lunes, 10 de octubre de 2016

I TEMPI FELICI VERRANNO PRESTO (Alesandro Comodin, 2016)


I TEMPI FELICI VERRANNO PRESTO (Alessandro Comodin, 2016)

Fisicidad, surrealismo, transformación, espacios mutantes; túneles que nos cambian de tiempo y lugar; el cuento y la fábula frente al presente; el relato oral y el relato oral ficcionado. Comodin renuncia a un relato lineal y fácilmente comprensible para representar diversas escenas y situaciones incompatibles temporalmente pero que se relacionan y permiten que un  personaje transite entre la vida y la muerte con décadas de diferencia y sin cambios físicos. Visualmente sugerente y enigmática, no es fácil resumir su propósito, desubicar al espectador para hacerle retomar una idea desde el principio en varias ocasiones y desde supuestos narrativos muy diferentes. Lo cierto es que su resultado final es enormemente atractivo e invita a pensar en las múltiples posibilidades de interpretación, es más, y he de estar de acuerdo con otros comentarios leídos, por los que esta película dialoga con “Uncle Boonmee” de Weerashetakul, con alguna escena casualmente similar, ya por referencia de homenaje o por esas sinergias involuntarias que se producen entre las obras de arte, pero que trasladan al Valle de Aosta los paisajes húmedos, sofocantes, agotadores de la Tailandia natal del referente.
Pero no son las únicas referencias de esta película, en su forma, estilo y ambientación está cercana a las últimas propuestas conocidas de Frammartino o Pietro Marcello, exponentes todos ellos de un cine italiano apegado a la tierra, al agua, al bosque, al barro, a los animales, un cine destinado a paladares sensibles y espectadores implicados en avanzar con las imágenes, sumergirse en mundos inexplorados y dimensiones desconocidas. Aunque en el caso de Comodin su formación y su reconocimiento se encuentran en Francia, donde es capaz de mantener una bandera italiana en pleno festival de Cannes, admitido como hijo de la mayor industria cinematográfica europea. Es la película de Comodin un lujo sensorial en cada una de las partes en que está dividida, desde la huida inicial que no sabemos de dónde, ni porqué ni hacia donde, imaginamos que en un pasado que se diluye en la huida del mismo modo que las prendas de las que se van desprendiendo los fugitivos, un acto por el que se desprenden de una realidad que no quieren mantener, hasta la filmación del cuento o fábula local que, tras ser contada de tres maneras divergentes por tres vecinos de la zona, el director nos la representa en la actualidad cuando se ha estado hablando de doncellas y de lobos sedientos de sangre fresca, un relato fantástico y fantasioso que comienza por su posible final y que termina en otro tiempo y lugar, reuniendo al protagonista de la huida del principio con la joven enamorada del lobo del relato tradicional.
Si durante la primera parte del relato la amenaza parece ser el propio bosque y unos perseguidores anónimos sólo apuntados por el ladrido de los perros que, presuponemos, siguen un rastro que va perdiéndose en la continua ascensión, donde no sabemos si escapan del ejército, de una prisión, de un cautiverio forzado, desembocando en una abrupta conclusión cuando todo parece encaminarse hacia una salida prometedora, un inicio en el que se retrata el esfuerzo físico, casi sobrehumano, de la pareja de jóvenes fugitivos, monte arriba durante horas y horas, en una ascensión dolorosa que recuerda la de los protagonistas de la película mexicana “Epitafio”, pero con un objetivo muy diferente, solamente la huida y la progresiva adaptación al entorno natural, una huida que se transforma en secundaria cuando el objetivo de no ser atrapado rápidamente se desvanece, transformándose la realidad en algo incluso más perturbador que el hecho mismo de sentirse amenazado por otros, para pasar a sentirse amenazado por el entorno, por las dificultades inherentes a tener que sobrevivir en un medio hostil para el que no se está preparado y en el que la irrupción del hombre provoca unn resultado que no interfiere en la naturaleza, sino solo en la entidad corpórea de los hombres, pero no de manera absoluta y definitiva. 

El agua se convierte, tras ese intermedio documentalista, esa recogida de la tradición oral viciada por el paso del tiempo y la repetición familiar de historias que van mutando y adornándose, en un medio de comunicación sensorial para los protagonistas de cada una de las partes; de relajación  y juego para los dos fugitivos; de sexualidad y erotismo para los del segundo segmento; agua cristalina para el juego, para el escape, para olvidar el esfuerzo; agua turbia, barro, agua oscurecida que impide ver los cuerpos sumergidos en ese episodio amoroso entre la mujer gacela y el hombre lobo. La impureza de la ciénaga remarcando el peligro de una unión inadmitida para ese mundo de realidad dejado atrás mediante un túnel que nos incorpora a una dimensión desconocida, donde los humanos se animalizan y los animales adoptan rasgos humanos sin perder su comportamiento instintivo. La gacela y el lobo pasan a ser una pareja de jóvenes que se buscan en mundos distintos pero terminan encontrándose, de la aparición sorpresiva del agujero que relaciona ambos mundos surge una especia de corriente telepática que sólo es advertida por la pareja. El mundo agrícola de la realidad queda suspendido para Ariadna, sin necesidad de un hilo que garantice su vuelta al mundo de los vivos, se excava y amplia la entrada a ese inframundo que desemboca en luz, calor, naturaleza y agua, los dominios de un lobo domesticado y deseoso de amor. Ariadna y el lobo encuentran el lugar donde revivir la leyenda a su manera, mientras, el tiempo suspendido de ese mundo irreal no se detiene en el mundo de Ariadna, donde los agricultores salen a la búsqueda del lobo temiendo la desaparición de la joven, es el túnel el mecanismo de comunicación por el que ambos abandonan su realidad para pertenecer, aún momentáneamente a la del otro; pero la narración no tiene conclusión, ni es lineal en su desarrollo, porque hay que remitirse a esa primera escena de la segunda parte con un burro a la carrera llevando sobre s a la joven, un burro que ha rescatado o socorrido a la doncella sin necesidad de caballero andante, un burro igualmente enamorado de la joven pero que no puede mutar de aspecto con la misma facilidad que el lobo ni puede utilizar el conducto mágico que une a los dos mundos.

El espectador sufrirá una nueva conmoción en los últimos cinco minutos cuando creemos volver al momento anterior a la fuga de lo que pudo ser un presidio, es factible que todo no deje de ser un rompecabezas enorme en el que el espectador ha de ir colocando el orden lógico de lo visto, como leer «Rayuela» en el orden aleatorio indicado por Cortázar o leerlo linealmente y, puede que así, perder gran parte de su encanto. Prefiero sumergirme en la película desde sus desconexiones, no ahondar en unir con lógica las imágenes y las historias, aceptar esas rupturas magistrales como hachazos del destino en varias películas que giran alrededor de la naturaleza y nuestra relación con ella. De esta manera mantengo un alto concepto estético de la propuesta, y asumo su riesgo como uno de sus mayores valores, sin que la aparente desconexión de partes y situaciones haga desmerecer el resultado de una sorpresa fascinante.


I tempi felici verranno presto. Italia-Francia. Director: Alessandro Comodin. 2016. Duración: 105'. Productoras: Okta Film, Shellac Sud; in collaborazione con Rai Cinema, ARTE France. Guión: Alessandro Comodin, Milena Magnani. Fotografia: Tristan Bordmann. Montaje: João Nicolau, Alessandro Comodin. Intérpretes: Sabrina Seyvecou, Erikas Sizonovas, Luca Bernardi, Carlo Rigoni, Marco Giordana, Paolo Viano, Marinella Cichello. Presentación: Cannes 2016.

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