martes, 9 de agosto de 2016

VIOLA, ROSALINDA (Matías Piñeiro, 2010, 2012)




VIOLA- ROSALINDA (Matías Piñeiro, 2012, 2010)

Cuentan las crónicas de Locarno que Piñeiro la ha vuelto a liar, que sus Shakespeares filmados con acento porteño están creciendo paso a paso, película a película. Tomando como apoyo hablado los textos del inglés, nada suena a aprendido ni a falso, funciona con la lógica aplastante de las palabras cualquiera que sea el contexto al que se apliquen, siempre y cuando se sepa cuál es el objetivo, y no hay duda de que éste ha sido subrayado en rojo antes de empezar la aventura. Jugando a la comedia, el inglés desnuda la psicología humana, y el director argentino lo aprovecha con un elenco de actores de insultante juventud y enorme destreza, donde las mujeres asumen los roles principales, aunque tengan que hacerse pasar por hombres o interpretar papeles de hombres directamente. Fue con Rosalinda en el año 2010 cuando Piñeiro empieza a afrontar un proyecto que llega hasta la actualidad, a su “Hermia y Helena”, aunque contaba con el precedente de “Todos mienten” del año 2009, donde surge el hechizo con el teatro a través de la obra de Sarmiento. Lo que se rueda como un ensayo de la obra de teatro “Como gustéis” proporciona a Piñeiro el material de futuro, la idea de un proyecto, el juego del equívoco, del tiempo, del espacio, del sexo travestido, de las visiones del amor.



Es verdad que “Rosalinda” se va adormeciendo cuando el esquema se torna repetitivo, le falta la chispa tanto de “Viola” como de “La princesa de Francia”, pero es interesante en cuanto que crea los cánones a mejorar sin olvidar el precedente. En una finca de El Tigre, un grupo de jóvenes ensaya la obra mientras el juego de seducción inherente a la pieza teatral va adueñándose de los propios actores hasta hacerles confundir realidad e interpretación. Personalidad y disfraz hasta el punto de confundir quién es uno y quién es su reflejo, una mujer se disfraza de hombre para poder hablar con el hombre que ama, Rosalinda y Orlando, y al hablar con él le pide que la trate a ella (que está disfrazada de hombre) como si fuera la mujer que él ama (y que no deja de ser ella misma), un retorcimiento de situación en la que ambos se aman, pero ninguno se atreve a decirlo al otro directamente, donde lo importante es conseguir superar el enamoramiento visual, engrandecerlo, mediante el enamoramiento de la palabra y el comportamiento. De loco estado de amor a un cuerdo estado de locura, el cine de Piñeiro habla del amor y sus consecuencias, de las infidelidades y engaños, de las estrategias de seducción con armas del siglo XVII infinitamente trasferidas generación a generación. Qué ejemplo mayor de contrasentido que una mujer travestida en hombre, enseñe a ese hombre  a amar a esa misma mujer que no se descubre como tal, es el juego de la inteligencia femenina frente al gris comportamiento macilento del hombre que reniega de sus males de amor sin buscar una solución, un hombre que es verano mientras se enamora e invierno una vez que consigue su amor mientras la mujer vive en permanente primavera.



De este germen shakesperiano surge la necesidad de ahondar en el experimento, seguir explorando los caminos abiertos mezclando teatro con vida. Como dice Piñeiro, “hacer a Shakespeare sin que se note”. Esto no es verdad, cualquiera que sea amante de la cultura reconocerá, si no a Shakespeare en concreto, el referente literario exquisito e inmanente en las películas siguientes. Pero claro, no es Shakespeare quien marca el ritmo salvo en el lenguaje, porque al lenguaje se le une la imagen y el tiempo, de tal manera que no estamos ante teatro filmado, sino ante cine teatralizado. La artificiosidad de los diálogos vence el decalaje temporal con la búsqueda constante del equilibrio entre lo declamado y lo visual. El uso de soluciones plenamente cinematográficas proporciona un brillo especial al cine de Piñeiro. En un diálogo a tres dentro de un vehículo, que la actriz principal, en pleno episodio onírico, se abstraiga de la cámara y de manera constante mire a izquierda a derecha, a personajes que no vemos, y no pierda tiempo mirando donde no debería haber nada ni nadie, que es la cámara, de manera sutil e inteligente, dota de frescura e imaginación a lo que cualquiera hubiera resuelto con el consabido plano/contraplano. 

En la propuesta del director, secundado por su elenco de actrices extraordinario que no me cansaré de repetir, se arman escenarios paralelos a base de varios textos del escritor inglés (hasta siete), pero ahora se diferencia mucho más, y mucho mejor, el mundo teatral y el mundo real. Eso no significa que Piñeiro diferencie ambos hasta el punto de aislarlos, sino que el conjunto de la película se construye sobre dos mundos reconocibles a la perfección en los que el mundo teatral, el ensayo, el aprendizaje, la comunicación de la obra a montar, osmotiza la vida diaria de los personajes, de tal manera que, sin ser más que actores que estudian a Shakespeare, terminan convirtiéndose en personas cuya vida diaria se shakesperiza. La inclusión de lo que Piñeiro llama “giros megaartificiales” ahonda en el sentido del equívoco de los personajes y eleva con inteligencia el sentido de la comedia de la obra (obras) teatral porque es en la vida diaria cuando el sentido cómico del texto se supera (la escena ya apuntada del interior del vehículo no deja de ser una gran escena de comedia, de alta comedia), la comedia de los afectos y desafectos, de las dudas e inseguridades de la vida de pareja en el umbral de la estabilidad o del derrumbe, porque en los diálogos entre Olivia y Bassanio se sientan las bases de las dudas que Viola mantendrá a lo largo de la película respecto a su relación con Javier, dudas que de la vida real saltan a la literatura y viceversa.


Estamos ante un ejemplo de condensación extenuante, una idea original del director de 97 minutos que, sucesivas relecturas dejan en apenas 65, 65 minutos con pocos respiros sin diálogo, con idas y venidas de la misma acción a través de diferentes personajes (idea retomada en La princesa de Francia), o reiteraciones cada vez más apocopadas del mismo texto que producen un efecto embriagador en pos de la rendición de las resistencias amorosas.  Juegos de amor correspondido o no, son aprovechados por el director para introducir el juego “metalingüístico”, hablar de la interpretación, de a quién va dirigida la misma, a quién se ofrece el actor que interpreta, o para mostrar las nuevas formas de ver cine. No deja de ser paradójico que un director de cine sitúe a dos de sus personajes como oportunistas creadores de una empresa que se dedica a vender copias de cualquier película o música extraída de internet. La comercialización de la piratería para beneficio propio como ejemplo del consumo cultural individualizado y asocial, el servicio a domicilio de productos no comercializados que, en definitiva, proporciona a Viola la excusa para conocer el remedio a sus dudas, personas que, a su vez, intentan crear música y ganar dinero con ella, el rizo del rizo del absurdo industrial cultural reflejado con breves pinceladas en una película que, en su esencia, habla de otras cosas muy diferentes.

“Hacer algo sin hacer nada que sería hacer mucho”, algo así sucede en el cine de Piñeiro, parece que nada sucede, que todo es muy fácil y ligero, pero todo está en permanente mutación. Como en el cine de Sang soo, las pequeñas variaciones significan enormes cambios internos en los ritmos de la película, y diferentes significados globales. Lo que parece una cosa, en la escena siguiente puede cambiar de significado, lo que parecía sólido transformarse en inestable, si dice Shakespeare que “no es costumbre que las damas hagan el epílogo”, frase con la que Piñeiro viene a decir que la obra es su creación por más que la interacción con las actrices, sobre todo con estas actrices, sea mayúscula, la verdad es que son las mujeres del cine de Piñeiro las que dirigen la acción y el devenir de los personajes, son tan importantes que hasta asumen los papeles masculinos anulando resistencias con su voz, su fraseo y su mirada, dulces seres que esconden el veneno del amor y provocan sucesivos apagones emocionales o tormentas de alto contenido erótico con la simple palabra como en la escena de la seducción de Cecilia (Olivia) a Sabrina (Bassanio). Gran cine argentino, gran director en proceso de consolidación. A la espera de su última película para certificar su excelencia.


Rosalinda (Argentina, 2010), de Matías Piñeiro, c/ María Villar, Alberto Ajaca, Agustina Muñoz, Esteban Lamothe, Alejo Moguillansky, 40'.
 Viola. Guión y dirección: Matías Piñeiro. Argentina. Año: 2012. Formato: DCP. Color. Duración: 65 minutos. Reparto: María Villar, Agustina Muñoz, Elisa Carricajo, Romina Paula, Gabi Saidón. Fotografía: Fernando Lockett. Edición: Alejo Moguillansky. Dirección de arte: Agustina Costa. Sonido: Dana Ale, Emilio Iglesias, Francisco Pedemonte, Mercedes Tennina. Música: John Aylward, Julián Tello. Producción: Melanie Schapiro. Productora: Revolver Films