miércoles, 21 de septiembre de 2016

TAKE ME HOME (Abbas Kiarostami, 2016)



TAKE ME HOME (Abbas Kiarostami, 2016)


No resulta fácil descubrir hasta dónde ha llegado la mano de Kiarostami en esta su última, oficialmente, obra o si la idea ha sido concluida con posterioridad a su muerte. Su fallecimiento el 4 de julio nos ha hecho más pobres culturalmente, ésta es una realidad incontestable, su manera de mirar la hemos perdido para nuevas obras, pero siempre nos quedará su creación, su sensibilidad a la hora de reflejar lo que pasa sin que, aparentemente, pase nada. Su cine llegó a España gracias al necesario instrumento de los festivales, concretamente gracias al festival de Valladolid, allá por los 80, y provocó las reacciones que todo gran creador debe suscitar, amor y desprecio, fervientes seguidores y absolutos detractores. Esas polémicas que apenas se dan ahora, adormecidos e indiferentes ante tanto desánimo generalizado, pero el cine de Kiarostami nos enseñó una manera diferente de expresarse, de contar, y tras él vinieron muchos otros creadores iraníes que vieron abiertas las puertas de la exhibición en España, aunque décadas después, se hayan cerrado casi absolutamente.
    

FUTURE RELOADED. CORTO KIAROSTAMI VENECIA,70



“Take me home”, presentada en el último festival de Venecia, es un divertimento, un largo plano en el que una pelota de fútbol (simulación informática), cobra vida y emprende una interminable huida sin destino escaleras abajo, unas escaleras que no terminan y con las que no sabemos si trata de fugarse o de provocar la reacción de su dueño, un niño que una y otra vez sale en persecución de esa pelota. Hace tres ediciones, y para el propio festival de Venecia, Kiarostami recreó “El regador regado” de los Lumiére y del cine mudo clásico mediante la introducción del necesario elemento infantil. Tan naïf y sencilla como aquélla, ahora Kiarostami elabora un producto más cuidado, más complejo, de rabiosa arquitectura de espacios pues las imágenes, en las que dudamos si estamos ante una filmación o ante una sucesión de fotografías tomadas por el propio director en las que se inserta el movimiento de la pelota, sirven para mostrarnos un sinfín de escaleras urbanas de ciudades no nombradas del sur de Italia. El blanco que todo lo invade y lleva al ojo al inevitable contraste de innumerables grises que conforma el blanco y negro, las texturas justas para adivinar el calor circundante y la frescura de una sombra en el verano mediterráneo, el juego de romper el plano frontal mediante la introducción de un plano lateral o de la proyección de esa pelota descendente en una sombra en una pared iluminada por el sol.




El referente a Lamorisse y su globo rojo resulta inevitable, como el negativo asimétrico de aquélla, Kiarostami elimina el color, si allí el globo volaba, aquí está en permanente contacto con el suelo, si allí ascendía aquí desciende, si el globo rojo seguía la niño, aquí la pelota blanca se mueve separándose de su dueño hasta que se deja atrapar por el mismo. Un niño, una pelota y unas escaleras bastan para forjar una historia muy mínima pero muy sentimental, una historia para descubrir un espacio y el juego urbanístico de los espacios en pendiente, todo ello y un gato nos bastan para disfrutar durante 15 calurosos y tozudos minutos. La resonancia del título, una vez fallecido el director fuera de Irán parece preludiar su deseo último, ser despedido, como lo fue y con el respeto que lo fue, en su país.