lunes, 1 de agosto de 2016

THE WHITE STORM (Benny Chan, 2013)



 
THE WHITE STORM (Benny Chan, 2013)



 Pocas ciudades pueden presumir en el mundo de tener un universo cinematográfico particular. Es más, pocas pueden presumir de tener un paseo de la fama sin ser Hollywood. Durante muchos años el cine, en Hong Kong, ha sido un método de propaganda y una fuerte industria. Ante el panorama futuro, señalado en el calendario para el año 2046, fecha de una hipotética reunificación a la China continental, el cine hongkonés mantiene intacta su peculiar concepción visual del género de acción, y junto al surcoreano, puede presumir de calidad, contenido, acierto y eficacia al reiterar, una y otra vez, tramas de narcotráfico, policías corruptos, mandos ineficaces. Un esquema simple pero solvente sin recaer en demasiadas profundidades psicológicas, aunque en ocasiones también sobresalgan, soportado por una serie de actores siempre creíbles, historias a veces muy manidas o artificiosamente alargadas para mantener un clímax ajeno a la mentalidad occidental, pero donde los aciertos superan a los errores.


Y como telón de fondo un decorado real que se convierte en personaje, el uso modélico de una ciudad medio europea-medio asiática que da soporte a la trama mediante la utilización de sus espacios de manera superlativa. Densamente poblada y densamente edificada, el cine hongkonés sabe reflejar el día a día de una urbe constreñida por el mar y la montaña buscando desde el reflejo de hormigón y cristal a la profusa presencia vegetal de un clima tropical. Exceptuando Nueva York, y quizás París y Roma, pocas ciudades son tan aprovechadas por su propia cinematografía para ser exhibidas y utilizadas como resorte narrativo. En esta tormenta blanca vuelven a salir todos sus iconos, y vuelven a ser convenientemente utilizados, su Temple Street en ambiente nocturno, sus rascacielos bancarios junto a los hormigueros desastrados, calurosos y sofocantes en los que se hacinan los habitantes de la ciudad, sus calles de dirección única, sus coches con el volante a la derecha, los montes que rodean la bahía y que permiten la visión de un panorama bello en el que predomina la destrucción del medio ambiente mediante la construcción sin límite, ni un metro cuadrado sin ocupar, sus azoteas desde las que los duelos interpretativos y armados se desarrollan a plena luz del día, su puerto, las persecuciones automovilísticas por calles y autopistas del primer mundo. Una ciudad mil  veces filmada y que mil veces después sigue sin cansar en su visión.



Probablemente la trama de esta “The White storm”, que hace referencia al blanco del polvo que circula por el sudeste asiático procedente del triángulo de oro, sea lo de menos, aunque no ha de ser mala cuando uno queda prendido de la misma desde el principio. Grupúsculos, grupos y macroorganizaciones criminales al servicio de ese tráfico que, muchos pensamos, podía ser fácilmente noqueado mediante la legalización de unas sustancias que, lo único que están produciendo, es, enfermedad por su consumo descontrolado y adulterado y estructuras de poder incontrolables para las que hay que destinar ingentes cantidades de dinero y efectivos en su lucha. En ese entorno, las brigadas de narcóticos se desenvuelven como pueden, y sobreviven del mismo modo, aplicando métodos muchas veces poco ortodoxos. El trío de protagonistas formado por Ching Wan Lau, como el inspector jefe Tim, Nick Cheung como el lugarteniente Wai, y un infiltrado en un cartel local,  Louis Koo en el papel de Chow, representan lo mejor y lo peor de la naturaleza humana en cada uno de sus papeles. Si algo honra al cine de policías hongkonés es su humanización, no dudando en mostrar su lado oscuro, incluso hasta criminal. Ambición, honor, amistad, traición, deber, desfallecimiento, al servicio de un ideal que, en más de una ocasión se resquebraja convirtiéndose en obsesión y pura venganza.



Si de algo puede estar seguro el espectador, a diferencia del producto norteamericano similar, es que el héroe no va a salir indemne de la cacería, que estos héroes no sufren pequeños rasguños sin importancia. Incluso se puede cuestionar su condición de héroes. La sangre hace creíble la evolución de los personajes y los humaniza, a veces en exceso, pero en ese exceso también se encuentra la seña de identidad de un cine para masas que no olvida su toque personal y su indudable calidad técnica y actoral. Acostumbrados a los pequeños traficantes de ciudad, cuando el trío se enfrente al verdadero capo, un chino afincado en Tailandia, el Buda de las ocho caras, la dificultad de la empresa resquebraja la amistad de los tres policías y les deja expuestos a sus intereses personales por encima de la meta conjunta ante un rival que les supera en medios e inteligencia. Habrá momento para la redención y la expiación, para el sufrimiento y el dolor, para asumir las consecuencias de los errores y remediar lo mal hecho mediante un último acto heroico y suicida. Un canto a la amistad por encima del tiempo, un estupendo equilibrio entre acción y drama, cuya perfección hubiera exigido mayor contención en los momentos de reencuentro y menor regodeo en el efecto prolongado de las escenas de tensión cara a cara, pero, en todo caso, un nuevo ejemplo de cómo, sabiendo de dónde se viene y hacia dónde se va, se puede conseguir un modelo de cine nacional exportable y con signos de identidad propios.


Título original: Sao du. 2013. Nacionalidad: Hong Kong, China. Director: Benny Chan. Música compuesta por: Nicolas Errèra. Guión: Benny Chan, Manfred Wong. Actores: Ching Wan Lau , Louis Koo, Nick Cheung, Hoy Pang Lo. Fotografía: Anthony Pun . Montaje: Chi Wai Yau . Duración:135 minutos