertaras de la resaca provocada por el alcohol. El mundo se ha dividido siempre entre ricos y pobres, pero incluso entre los ricos los hay asquerosamente ricos y sólo ricos, estos seguirán a merced de los primeros salvo que sean mucho más inteligentes que aquellos, y no es el caso de Vicente, que demuestra el mismo catálogo de imbecilidad que sus compañeros de juerga; luego, a igualdad de armas, el dinero y el poder político juntos son imbatibles.


Aquí no ha pasado nada. Chile. 2016. Director: Alejandro Fernández Almendras.Guión: Alejandro Fernández Almendras, Jerónimo Rodríguez. Reparto: Agustín Silva, Alejandro Goic, Luis Gnecco, Paulina García, Daniel Alcaíno, Augusto Schuster, Pilar Ronderos, Geraldine Neary, Isabella Costa, Samuel Landea. Productora: Jirafa Ltda. Producción ejecutiva:Florencia Larrea, Ilan Numhauser, Gregory Costa, Felipe Aichele, Joaquin Echeverría. Producción: Augusto Matte, Pedro Fontaine. Dirección de fotografía: Inti Briones. Dirección de arte: Valentina Silva. Montaje: Soledad Salfat, Alejandro Fernández Almendras. 94 minutos. Premiére: Festival de Sundance 2016.

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