viernes, 23 de septiembre de 2016

THE LAST OF US (Ala Eddine Slim, 2015)

THE LAST OF US (Ala Eddine Slim, 2015)

León de oro del futuro en el reciente festival de Venecia dentro de la semana de la crítica, quizás sea un galardón que exceda de los méritos, que los hay, de esta película, aunque desconociendo a sus competidoras sería injusto dudar que haya sido la mejor de las existentes en esa competición. Dinero tunecino, qatarí y de los Emiratos Árabes Unidos para un relato que, partiendo de lo convencional, pero siempre con un adecuado y personal tono visual, deriva, a mitad de la historia, hacia algo muy distinto, más simbólico, más irreal, más, si se quiere, trascendental. El último de nosotros no deja de ser el relato de un éxodo, del interminable camino emprendido por aquellos que abandonan tierra, casa, familia y amigos en busca de un lugar donde, por lo menos, se garantice lo básico para sobrevivir. Nuestro joven protagonista mantiene la mirada fija en puntos inalcanzables, la mirada hacia delante, como si aquello que no se ve escondiera una realidad más deseada que contrastada. Dividida en dos partes fracturadas, la película se mueve desde el largo viaje por el desierto al movimiento continuo en un entorno que no cambia. Si seguimos el caminar de una pareja cuya silueta  se dibuja en el horizonte del desierto, que se guía por una brújula, que se transformará objeto inservible en la segunda mitad del relato, y por los tendidos eléctricos para llegar a uno de esos lugares imposibles en los que hay gente que se asienta en mitad de la nada, ese camino es el largo deambular en busca de una luz que no llega, la luz de la civilización.

Este joven consigue llegar a un espacio donde su presencia pasa inadvertida por indiferencia, ha llegado a una ciudad donde sus paseos en medio de la gente ni mueven a la solidaridad ni modifican el semblante del inmigrante. Su obsesión es el mar, sentarse y contemplar. Así comprenderemos que el mar no es el recipiente en el que sumergirse  sino el espacio a atravesar hasta llegar a su destino. ¿Cómo llegar y cómo sobrevivir? Si en tierra firme ha de compartir espacio con los gatos callejeros y deambular sin rumbo por las callejas de una ciudad norteafricana a la espera de la decisión que le permita aventurarse en el mar, su propósito de atravesar la frontera imaginaria que separa África de Europa se antoja misión imposible- El ojo ya ha quedado prendado por las primeras pantallas digitales, ese ojo deslumbrado viajando en la parte trasera de una furgoneta hacia la ciudad portuaria, rebasado a izquierda y derecha por el tráfico contrapuesto a la soledad del desierto. En el momento que nuestro protagonista se adentra en el mar, el relato muta, precedido de una carta donde las formas geométricas móviles acompañan a las palabras, se anuncia ese cambio de perspectiva, de lo físico a lo espiritual, de la huida hacia la ciudad al deseo de armonizarse con la naturaleza, de fundirse y convivir con ella.

El desembarco implica un cambio de dimensión, en el viaje han ocurrido cosas que quedan en elipsis, el territorio al que se llega ni es mejor ni peor que el abandonado, en vez de desierto, bosque, pero la misma soledad, el mismo carácter inhóspito del entorno, la incomunicación y la sensación de pérdida. El joven, ayudado por un anciano, comienza a convertirse, un hombre blanco y un hombre negro, consecuencia del polvo y la suciedad se confunden, no hay razas ni colores, sino aprendizaje y ayuda para sobrevivir. Es el retorno del hombre al estado de naturaleza, respetar el entorno para sobrevivir, ser cruel para comer y luchar con otras especies dominantes para controlar el territorio. Cuando el viejo hombre muere el relevo está garantizado y el aprendizaje asumido y la historia retoma ese estado inicial de permanente deambulación, de camino sin fín y sin destino, como si pararse supusiera morir o desaparecer. El bosque es el desierto inicial, pero ahora no perseguimos la luz, sino que la luz nos sigue a nosotros, es el protagonista el portador de una nueva luz donde el viaje, más que a través del espacio, lo es a través del tiempo, retrocediendo hasta la fuente primigenia, el agua como elemento de origen y fin con el que fundirse en un todo. El movimiento continuo a lo largo de una especia de purgatorio a la espera de descubrir el lugar perfecto para trascender, hombre y naturaleza fundidos hasta transformarse en una sola cosa. Pese a su duración contenida la propuesta se termina haciendo larga, pero reconozco el valor de introducir lo sensorial en algo que venía anunciándose solamente como el enésimo retrato del cruce mortal del Mediterráneo.