lunes, 26 de septiembre de 2016

LOS NADIE (Juan Sebastian Mesa, 2016)





LOS NADIE (Juan Sebastián Mesa, 2016)

« Más o menos en 2010, cuando todavía estudiaba en la Universidad de Antioquia, había un muerto todos los días en cada esquina y no se podía andar en moto porque la policía te detenía constantemente. Vivíamos como en  una ciudad en blanco y negro, sin ningún sentido. Y fue ahí cuando decidí largarme con un amigo y viajar. Estuvimos cuatro meses bajando por Suramérica hasta llegar a Chile y Argentina y luego regresamos. Así conocí esta gente joven que se mueve de país en país sobreviviendo gracias al circo, a los malabares, al arte callejero. Volver fue un choque tan  tremendo que me senté a escribir Los Nadie…”. Juan Sebastian Mesa a la revista Arcadia.


Pasarlo «chimba», hacer algo que en su ciudad resulta imposible conseguir. Vivir mejor con menos aunque sea lejos de casa. Un grisáceo blanco y negro acompaña a los cinco personajes de esta película, jóvenes rondando la mayoría de edad en continuo desafío con sus padres y en continua desubicación con su entorno. Planeando un viaje hasta el sur del continente, de Medellín a la Patagonia argentina, da lo mismo cómo y hasta dónde, lo importante es viajar, vivir el Macchu Pichu, perderse en Ecuador, atravesar Bolivia, conocer gentes y culturas con las que poder conversar en una lengua común. Y todo porque las expectativas diarias se convierten en meras búsquedas de no pensar, que casi nada atrae y casi nada convence, y lo mayoritario puede ser más peligroso que no hacer nada.


El grafitti, los tatuajes, las plantas de marihuana, el arte callejero en los semáforos, los grupos de música punk-rock, y poco más. La matrícula en la universidad no deja de ser una excusa para salir de casa a diario y ver a los amigos, aunque para ello tengas que quedarte durmiendo la siesta en el suelo hasta que las revueltas de los estudiantes te despiertan y te recuerdan que eres hija de la burguesía, tu, Manu, porque tus colegas la Mona, el Rata, el Mechas o el Pipa, andan a la que salta, lo mismo te hacen un tatuaje que te hacen malabarismos en un instante, igual beben hasta perder el sentido como pasan días sin probar el alcohol porque el dinero no llega, tu, a la que tus padres permiten todo, menos ser diferente, mientras que tus amigos antes que divertirse tienen que pensar cómo sacar lo básico para ayudar a sus familias o hacerse pasar por buenas cristianas mientras preparan la huida o se acuestan con el novio rodeados de estampas religiosas. Los nadie también pueden ser la nada, la nada aparente de una juventud para la que todo es un desafío inmenso porque se encuentra muy lejos de lo que interesa, una nada ambivalente, porque la ciudad permite el desahogo pero no el reconocimiento de otros latidos alternativos. Ya sea contra la policía, o contra los grupos de autodefensa vecinales, nuestros jóvenes son siempre sospechosos.



En la película de Mesa hay dos mundos que no pueden conectar, el de los adultos y el de los jóvenes, como existe el de la juventud sumisa y el de la juventud violenta a los que no quieren pertenecer. No es tan complicado entender a ambos, pero sin la rebeldía y la curiosidad de los segundos, nunca existiría la posibilidad de inventar, de descubrir, de sentir. Cuando Manu soporta la bronca de su padre la cámara rompe los espacios y establece separaciones invisibles pero insalvables para las tres personas, incluida la madre, en tierra de nadie, encuadradas entre paredes, pasillos y ventanas, parcialmente ofrecido su cuerpo, el espacio común se blinda para que la rebeldía de una no entre en contacto con la reacción del otro y viceversa. Como cuando el Mechas y el Rata ascienden a su barrio en las zonas más deprimidas y peligrosas de Medellín, lo hacen con miedo, a la vuelta de cada esquina se respira la sensación de peligro, un peligro indefinido que tanto puede provenir del narco como de la policía o del simple ratero. Los descensos hacia la zona baja, la zona «bien» de la ciudad, son más alegres, permiten hacer planes sobre ese viaje que está próximo sin necesidad de mirar bien en cada esquina.



No hay cambios sin sueños, como no hay sueños sin esperanza, los sueños de estos jóvenes llegarán para unos y para otros se postergarán. El sueño de visitar los lugares míticos del continente porque hay la esperanza de sentirse vivos, cada uno con un objetivo, cada una con una expectativa. Si la película no fuera buena, que lo es, bastaría una sola escena para haber justificado la experiencia. En la frustración de Mona, la única menor de edad del grupo y que teme perder a Pipa por el viaje de éste y las dificultades para acompañarle, la joven busca desesperadamente la presencia del muchacho y en cada lugar encuentra una negativa. Una lágrima asoma por su mejilla mientras oímos una canción, de las pocas que no tienen ritmos punk, «tu llegaste cuando menos esperaba, ¿qué te pasa corazón?», mientras los ancianos, los adultos de una terracita de un bar contemplan a la muchacha con los ojos de quien ya lo vió todo y de quien nada espera de la vida. En paralelo, el director nos eneña dónde está Pipa. Los infundados celos de Mona se transforman en la noche de un grafittero que recorre Medellín dejando su huella, y un travelling lateral le sigue mientras deja una larga línea longitudinal en una pared. La pintura se precipita y lo que era una línea comienza a rebosar y derramarse, dejando un reguero hacia el suelo, el grafitti llora, los jóvenes también sienten y sufren, sobre todo estos que han decidido no pandillear, llevar una vida normal pero sin pensar en serio en el mañana. Ni delinquir ni estudiar, parcheando el presente a la espera de un mejor futuro que no se puede encontrar a la puerta de casa y que hay que salir a buscar, aunque sea a miles de kilómetros de distancia. Pasarlo «chimba» y dejar de ser unos «gonorreas», otro ejemplo de cine pequeño en presupuesto y grande en perspectivas procedente de Colombia.

TRAILER