miércoles, 19 de octubre de 2016

LA LARGA NOCHE DE FRANCISCO SANCTIS (Andrea Testa, Francisco Márquez, 2016)





LA LARGA NOCHE DE FRANCISCO SANCTIS (Andrea Testa, Francisco Márquez, 2016)

Llevas a tus hijos al colegio y esperas el autobús, detrás de ti, a plena luz del día, ocurre un suceso anormal que te incomoda. La mañana ha comenzado como tantas otras, a la carrera, desayunando de pie mientras metes prisa a tus hijos para llegar a tiempo al colegio y a tu trabajo. Afortunadamente llega el autobús que esperas, tus hijos no notan nada raro ni anormal en los hombres que abordan a una joven en la misma parada. Francisco si sabe lo que eso significa, intuye las consecuencias y prefiere mirar para otro lado, o mejor, no mirar, no significarse, no interesarse, mantener el cuello tenso e indiferente, la mirada vaga y perdida, aunque cuando el autobús arranca no puede evitar una mirada de soslayo, el miedo que siente no puede ser nada comparado con el que tenga la joven que queda a merced de esas dos personas que sabemos que son policías, y lo sabemos porque estamos en Argentina y estamos en 1977.

Basada en una novela de Humberto Constantini, la evidente economía de medios de la película contrasta con el inteligente uso de los espacios, cerrados, recogidos sobre si mismos, guaridas personales donde esconderse, donde aislarse. Con la cámara sobre los actores, fundamentalmente un estupendo Diego Velázquez, lo que nos rodea apenas es perceptible porque no nos interesa enterarnos de mucho de lo que ocurre fuera de nosotros mismos, mantener la ignorancia, no querer saber; es una forma de garantizar la seguridad personal y de tu familia. Francisco no es ningún valiente, ningún militante de izquierdas irreflexivo dispuesto a luchar por una libertad desaparecida. Tiene sus ideas y las expresará cuando los “milicos” abandonen el poder y vuelva la democracia, como tantos de nosotros en situaciones parecidas. Siente el miedo de su pasado, el temor de que antiguos ficheros estudiantiles le coloquen en la órbita de la disidencia y pueda ser represaliado, pero también siente el peso de la culpa, de las familias que están sufriendo directamente a su alrededor, las consecuencias de la violación de derechos humanos y a las que ha optado por silenciar, por no relacionarse, por evitar que se le identifique de alguna manera con los desaparecidos, encarcelados, torturados. Convertirse en un ser anónimo escondido en un caparazón de trabajo y familia.


Cuando en ese trabajo que le sirve de coartada moral, a la espera de un prometido ascenso que nunca llega, recibe la llamada de una antigua compañera de facultad, el ego de Francisco sobresale por encima de lo que su instinto de supervivencia le anuncia, la cita ofrece a Francisco la edición de un poema escrito en su juventud y su publicación en una revista extranjera. Francisco sabe que ese poema está lleno de proclamas de libertad, de ideas de izquierda, sabe que no puede admitir esa publicación aunque sea en Venezuela, pero acude. Allí recibe un testigo peligroso, una información que salvaría a una familia de una detención nocturna pero que, al tiempo, le coloca en una difícil situación personal. Si traslada la información a los afectados corre el riesgo de verse involucrado directamente y ser detenido, si no lo hace sabe que esa familia desaparecerá como tantas otras, se convertirá en cómplice de un asesinato “legalziado”. Aquí comienza la larga noche de Francisco Sanctis, el personaje oculto en la masa inerte que no quiere, ni sabe, levantarse contra la barbarie. La ingente población que continúa con sus rutinas fortaleciendo sus escudos morales para justificar su inacción, ser nadie para continuar viviendo.

Es entonces cuando en la película aparece un nuevo personaje, la ciudad fantasmal de Buenos Aires. Irreconocible, vulgarizada, solitaria, enmohecida, húmeda y desierta. Un espléndido trabajo fotográfico crea esa atmósfera necesaria para retratar la angustia y la soledad de un hombre ante si mismo. Una ciudad inmensa en la que la noche es sinónimo de sospecha, de infracción, de detención. Una ciudad que huele miedo y que provoca la parálisis. La envenenada revelación que recibe Francisco se convierte en un testigo candente, la unión de lo que se debe hacer con lo que debe evitar, un problema kantiano entre la moral y la conveniencia personal. Un dilema en el que las circunstancias conducen al protagonista de un intento de trasladar la responsabilidad a otro a la constatación de que debe afrontar la decisión por sí mismo. Descargar responsabilidades como viene haciendo la mayoría o asumirlas. Francisco representa esa mayoría inerte, silenciosa, borreguil, que ante las injusticias, se ampara en que mientras a él no le pase nada todo es soportable, incapaz de protestar ante la creencia de que no sirve para nada hacerlo. Francisco es una persona que representa a una colectividad. La larga noche de Francisco es la larga noche de la historia de la humanidad, unos pocos, vencen por la fuerza ante el silencio de las mayorías.

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