miércoles, 28 de septiembre de 2016

LA IDEA DE UN LAGO (Milagros Mumenthaler, 2016)




LA IDEA DE UN LAGO (Milagros Mumenthaler, 2016)

Ahora lamento no haber escrito entonces sobre la primera película de Mumenthaler, la excelente “Abrir puertas y ventanas”, de 2011. Y lo lamento porque su segunda película, “La idea de un lago”, resulta tan fascinante y redonda como la primera. Han pasado cinco años, pero los espacios, las elipsis, los tiempos, se mantienen en un relato marcado por las ausencias. De aquellas hermanas a esta mujer en tránsito hacia una nueva vida se puede colegir una invisible línea argumental que las une, la idea de una pérdida, de una ausencia o de varias, que marca los destinos sentimentales y vitales, una ausencia que obliga a Inés, nuestra protagonista, a rellenar esos espacios de todas las maneras posibles, desde los imaginarios a los recreados, luchando contra el tiempo y el olvido, refrescando la memoria de un instante para mantener viva una idea, en concreto recreando una fotografía, la única que conserva de ella con su padre.

La idea de un lago es la idea de lo que no pudo existir y se magnificó desde el recuerdo, contada desde el presente y con continuos cortes que nos devuelven al espacio de la niñez, no entendidos como flash-backs sino como conjunto de emociones, Inés imagina y rememora aquellos escasos momentos que su memoria mantiene en compañía de su padre, aquellos otros en los que la casa del lago y el propio lago, ausente ya el padre, contenía su presencia y su legado, nos recuerda el momento en que comienza la formación de su propia idea de familia y se sumerge de lleno en el presente de la protagonista. Inés (Malena Moiron niña y Carla Crespo de adulta), fotógrafa de profesión, empeñada en preservar la memoria, afronta el pasado como un trabajo del que extraer imágenes, son las viejas fotos familiares las que le permiten ir manteniendo vivo un recuerdo, un recuerdo que la cámara consigue reflejar como mantenido en el resto de su familia, pero de otra manera menos apasionada, menos expuesto, más contenido y resignado, pero no menos doloroso.

El lago no deja de ser el padre, los alrededores de Villa La Angostura, los lagos de la zona de Bariloche, la naturaleza, el bosque donde esconderse, son lugares de refugio, lugares donde nunca se va a sentir el miedo porque es donde se materializa mejor el recuerdo, donde la imaginación se vuelve libre y portentosa para recrear, sonando la canción “song, song blue” de Neil Diamond, un imposible juego acuático entre la Inés niña y un viejo R4 que representa al padre ausente. El dolor de esa pérdida, con la que no se juega desde el lado político,  aunque la desaparición sorpresiva y la fecha de 21 de marzo de 1977 nos sitúa en un referente histórico ineludible, marca a todos los personajes, pero no a todos por igual. Un pasado histórico que no se analiza como referente de cine político, sino a través de las heridas dejadas y la necesidad de, al menos, recuperar lo que quede de ese padre. Condenada a esa desaparición forzada, parece que Inés se compromete a sufrir lo mismo que han podido sentir sus padres mediante la renuncia a una pareja a la que todavía se quiere, como si quisiera transmitir a su futuro hijo la sensación de soledad que ella misma sintió al advertir que su padre no iba a volver, pero mientras para Inés la ausencia es irrevocable y se trata de luchar contra el olvido y la pérdida, para la madre (Rosario Bléfari) es algo de lo que no se habla, pero respecto a lo que se mantiene un halo de esperanza manteniendo la documentación con el estado civil de casada o imaginando que cualquier paseante con sombrero vaquero por la calle puede ser su marido 30 años después.
Una larga escena nocturna se culmina con una doble visión, una visión de ensoñación, de negación de la realidad que vemos por la que deseamos, donde las linternas que nos buscan se transforman en las imágenes tridimensionales de una ecografía del hijo que espera Inés. Son las imágenes visionarias del tránsito de la niña hacia la adolescencia, la etapa en la que precisa de la idea de un padre que no la ha abandonado, que repite sus comportamientos hacia ella como una moviola almacenada en el cerebro dispuesta a ser activada ante la necesidad de hallar un refugio seguro, un referente emocional al que acudir para sentir un calor necesario. Abandono y reencuentro que Inés proyecta hacia los seres masculinos que se cruzan en su vida, los necesita, pero no de continuo, los quiere, pero no para permanecer junto a ellos para siempre. Como si la vida fuera una lucha constante para definir los perfiles más reconocibles de alguien, Inés aumenta el tamaño de las fotografías en las que aparece su padre para seguir el curso de sus rasgos, embeberse en una figura que ha alcanzado la mitificación del explorador pero que, si no se refresca, termina difuminándose en el recuerdo, como su propia visión de sí misma en la infancia, que queda velada por el propio aliento de la protagonista, un manto sobre la cámara que permite a la niña desaparecer de nuestra visión mientras el espacio permanece incólume.

Al final la realidad de una niña que llora y de un viejo R4 flotando solitario en medio de un lago son el reflejo más cercano a la realidad que Inés no quiere reconocer en su totalidad, expuesta su intimidad en un libro, expuestos los fantasmas y los recuerdos, quedan los hechos reales y prosaicos, el espacio vacío de lo que fue lo mejor de una vida inventada. Una película donde todo funciona y todo mantiene una contención admirable, donde las actrices sustentan el peso con generosidad, donde la banda sonora acompaña perfectamente las texturas envejecidas de las imágenes como si todo el pasado lo viéramos en viejas grabaciones caseras de super 8, un ejemplo de un tipo de cine alejado de los clichés del cine argentino acostumbrado a exhibirse en España, y alejado del que el espectador suele querer ver. Una lástima, porque hay mucho de interesante en lo que propone Milagros Mumenthaler en su cine.
La idea de un lago. Argentina-Suiza. 2016. Directora: Milagros Mumenthaler. Guión: Milagros Mumenthaler del libro “Pozo de aire” de Guadalupe Gaona. Productoras: Alina film Sarl, RTS Radio Télévision Suisse, Ruda cine. Producción: Eugenia Mumenthaler, David Epiney, Violeta Bava, Rosa Martinez Rivero. Fotografía: Gabriel Sandru. Sonido: Etienne Curchod. Dirección de Arte: Sebastian Orgambide. Actores: Carla Crespo, Rosario Bléfari. Duración: 82 minutos. Premiére: Festival Locarno 2016.