sábado, 3 de septiembre de 2016

THE NEON DEMON (Nicholas Winding Refn, 2016)





THE NEON DEMON (Nicolas Winding Refn, 2016)
Apoteosis de la anorexia, cuerpos donde la curva se confunde con la arista, la pintura con la sangre, el maquillaje con la muerte. Rostros estirados por la tersura de la juventud y el bisturí del cirujano, una búsqueda desesperada de la belleza aunque sea artificial. El triunfo de la cosificación femenina conforme gustos masculinos, cambiantes pero provocadores de delgadeces extremas, con la agravante del beneplácito del realizador. La máxima sería acostarse con hombres que te den trabajo y realcen tu belleza mientras amas a las mujeres. Máquinas sexuales de atracción conforme modelos prefijados y de lesbianismo interno. Una secta como grupo cerrado que ha de defender su status de cualquier manera y a cualquier precio, sólo puedes entrar si te sometes al líder de la manada, sea éste quien sea porque puede que sea una loba y no un macho. Cuanto más seas capaz de tragar, mayor va a ser tu perdurabilidad en un mundo donde 19 años es la edad perfecta aunque sea falsa, y 21 te hace demasiado mayor para la líbido de quien te modela. La última película de NWR ( lo siento, no soy yo quien decide llamarse así, sino su aparente egolatría que, impulsada por él o su equipo de diseño, abre la película con esas tres letras iniciales de su nombre y apellidos, el “artista” transformado en marca) se hace más críptica, abstracta, menos narrativa que las precedentes. Aunque a lo mejor es que no tiene nada que contar. No lo ocultaré, prefiero el Refn hasta “Drive” que el de sus dos películas siguientes, “Only god forgiven” y esta “The neon demon”. La fuerza de su trilogía “Pusher” y la limpieza visual de una maravilla como “Valhalla rising” empezaron a barroquizarse con “Drive”, película que mantenía el equilibrio justo entre estética y contenido, dando un salto cualitativo hacia la abstracción de la imagen por la imagen y para la imagen con sus dos últimas obras.
 

Si el salto es acertado o arriesgado sin sentido es una incógnita, aunque para mi tiene mucho de postureo. Entre defensores acérrimos y destructores a mansalva, Winding Refn opta por la vía de no complacer al espectador que busque una historia aprehensible, invitando a participar de una aventura visual en la que, más allá de los guiños autorreferenciales (hay muchas escenas de sus películas precedentes recreadas de una u otra manera) rebosan las ideas tomadas de otros directores. Esta película bebe hasta la embriaguez de las últimas películas de De Palma, de Schrader, de algún Cronenberg, no debería ser repudiada por los amantes del Lynch más siniestro, claustrofóbico y demenciado, a quien el diseño catódico de los interiores debería reportar royalties en derechos de autor, ni sorprenderá a aquellos que han aplaudido “Under the skin” de Glazer, hasta llegar al plagio concreto de algún plano de la última película de Jean Claude Brisseau. Con esto quiero advertir que la novedad visual que plantea Refn, o que se trata de vender como nuevo estilo, no me parece tal sino una evolución de una estética personal que si ha cambiado, aunque en el camino se pierda la claridad de ideas y se pretenda ganar prestigio en la generación de confusión por la acumulación de ideas ajenas. “The neon demon” busca gustar al convencido y excluir al pagano, si es una crítica al mundo banal que enriquece a modelos y estilistas termina incurriendo en el mismo error de basar su propia obra en el mero formalismo estético sin contenido. En un diálogo de la película, en la que las mujeres están presentes como meros bustos sin opinión y cuerpos a exhibir, un diseñador y un joven conversan con la intención del primero de ridiculizar al segundo. El diseñador sostiene que lo único realmente importante es la belleza, pero la belleza que diferencia un diamante en un mar de vidrios. El joven lo niega. ¿Estás queriendo decir que lo importante es el interior?, “eso mismo” responde el joven. “Si ella no fuera bella no te habrías parado a mirar” le dice en referencia a Jesse, la protagonista de la historia. Pero este diálogo es un dardo envenenado hacia la propia película, hay un bonito envoltorio, todo un despliegue de imágenes destinadas a epatar al espectador, encuadres entre imposibles y decadentes, también innecesarios, alambicadas puestas en escena, travellings semicirculares en espacios inmaculadamente blancos, puertas estrechas donde concluyen pasillos estrechos como canales cerebrales y que ya han sido vistos mil veces. Es verdad, las imágenes son sugerentes y oníricas, hasta llega un momento en que no sabemos dónde está el sueño, la pesadilla y la realidad. Sugerentes, bellas, como una sucesión de videoclips donde la pequeña Jesse se transforma de crisálida en ninfa sujeta al poderoso influjo de la luna. Pero, ¿detrás de la belleza, qué nos queda?.


La película se sustenta en la interrogante, múltiples incógnitas para mantener al espectador interesado en los desenlaces ¿quién es Jesse, quién es Ruby, quién es el personaje que interpreta Keanu Reeves (a todas luces prescindible)? ¿Qué buscan estas mujeres? ¿Por qué Jesse está llena de miedos? ¿Cuál es el poder destructivo de Jesse? ¿Por qué no habla de su familia? ¿Qué son realmente estas corporaciones creadoras de cuerpos? El mundo de la moda como una trituradora de carne que necesita alimentarse de los restos para mantenerse a flote y que hace de sus hijas putativas máquinas antropófagas para subsistir. Un mundo en el que el implante es tan necesario como la capacidad de abrirse de piernas, parece apuntar el director, donde la pederastia y el abuso vienen maquilladas bajo el pseudónimo de arte fotográfico, aquél en el que pueden manosear tu cuerpo de arriba abajo sin que nadie discuta que hay un creador en pleno proceso, cuando el proceso no es más que un ejercicio de lascivia y de vejación innecesario. Es un mundo donde las almas ingenuas no tienen cabida y serán devoradas por fieras, fieras que permanecen disecadas a la espera de su turno, que despertarán ante el olor de la sangre y el peligro. El futuro de Jesse está marcado desde la primera escena, sin protector, y rechazando amantes, queda fuera del círculo, se autoexcluye de un mundo efímero en el que unas elegidas mantienen un pacto de silencio y dominio donde se mezclan “Fausto” y la Condesa Bathory, donde la amenaza es constante sin saber porqué. Porque si el exceso visual, el predominio de la imagen, es soportable en cierta medida a la espera de la conclusión de la historia, la omnipresencia de las imágenes no se corresponde con un conocimiento razonable de su utilización y finalidad. Una colección de planos en los que la imagen está ausente de contenido no es el mejor reclamo para una historia en la que la película se transforma en una sucesión de fotografías a caballo entre David Hamilton (la ducha) y Helmut Newton (las modelos del final), donde las resonancias lynchianas se desbordan cambiando una oreja por un ojo y lo que se quería vender como diamante termina en la sección de oportunidades de unos grandes almacenes como falso esplendor antes de ser trasladado al estercolero.

 TRAILER

El uso del espejo como motor del lenguaje visual es un instrumento que fluctúa entre lo subyugante y lo manido, y en “The neon demon” termina en este último cajón porque si está bien jugar al reflejo que no se reconoce o a la imagen partida de quien ve despreciada su presencia física, la reiteración del reflejo termina convirtiendo en intrascendente el uso por el abuso, del mismo modo que la banda sonora termina invadiendo el conjunto y desplazando a la imagen, de reiterativa y monocorde su presencia crece hasta hacerse imposible sustraerse a su presencia constante. Uso por abuso desastre conocido. El martirio de la virgen transforma la historia en un deseo insatisfecho, en un onirismo onanista de referencias lacanianas que se lo juega todo a lo visual para que, como Jesse, terminemos alucinados e hipnotizados pero no pensemos que, detrás de ese oropel desplegado en imágenes, no queda nada, no hay historia, no hay moral, no hay personajes, sino meras máscaras que no son ellas mismas sino el reflejo de lo que otros pretenden. Dejar de ser fantasmas y que la gente se fije en tí, entrar en una habitación en medio del invierno y sentir que eres como el sol, no querer ser como ellas sino que ellas quieran ser como yo. Pensamientos infantiles donde la bella durmiente despertará en medio de la crueldad despiadada de la fiera travestida en delicado cuerpo de mujer deseable. Desprender luz blanca propia en un mundo donde predominan los neones que fluctúan hasta el rojo, el rojo demoníaco que infecta unas mentes predestinadas a sufrir proporcionando goce y con la efímera promesa de resplandecer momentáneamente iluminando su entorno. Si al espectador le basta el flujo de imágenes, perfecto, podrá disfrutar. A mí no me basta, es más, con independencia del mayor o menor acierto en lo que se cree contar y la forma de contarlo, me sobran los 30 últimos minutos, como todo es esta película, el abuso termina contaminando algún logro mínimo para convertir la película en un acto prescindible de exhibición.



Estados Unidos, 2016. Título original: The Neon Demon. Director: Nicolas Winding Refn. Guion: Nicolas Winding Refn, Mary Laws, Polly Stenham. Fotografía: Natasha Braier. Duración: 117 minutos. Productoras: Coproducción USA-Francia-Dinamarca. Música: Cliff Martinez. Montaje: Matthew Newman. Diseño de vestuario: Erin Benach. Diseño de producción: Elliott Hostetter. Intérpretes: Elle Fanning, Keanu Reeves, Christina Hendricks, Jena Malone, Bella Heathcote, Abbey Lee, Desmond Harrington, Charles Baker, Jamie Clayton, Cody Renee Cameron, Lucas Di Medio, Karl Glusman, Chris Muto, Collin Lee Ellis. Presentación oficial: Festival de Cannes 2016.