lunes, 3 de octubre de 2016

VIEJO CALAVERA (Kiro Russo, 2016)

VIEJO CALAVERA (Kiro Russo, 2016)

Entre la niebla, una camioneta circula con dos personas en la caja, una abrazando a la otra, cuidándola, alrededor de una carretera que surca los Andes y sin destino aparente, una niebla real de la que parece salir, a fuerza de golpes, de reveses, de evidencias, el personaje de Elder, el joven que, al final, recoge el testigo que le brinda Francisco para poder aceptarse y abandonar la autodestrucción, de la misma manera que a Francisco le salvó años antes el padre de Elder, ayudándole a conseguir un camino de pobreza, pero, por lo menos, con respeto hacia si mismo y los demás. Una película en la que se mezcla la narración mas convencional con los sentidos más propios del cine alejado del discurso narrativo, porque si algo hace notable esta película boliviana rodada con dinero qatarí es la inmersión de la cámara en el interior de la mina para crear un universo inferior en el que se forja una solidaridad obrera en la que Elder es un extraño.

Porque la película huye del lugar común de la comunidad indígena apaleada, de la vida miserable retratada hasta sus últimas consecuencias, de las dificultades para expresarse en castellano de quienes utilizan sus lenguas maternas desde el principio de los tiempos, no necesita remarcar la imagen ni la palabra para que lo veamos, pero además, consigue mancharnos de hollín, respirar la veta de carbón, sentir el calor y la humedad del interior a 300 metros de profundidad, sentir el peligro y la falta de seguridad, llevarnos a las asambleas de mineros que de manera constante, y con goteo permanente, mueren por las infrahumanas condiciones de su trabajo por un sueldo miserable que les impide mejorar, sin posibilidad de abandonar un lugar que les pertenece pero les condena. Y en todo este escenario Elder aparece como un ser incapaz de integrarse, maleducado, retador, violento, alcohólico,incumplidor, frente a una comunidad acostumbrada a trabajar para comer, a no beber para no aumentar el riesgo del trabajo. Elder es un personaje que «emputece» a los que le rodean, expulsado de la ciudad por una familia que no le quiere cerca ya que contamina todo lo que toca.

Elder surge de la oscuridad al principio de la película, en un callejón mal iluminado en el que se refugia tras atacar a una persona para quitarle el bolso, de la misma manera que es recogido en la oscuridad tras sufrir una paliza al ser sorprendido hurtando una cartera en una discoteca. El refugio de Elder es la falta de luz, la sombra, la penumbra, el lugar donde no ver y no ser visto. El pueblo, la mina, es su última oportunidad, y para ello Kiro Russo se esmera a la hora de mostrar ese mundo de sufrimiento desde un punto de vista formal atractivo, desde un atardecer en las montañas en el que un grupo de personas, iluminado por linternas y antorchas, busca a una anciana que no quiere vivir, hasta esos túneles por los que se acercan, a lo lejos, y poco a poco, las linternas de los mineros. Una cámara que juega a crear imágenes que surgen de las precedentes cambiando el punto de vista, o rodando largos planos circulares en los que se nos muestra el conjunto de una representación cotidiana, ya sea un funeral, una reunión, un viaje, una borrachera, cualquier momento se transforma en algo de irreal belleza manchado por la necesidad, el frío y el viento de la altitud que rodea ese trabajo de sol a sol en la sombra de las profundidades.

Elder evoluciona a fuerza de golpes. Desde el discurso del familiar que le habla de la conveniencia de borrar los estigmas para no estar marcado de por vida, con un travelling inverso que demuestra que el muchacho no presta atención, hasta ese viaje sindical poco reivindicativo y totalmente lúdico en el que rescata a Francisco de un entorno que tampoco le conviene y al que se resiste a abandonar para no destacarse del grupo, Elder aprende que hay cosas importantes por las que modificar su comportamiento pero sin renunciar a su individualidad, una evolución en la que juega un papel importante su propia decisión de perderse en el interior de la mina y precisar de la ayuda de quien no puede respetarle, y donde la cámara se integra con el personaje para seguirle hasta las profundidades menos transitadas de un mundo oculto hasta para los mineros. La película consigue, así, unir la trayectoria personal de un ser condenado a un final trágico, de una familia resignada con su suerte, y de una comunidad que vive pendiente de la mina y de que el gobierno haga las inversiones necesarias para que se mantenga abierta, logrando, en el fondo, retratar una parte importante de Bolivia, aquélla que trabaja para enriquecer a una minoría y que sobrevive a fuerza de esfuerzo sin esperanza y con muchos litros de alcohol hasta perder el sentido. Al final salimos de la mina, pero el recreo no es muy esperanzador entre un balneario de derribo, unas sillas oxidadas y unas noches donde se bebe para olvidar y no sentir. De ese ambiente hay que escapar, y Elder lo comprende, incluso puede que a tiempo.


Director: Kiro Russo. Fotografía: Pablo Paniagua. Reparto: Rolando Patzi, Narciso Choquecallata, Julio Cesar Ticoa, Anastasia Daza López, Israel Hurtado, Elisabeth Ramírez Galván. Guión: Kiro Russo, Gilmar Gonzales. Productores: Kiro Russo, Pablo Paniagua, Gilmar Gonzales. 2016. 80 minutos. Bolivia.