miércoles, 7 de septiembre de 2016

WOLF CHILDREN (Mamoru Hosoda, 2012)




WOLF CHILDREN (Ōkami Kodomo no Ame to Yuki, Los niños lobo, Mamoru Hosoda, 2012)



Aúlla si eres lobo, reflexiona si eres un humano, pero si tu naturaleza es dual, ¿puedes hacer las dos cosas y mantener tu equilibrio?. Cuando Hana se enamora en la universidad de un misterioso muchacho, tímido, silencioso, que no se relaciona con nadie más, desconoce la íntima naturaleza de ese ser, capaz de transformarse en lobo a su voluntad. Manteniendo la doble condición de hombre y animal llega un momento en que el instinto supera a la razón y la supervivencia es imposible. El miedo de Hana a partir de entonces es conseguir que los dos hijos de la pareja no se vean en la tesitura de enfrentarse públicamente a su condición de humanos y de lobos. Yuki y Ame (nieve y lluvia, la naturaleza es una de las constantes del cine de animación japonés) crecen aislados, en una burbuja ficticia que les protege del resto de la sociedad, crecen mezclando su doble condición con la seguridad de que no van a ser descubiertos.






Retirados a una granja de montaña el aprendizaje de los niños se complementa con el de la madre. Hay que hacer una vida nueva, inventarse para seguir adelante. Se ha sacrificado la formación en el camino, se ha decidido formar una familia antes de tiempo, apresuradamente, como si el reloj biológico del animal hubiera vencido al del humano. Paralelamente esos niños que crecen necesitan descubrir por sí solos lo que quieren ser, una cosa, la otra, o las dos simultáneamente. Las decisiones no son irreversibles, el paso dado puede cambiarse, pero al menos hay que entender y comprender la propia naturaleza. La personalidad de ambos está definida y clara. Una madre tozuda que, a fuerza de empeño, conseguirá ser bien recibida en una comunidad que sabe del rigor del invierno y lo duro que es conseguir vivir de las cosechas, y dos hijos muy distintos, la niña alegre, extrovertida, propicia a los ataques de ira que le hacen crecer las orejas y afilar los dientes, y el niño miedoso, encogido, agazapado a los pies de su madre como un pequeño cachorro. El retrato infantil invita a pensar quién puede ser lobo y quién persona, pero no todo acaba como comienza, porque al acercarse la adolescencia es cuando el ser humano sufre los cambios más profundos y duraderos.






La película habla de crecimiento personal, da lo mismo la naturaleza de los protagonistas. La posibilidad de transformación proporciona ese elemento mágico tan bien usado por el cine japonés de animación, no sólo por Miyazaki. Dejando de lado lo espiritual, lo enraizado en elementos de la religión popular japonesa, es la interrelación del hombre con la naturaleza la que invade la historia mientras seguimos el crecimiento de Yuki y Ame. Son dos niños, pero también son dos cachorros, travesuras y rabietas donde lo humano se mezcla con lo animal metabolizando el comportamiento hasta lo antropomórfico, tensión y angustia para los momentos dramáticos, emoción en las múltiples situaciones que enfrenta la familia desde su origen hasta su progresiva concentración, un medido y calculado sentido del tempo en las escenas, donde la morosidad oriental en las conclusiones climáticas ni se hacen largas ni desmedidas en sus sentimientos, y un bello colofón a una historia de animales llenos de raciocinio y personas llenas de sentimientos. Es verdad, puede que en los “Niños lobo” falte algo de la maldad de la naturaleza y de la raza humana, es algo que esos jóvenes han de ir aprendiendo a lo largo de los años. Si eres humano sentirás una decepción, si eres lobo puede costarte hasta la vida, lo mismo que un simple vestido con flores te abre las puertas de las relaciones sociales  y te feminiza a los ojos de tus compañeras de clase, un olfato desarrollado puede poner tu instinto animal sobre aviso y sacar lo peor de ti.





Contada como un largo flashback en la voz de Yuki, la melancolía de las pérdidas se suple con la felicidad del ejercicio de la libertad. Yuki decidió dejar de correr sin sentido, perdió el gusto a revolcarse por la nieve, la naturaleza y el bosque se transformaron en algo hostil, bello, pero inhabitable. Mientras, Ame, fue fundiéndose con el entorno sintiéndose diferente el día que dejó libre su instinto animal. Pero en medio de un entorno civilizado, ¿quién enseña a un niño a ser un lobo? Difícil tesitura a la que la película otorga un especial significado, del mismo modo que es muy difícil aprender a cultivar leyendo libros, tampoco se enseña a ser lobo leyendo libros especializados en comportamiento animal. Hosoda ha cogido un relevo muy complicado, hacernos olvidar a Miyazaki, o sentir menos doloroso su retiro. Ninguna de sus películas decepciona, lo cual no es poco, y prácticamente todas son perfectas maquinarias para soñar y disfrutar. Que siga muchos años y muchas películas con el mismo acierto.