martes, 23 de agosto de 2016

QUERIDO DICTADOR (Dear dictator, 친애하는 지도자동지께, Lee Sang woo, 2014)




QUERIDO DICTADOR (친애하는 지도자동지께, Dear Dictator, Lee Sang woo, 2014)

¿Cómo manipular? ¿Cómo mentir? ¿Cómo faltar a la verdad mostrando la imágenes verdaderas? Una videocámara se introduce en los barrios depauperados de una ciudad sin nombre de Corea del Sur. Cerca de la frontera, pero en el sector occidental de un país dividido por razones geoestratégicas. Comunismo frente a capitalismo, o dictadura frente a otra dictadura que se ha ido reconvirtiendo, porque en el pasado muy reciente de Corea del Sur hay una sucesión de dictaduras y de represiones, ahora olvidadas y que conviene no recordar, para centrar el foco de atención en el vecino del norte, dirigido por una saga familiar que, a ojos occidentales, parece patética a la par que sanguinaria. La propuesta del actor, guionista y director surcoreano Lee Sang woo es provocativa, uno se imagina que habrá generado polémica en el país al desnudar la imagen de eficiencia tecnológica y recursos económicos. Usando la construcción subjetiva de la película desde el punto de vista norcoreano, un invisible pero presente espía se mueve por Corea del Sur grabando imágenes destinadas a la propaganda oficial del régimen, esas grabaciones han de mostrar lo peor del país vecino, su degradación, sus diferencias sociales, la brecha entre ricos y pobres. No es difícil encontrar en cualquiera de los países del primer mundo imágenes de injusticia, otra cosa es vender que ésa es la única realidad del país. Es decir, esas imágenes existen, cuestión diferente es si cabe generalizar las mismas, como hacen las dictaduras o los programas informativos vendidos al poder.

 

Deliberadamente fea (las imágenes en contrapicado, los destellos del sol, la imagen borrosa de la falta de enfoque por la luz), escatológica, incluso hasta desagradable, violencia, hambre, alcoholismo, abuso, bulling, frío, enfermedad, violencia sexual, integrismo religioso, machismo…van siendo filmados por este espía para generar un video de denuncia de la injusticia social del país vecino en contraposición a la idílica sociedad norcoreana. Sabemos que no es así, pero el ciudadano norcoreano solo sabe lo que le cuenta el poder y además tiene obligación de creerlo como verdad incuestionable, aunque a cambio, el surcoreano vive de espaldas a sus propios excluidos, generando bolsas de pobreza de aparente fácil solución pero que se opta por mantener en ghettos de exclusión donde no molestan ni se exige un remedio. Buk-seong, Young-rim y Woo-suk son tres jóvenes adolescentes  que viven en un barrio de casas humildes, en familias desestructuradas, un barrio marginal y olvidado por el poder, uno con un padre alcohólico y un hermano discapacitado, otro solo, el tercero con una madre superprotectora al borde de la indigencia, uno aguanta las palizas paternas, otro espera la llegada del hermano que es como un padre en sustitución del padre, el tercero es víctima de acoso escolar. La madre de éste pasa a convertirse en madre sustituta en el ánimo de los otros dos, y en medio la absoluta pobreza en la que se mueven, recogiendo vidrio, cartones, una vida en la calle sin aparente salida.


La espiral de violencia, anunciada desde un principio, va en aumento. Incluso la misma es alimentada por esa figura del espía que cada vez necesita mayores dosis de repugnancia en lo que graba para educar a sus compatriotas en las maldades del régimen capitalista. Ahí se introduce la doble manipulación, la del público al que va destinado lo que se graba, y la de los tres muchachos a los que se estimula su violencia para quedar esposados a una realidad que no sospechaban, que su única salida para evitar la prisión es fugarse al vecino del norte como desertores, una opción de ser condenados como homicidas en su país, o recibidos como héroes absolutamente carentes de libertad en el régimen del “amado líder”. En el desarrollo y valoración de la película juega un papel fundamental ese ojo que todo lo ve, que inicialmente graba lo que encuentra de manera ocasional, pero que después termina provocando el comportamiento de los muchachos, es la cámara la que incide en el comportamiento quitándole espontaneidad, y cuando los jóvenes se dan cuenta del resultado de su venganza y de lo que han padecido previamente, es demasiado tarde para salir y olvidarse de la red en la que ellos mismos han ido cayendo gracias al personaje invisible que rueda muchas de las escenas que contemplamos.


El cine como elemento manipulador no es novedad ni dejará de ser una realidad, incluso el tratamiento de realismo sucio que se agarra al estómago (viendo la película he podido recordar alguna otra que me causó el mismo desagrado estético y emocional, como por ejemplo “Saló” de Pasolini, o el cine de Waters, Palíndromos de Solondz, Batalla en el cielo de Reygadas, “Tony Manero” o “Postmorten” de Larraín) pero no por ello, salvada esa repulsa estética deliberada y buscada, la película carece de interés, ni mucho menos, resulta inteligente en la forma de mostrar una realidad palpable en nuestros países modernos y “democráticos”, sus imperfecciones consentidas porque afectan a quien nunca va a disponer de resortes para reclamar una solución, una imperfección que choca con la brutalidad de usarse con fines publicitarios respecto a toda una sociedad que lo consiente y no lo cuestiona. Por eso las imágenes de archivo de Pyongyang resultan catárticas entre la magnificencia de la plaza de Kim Il Sung con el mausoleo Mansudae y la pobreza y demolición del barrio de frontera cercano al famoso paralelo 38, resulta una subversión del prejuicio, el lado “próspero” sería el continuamente denostado, y el deprimido el lado de la “libertad”. Pero no olvidemos que es propaganda, al espíritu crítico de Sang woo no le nubla la mente el vecino norteño, para despejar dudas basta con seguir viendo las imágenes reales del otro país que Sang woo nos muestra para que nuestra razón no se nuble y no sea capaz de colocar cada cosa en su justa medida. Cada uno sacará sus consecuencias, quizás la más adecuada es que para esos jóvenes ninguno de los dos países resulte una opción vital apetecible, pero no deja de ser penoso que el mundo libre abandone a sus ciudadanos de esta manera.