jueves, 1 de septiembre de 2016

THE SEA OF TREES (Gus van Sant, 2015)




THE SEA OF TREES (Gus van Sant, 2015)


Un personaje triste y abatido conduce hacia un aeropuerto, el ticket del parking queda olvidado en el interior del vehículo, por todo equipaje un bote de pastillas. No come, no duerme, anda por Tokyo como un fantasma ajeno a la marabunta que le rodea. Nada le sorprende ni le atrae, resulta muy evidente, pero bien compuesto, que ese viaje se afronta como el último, un viaje sin regreso, un único trayecto con parada final en el bosque de Aokigahara, un lugar espiritual donde, cuenta el run run mediático, se suicidan decenas de personas cada año. Acompañamos al protagonista, Arthur (Matthew McConaughey), mientras se va adentrando en el bosque rodeado de carteles que le recomiendan que piense, que reflexione, que vida no hay más que una. Al contrario que Pulgarcito, su caminata no va a ir acompañada de migas de pan, quiere y pretende perderse, no poder ser encontrado, y acabar con su vida. Hasta aquí, y aunque ya hemos presenciado algún fotograma de cara a la galería, las objeciones son pocas, es la simple presentación de una situación. Se advierte que las imágenes no son nada sutiles, expresan con claridad lo que se cuenta, sin interrogantes. No es difícil intuir que la película nos va a contar porqué el protagonista ha llegado a esa situación. Primera señal de peligro.



El cine de Van Sant es ciclotímico, de la autoría más radical y para pequeños circuitos de exhibición, al “mainstream” más convencional. En la duda de si rueda lo primero por gusto y lo segundo por la cuenta corriente, lo cierto es que su cine navega entre lo excelente y lo superfluo, incluso hasta lo malo, como es este caso y muchas otras de sus producciones comerciales (otro ejemplo de desdoblamiento de personalidad sería Soderbergh). Hasta tal punto que parece que son dos directores diferentes, una esquizofrenia que te lleva a denostar la mitad de su cine y a aplaudir la otra mitad (bueno, si, algo menos). La muerte está muy presente en la filmografía de van Sant, y casi siempre ligada a sus mejores obras, desde la iniciática “Mala noche”, pasando por “Mi Idaho privado”, “Drugstore cowboy”, “Gerry”, “Elephant”, “Last day”, “Paranoid park” y “Restless”, su cine tiene algún tipo de conexión con la muerte. Ya sean enfermedades incurables, enfermedades mentales o enfermedades por adicciones, el cine, el mejor cine de van Sant se ha movido en los territorios que limitan esta vida con su final desde muy diferentes puntos de vista. Por eso, y pese a la existencia de nombres muy poco unidos al cine de autor y si al de la afinidad con las taquillas, asumía con expectativas, que se me desinflan muy pronto, la nueva propuesta del director escrita con Chris Sparling (Buried), lo que ya me debería haber hecho sospechar de la calidad de la historia, porque el guión no es malo, es horrible, tanto en diálogos como en situaciones.




La película mezcla géneros hasta derivar en un producto de revelación religiosa donde la ciencia ha de plegarse a la creencia indemostrable. No sabemos si como el apóstol, van Sant ha caído de algún caballo, su metafísica se ha transformado en cienciología,  su nihilismo se ha fusionado con las fuerzas del universo astral y quiromántico, pero hay un extraño componente de “amor más allá de la muerte”, de inmortalidad extrema, que va invadiendo la composición hasta convertirla en absolutamente prescindible. Aokigahara no es Aokigahara sino un bosque norteamericano, la historia de suicidio se transforma en una historia de supervivencia, el protagonista entra poco a poco en un océano de revelación para lavar sus culpas, construyéndose una película donde lo sentimental se pretende transformar en sensiblero, donde el recurso al flashback se necesita para dar una información que no tendría por qué ser detallada salvo que se busque la conexión lacrimosa del espectador. Tan retorcida y miserable es la composición del guión que se necesita un golpe de efecto para pillar desprevenido al espectador e intentar conmocionarle. En la bonanza del resultado no debían creer ni los actores, (ojo McConaughey te ha costado volver al “candelabro”, pero enlazar la mema película “Free state of Jones” con la ñoña, relamida y santurrona “The sea of trees” acaba con cualquier carrera), y la pareja que componen McConaughey con Ken Watabane termina resultando incompatible en el exceso de gestualidad, de gemidos de sufrimiento, de llantos de uno y hieratismo de otro, en definitiva se trata de dos personajes vacíos revestidos de una cáscara muy frágil, como esos políticos a los que, si se les rasca un poco el barniz, resultan tan antiguos que huelen a muerto.



Si, la película cumple su función y su objetivo, contar una historia con final en el que el científico tiene que reconocer que hay cosas indemostrables y que no se rigen por las normas de la ciencia, una moraleja apabullantemente llena de tópicos, de situaciones manoseadas hasta lo nauseabundo, donde, aunque Arthur no lo sepa, tiene que ganarse la salida de un purgatorio, como si la cultura japonesa dividiera el mundo espiritual en los mismos conceptos que el católico. Pero da lo mismo, McConaughey va a tener la inmensa fortuna de que todos los japoneses que se cruzan en su camino hablan y entienden perfectamente el inglés. ¿Para qué situar el núcleo de la acción en Japón? No se me alcanzan más que razones espúreas. La película parecería haberse compuesto en un ordenador mientras un mono, y muy loco, metía los metadatos necesarios para hacer la historia, juntamos un poco de sobrenaturalidad miedosa de “El bosque de los suicidios”, el componente sobrenatural religioso de “Más allá de la vida” de Eastwood y la culpa ausente de la mala leche que se agradece en “Demolition” de Jean Marc Vallée, unimos un toque de pintoresquismo a lo “El bosque del luto” de Kawase y el componente solidario de la esposa moribunda, incorporado con la sutilidad inherente a los grandes estudios y vomitamos un producto que según los algoritmos informáticos debería encantar a la mayoría de los espectadores. 



A Aokigahara muchas personas acuden sin la seguridad de querer acabar con sus vidas, por eso utilizan cuerdas que les van indicando el camino de regreso. En este caso se recomienda al espectador que compre un buen rollo de cinta policial con el lema “no pasar” y establecer un cordón sanitario alrededor de las salas donde se proyecte, si es que llega a estrenarse en España. No suiciden su gusto por el buen cine perdiendo el tiempo, hay miles de cosas mejores que perder casi dos horas de tu vida con este bodrio. Ya no te puedes fiar de van Sant ni hasta cuando habla de la muerte.



Título original: The Sea of Trees. Año: 2015. Duración: 110 min. País: Estados Unidos. Director: Gus Van Sant. Guión: Chris Sparling. Música: Mason Bates. Fotografía: Kasper Tuxen. Reparto: Matthew McConaughey, Ken Watanabe, Naomi Watts, Katie Aselton, James Saito, Owen Burke, Susan Garibotto, Anna Friedman, Ai Yoshihara, Steven Dougherty, Joseph Oliveira, Jeffrey Corazzini, Simba Dibinga, Lino Tanaka, Mark Burzenski. Productora: Bloom / Netter Productions / Waypoint Entertainment