jueves, 13 de octubre de 2016

OS DÍAS AFOGADOS (César Souto, Luis Avilés, 2016)

OS DÍAS AFOGADOS (César Souto, Luis Avilés, 2016)

A finales de los 80, en la zona fronteriza entre Orense y Portugal del Xurés, varias pequeñas localidades del valle quedaron anegadas por la construcción de la presa de Lindoso como Bao, Bulcalque, Reloeira y  Aceredo . El documental transita del pasado al presente a la búsqueda de los rostros de los que quedan, de la nueva aldea que nunca podrá sustituir a la vieja, de lugares perdidos que la memoria es incapaz de olvidar porque han enraizado hasta la zona más profunda del cerebro. Pasará de la rabia y la impotencia a la tristeza y depresión por empezar de nuevo sin lo más importante, sin el arraigo. Para llevar a cabo su tarea, los directores podían haber hecho uso de material de archivo periodístico, que lo habrá, aunque escaso, pero optan por el lenguaje crudo y directo de la videocámara casera, las grabaciones que proporcionan el alcance directo y más sentido a lo que se ve, la imagen captada con sentido, con amor, con nostalgia anticipada. Filmados por uno de los suyos, los vecinos de Aceredo se muestran tal y como eran, con la angustia del futuro próximo cuando celebran el que parece va a ser el último verano y las últimas fiestas en el pueblo, cuando recorren por última vez una calle, recuerdan una casa, asumen un abandono, cuando no se atreven a negarse a ser filmados porque saben que ésa será la prueba definitiva de que alguna vez existieron.

Que las gentes del lugar no quisieran abandonar su tierra, sus recuerdos, que se rebelaran hasta el máximo de lo posible e intentaran frenar su desdicha cuando el gobierno socialista de la época ejecutó un convenio internacional firmado entre Franco y Salazar, obligando a los habitantes a desplazarse, que pelearan, por lo menos, por una justa compensación económica ya que la emocional era imposible, son diversas fases del documental realizado sobre el material gráfico realizado por otros, por  los vecinos que se retrataron en los lugares que iban a desaparecer fantasmalmente bajo las aguas; unas aguas que, paradójicamente, proporcionaban riqueza agrícola al lugar. Gentes retrotraídas en el tiempo, personajes de los que olvidamos su existencia imbuídos como estamos de una mentalidad urbanita que nos impide asumir la existencia de otra vida, otros ritmos, otras prioridades más básicas y menos egocéntricas, más unidas a la tierra y a sus ciclos. Comunidades solidarias y, al tiempo, muy cerradas en sí mismas, lugares donde todo el mundo se conoce y todo el mundo sabe de la vida y milagros de los demás, lugares y personas que viven al día con lo puesto, que trabajan todos los días del año y, en ese trabajo, forman los hilos que mantienen al grupo unido, un grupo reducido que aumenta provisionalmente en el verano.


El uso de esas grabaciones caseras, el uso de otras posteriores pero muy cercanas a la inundación definitiva del valle, y el rodaje presente de los directores a, y con, las personas que aparecen en aquellas imágenes de despedida del lugar, forman un caleidoscopio no sólo temporal, sino de texturas fílmicas que evidencian el cambio social y el cambio tecnológico, imágenes de mala calidad que nuestro ojo no advertía como tal en aquellos años, enfrentadas a la nitidez y definición de las actuales, rostros maduros y jóvenes que se han transformado en personas envejecidas donde cada arruga es un sinsabor, un desprecio del pasado, un olvido de las instituciones, un abuso del poderoso, rostros llenos de arrugas y con ojos perdidos en el recuerdo, personas que conviven con la soledad de una nueva evidencia, que afrontan el paso del tiempo con el dolor permanente de lo que nunca van a poder volver a ver, salvo en un decrecimiento ocasional de los niveles del embalse que desnude los esqueletos de lo que está sumergido, haciendo aflorar la ruina y el pasado irrecuperable. Navegar por encima de estructuras abandonadas, muros arruinados por el agua, interiores cuyos perfiles se desdibujan por el efecto del agua y la luz, objetos de la vida cotidiana que quedaron dentro de unas casas cerradas con llave, como si eso impidiera la entrada del agua y el ahogamiento de lo abandonado, es un viaje hacia el fracaso, hacia el psicoanálisis colectivo de no perder el recuerdo, de situar cada cosa en el sitio que antes era visible y ahora permanece sumergido.

Las grabaciones de Francisco Villalonga, el vecino dispuesto a guardar el pasado, se transforman así en película sin haberse pretendido tal finalidad inicialmente, son el eslabón preciso para que la historia del presente tenga un engarce con el pasado, para que sintamos el sentido de la pérdida, para que comprobemos los porqués de esas miradas que están a punto de anegarse con lágrimas. Unos vecinos que no se alejaron de su lugar pero que en la cercanía y la proximidad del valle sintieron la distancia del desarraigo forzado, vecinos dispuestos a reunirse en una sala y contemplar el resultado final de su viaje, desde finales de los 80 hasta la actualidad, contemplar los fantasmas filmados de los que ya no están, verse a si mismos libres y seguros en un entorno conocido, contemplar el momento final en que ese paisaje, ese muro, ese árbol, fueron vistos por última vez, pero a los que el destino guardaba la sorpresa de la memoria fílmica para devolverles 25 años atrás, empañar la mirada y maldecir, en silencio, su suerte, ésa que ha hecho invisible para sus ojos lo que se mantiene incólume en la memoria, y que ya no se va a borrar más gracias a una película.