domingo, 18 de septiembre de 2016

MALARIA (Parviz Shahbazi, 2016)

MALARIA (Parviz Shahbazi, 2016)


La malaria produce síntomas muy variados, empezando con fiebre, escalofríos, sudoración y dolor de cabeza. Además pueden presentarse náuseas, vómitos, tos, heces con sangre, dolores musculares, ictericia, defectos de la coagulación sanguínea, shock, insuficiencia renal o hepática, trastornos del sistema nervioso central y coma. La fiebre y los escalofríos son síntomas cíclicos, repitiéndose cada dos o tres días. Es una enfermedad que acompaña a la historia de la humanidad, debilita el cuerpo y debilita las defensas hasta producir, en muchas ocasiones, la muerte, asociada, sobre todo, a personas con pocos recursos. La malaria de este título es el nombre de un grupo musical pop-rock iraní, pero es la metáfora del ambiente de miasma en que se desarrolla la vida diaria de los iraníes. Periodos de alegría, de olvido de la realidad mediante una aparente modernidad que, de repente, como un brote de fiebre, nos revierte a la realidad de la falta de libertades, de la existencia de una policía de la moralidad, del sojuzgamiento del libre desarrollo de la personalidad a los caprichos dictados por ulemas y ayatollás en base a interesadas interpretaciones del Corán. Y siempre, en el objetivo, unas víctimas que sufren más que otras, las mujeres y su papel en el mundo islámico radical.
El cine iraní se caracteriza por su sutileza a la hora de reflejar tanto la vida diaria como la tragedia del individuo asfixiado por ese entorno de opresión religiosa y familiar. Para muchos, estos rasgos distintivos son suficientes para desertar de la experiencia de asomarse a una filmografía extensa y ambiciosa dentro de su precariedad. Al reto de afrontar una tarea como la creación artística, se une el de sortear la censura, manteniendo en las imágenes el suficiente tono crítico cuando lo que se quiere contar no deja de ser un reflejo de una sociedad controlada dictatorialmente, y en la que el poder del estado se une al peso de una tradición que ha mutado de una aparente occidentalización e igualdad de sexos bajo la dictadura del Sha, a colocar a la mujer en un plano de sometimiento sin salida en la república islámica. Shahbazi logra su objetivo, crítica política y desigualdad por género, aunque para ello tenga que valerse de mecanismos artificiosos como el de situar en acción a un grupo de jóvenes músicos que harán de protectores milagrosos y temporales de la pareja que forman Mori y Hanna, escapados de su hogar contra la voluntad del padre y la familia de Hanna, quienes han decidido otro futuro para la joven. Shahbazi decide que la esperanza de un cambio en su país está en la juventud, una juventud masculina que nada difiere, en su estética, de la occidental, pero el desequilibrio es patente al observar a sus compañeras femeninas.

Una película que se abre con un sintomático plano fijo de unas manos enguantadas que manipulan un smartphone en lo que adivinamos una comisaría de policía. Es un teléfono que nos conecta con el final de la película mediante una elipsis en la que vamos a ver las grabaciones que la joven realiza de manera enfermiza con su artefacto y en la que se van a rellenar los vacíos con el recorrido de esa pareja durante apenas un par de días en los que se desarrolla la acción. Los primeros planos que continúan tras la manipulación policial revelan, sin palabras, un homenaje expreso a la obra de uno de los más grandes cineastas de los últimos 25 años, Abbas Kiarostami, quien toma protagonismo silencioso y puntual mediante el reflejo del paisaje iraní en una de las grabaciones de la mujer durante su viaje de huída. Hanna rueda a su novio para detenerse en el paisaje, ella habla de si le gusta su pelo largo y suelto, algo que no vemos para no ofender al censor pero que oímos como un gesto de libertad. En esa grabación advertimos la famosa Z paisajística de Kiarostami, el camino que zigzaguea para ascender una colina, el camino por el que a través de los olivos seguíamos la insistente caminata de otra pareja. Una huída, la de Mori y Hanna, hacia adelante y hacia atrás, sin ascender en este caso, una z permanente donde a la esperanza sigue el desánimo absoluto.

Nos paseamos por Teherán bajo la permanente angustia de ser sorprendidos, tras una llegada a la capital gracias a la ayuda del tercer protagonista de la historia, el guitarrista y cantante del grupo Malaria, Azi, ciudad en la que piensan que será más fácil ocultarse  que en las cercanías de su residencia, la sospecha de que se trata de una pareja de fugitivos, no casados, no empadronados en la capital, les cierra hoteles, les expulsa a las calles de una ciudad inhóspita en la que la delación une el miedo ciudadano a la reacción policial con un compromiso religioso de que lo que los jóvenes están realizando no está aprobado por la autoridad, convirtiéndose la sospecha en delictiva para Mori y letal para Hanna si cae en manos de su padre y su hermano. Shahbazi juega al uso de imágenes mixtas en la realización de la película, el teléfono móvil como nueva herramienta de rodaje, como inmediata posibilidad de recoger aquello que vemos pero que, de otra manera, sólo podríamos transmitir mediante la palabra. El deambular de la pareja por la ciudad se acomoda, se vuelve festivo e ilusionante cuando el grupo de músicos les adopta y les permite unirse a ellos en lo que no parece dejar de ser una performance continua, en la que mujeres y hombres se relacionan con igualdad aparente, en público, van a fiestas, se maquillan, ríen, bailan.......pero siempre con la obligación del velo y la camisola que cubra los muslos para ellas. Un espejismo puntual y nada realista.

El mismo instrumento que permite a Hanna conectarse a la modernidad es el que facilita a su familia localizarles en Teherán. La solidaridad de Hanna y Mori con los demás se relativiza, porque el riesgo de cárcel se complementa con el riesgo de muerte. El honor familiar mancillado sólo puede repararse mediante la exterminación de quien lo ha provocado, "sólo hay un camino para que vuelvas a casa, muerta", es la última frase airada que un padre fuera de sí dice a su hija mediante una videollamada cuando ésta persiste en su idea de mantenerse junto al muchacho. Ese instrumento tecnológico que al tiempo que nos cuenta una historia de ficción nos refleja la vida diaria de una ciudad ambivalente y de una sociedad esquizofrénica entre la libertad y la religión, una ciudad de modernas avenidas, comercios, vehículos, en la que la presencia policial es constante, donde mujeres y hombres van separados, y donde muchas de las mujeres jóvenes llevan el velo de maneras imposibles para descubrir lo más que pueden su cabello. Una ciudad donde un grupo rock que actúa en la calle con una mujer a la batería se contrapone con el vendedor callejero o con quien lava a un león en plena calzada para divertimento de los viandantes, una ciudad en la que se desata el júbilo colectivo al coincidir el rodaje con la firma del tratado multilateral entre Irán y la ONU en relación con sus investigaciones nucleares. Asistimos a esa situación del mismo modo que Panahi rueda la vida diaria incluso en su "no película", el director la aprovecha para mostrarnos esa dualidad continua de un país oprimido pero que vive como un triunfo nacional algo que no deja de ser una imposición externa.

Huir una y otra vez, de manera permanente. Ocultarse y mantener la perspectiva de una fuga constante (con una excepcional manera de fijarse en los rostros como ya hacía Rafi Pitts en El cazador), alejarse de la capital cuando las ayudas han ido cayendo y la policía ya sabe que dentro de la urbe se esconde una pareja joven que ha desafiado las normas sociales. Y no cae Shahbazi en la ñoñería del relato amoroso, de la pasión desenfrenada, del melodrama ridículo. No, Shahbazi se centra en la huida, en la angustia, en las consecuencias de esa huida si es abortada. El director resuelve de manera magistral la duda, dejándonos ante la posibilidad de escoger varios finales para la historia. Un lago, una cámara y una barca vacía a la deriva nos muestran la única salida posible para esta joven pareja cuyas relaciones íntimas quedan más que en un alejadísimo fuera de campo. Dudaremos incluso si son novios, a su asepsia emotiva pública le sigue un pudoroso silencio cuando se encuentran en la intimidad de un refugio, elipsis seguramente obligadas por un régimen censor que no toleraría la más mínima licencia de contenido sexual o erótico, aunque fuera oral y no con imágenes. Ya basta con que la pareja haya desafiado el orden establecido como para que, encima, asistamos públicamente a la consumación de su pecado. A Hanna sólo le queda convencer a su madre para obtener el perdón, por eso esa llamada no aceptada sólo puede venir acompañada de una lágrima asomando en los ojos de la joven. Si la solidaridad femenina ha desaparecido no cabe esperar ninguna ayuda externa. Otra notable película iraní sobre la necedad humana y el desorden que produce mezclar religión con razón. Las teocracias producen, necesariamente, pesadillas.

MALARIA, Irán, 2016, Intérpretes: Saghar Ghanaat,  Saed Soheili, Azarakhsh Farahani,  Azadeh Namdari. Director: Parviz Shahbazi. Guión: Parviz Shahbazi. Fotografía: Hooman Behmanesh.Montaje: Parviz Shahbazi.Músiac: Azarakhsh Farahani & Siavash Asadi. Producción Manger: Majid Goodarzi. Productor: Masoud Radaei. Presentación internacional: Festival de Venecia 2016.

TRAILER DE LA PELÍCULA