jueves, 11 de agosto de 2016

MAÑANA A ESTA HORA (Lina Rodríguez, 2016)



MAÑANA A ESTA HORA (Lina Rodríguez, 2016, Colombia)

Un largo plano de un árbol firmemente asentado en la tierra abre la película, otro largo plano de un cielo surcado de nubes blancas pone punto final a la misma. Alejada de dramatismos impostados, de estructuras tendentes a reblandecer corazones propensos a la empatía emocional inmediata a base de golpes de efecto, honesta, sencilla y directa, la oferta de la directora colombiana es precisa, es el retrato de la vida diaria de una familia que, a mitad de la historia, se ve bruscamente alterada por un suceso inesperado, abrupto, de difícil aceptación y que va a magnificar su sensación de incomprensión, historia que gira, fundamentalmente, alrededor del personaje de la joven hija adolescente. Fácilmente reconocible en su estructura, abiertamente dual desde que ocurre ese suceso inesperado, que es avanzado con milimétrica precisión a partir de un fundido en negro tras una celebración familiar en un excepcional fuera de campo, Rodríguez cuenta un antes y un después de una familia de clase media acomodada que vive en una zona tranquila, relajada, de la ciudad de Bogotá.

Los encontronazos constantes entre los miembros de esa familia se mueven entre el hastío y agotamiento de los adultos, necesariamente insatisfechos, abrumados por el futuro que se acerca y el pasado lleno de promesas inalcanzables, y el descaro vital de una joven dispuesta a echar en cara a sus propios padres sus traumas, sus frustraciones, su vida monótona, enfrentar a los adultos a sus propias incoherencias desde la ausencia de fuerza moral suficiente para reaccionar de esa manera ( en este aspecto la interpretación de los tres actores es modélica, pero sorprende mucho más la de la joven Laura Osma de una fotogenia impresionante realzada por una juventud insultante). Episodios de rebeldía juvenil, de desplante magnificado, destinados a marcar una personalidad diferente, una presencia que ha dejado de ser la niña de papá y mamá y que pugna por su espacio (significativa la escena de la madre esperando turno ante el espejo del cuarto de baño), pero que vuelve a hacerse la infantil cuando las circunstancias lo precisen a cambio de un mimo, de un permiso, de un regalo, “hazlo por el amor que me tienes”, un ángel que se transforma en diablo a la mínima contrariedad en el camino, una dualidad propia de la adolescencia y de la relajación de unos padres que se encuentran perdidos a la hora de manejar nuevas situaciones que les superan. De ahí que las tormentas rápidamente amainen, un paseo en patines por un parque, un helado, un cumpleaños, cualquier excusa es buena para cerrar la herida abierta la tarde anterior a voces, con la insolencia de la juventud que no sabe, ni quiere, respetar la decisión de sus padres por el solo hecho de que lo sean, que se considera con tantos derechos como ellos para actuar sin dar explicaciones, que se coloca en plan de igualdad exigiendo no tener por qué justificar lo que los adultos hacen de la misma manera a diario.


Los dormitorios se transforman, en ese primer segmento de la película, en territorios de tregua, en lugares de contacto familiar donde todo se olvida y el calor humano proporciona la tranquilidad que la actividad y la palabra, a veces, sacuden hasta los cimientos y producen un dolor profundo. Cuando llega la ruptura abrupta (ese fuera de campo excepcional), lo que era un difícil equilibrio se transforma en alejamiento absoluto, los miembros de la familia se disgregan, como planetas que mantienen sus órbitas sin intención de acercamiento, desplazamientos autónomos obligados a cruzarse varias veces al día pero sin riesgo de colisión porque ante el riesgo de proximidad extrema sus cuerpos se repelen. Un grado de decepción, de rabia interna, que desprenden los miembros de la familia, provocado por múltiples razones, entre otras, la imposibilidad de expresar los sentimientos que quedaron pendientes, azotados por marejadas internas muchas veces exageradas para recalcar una posición autónoma dentro del grupo.

Por eso Adelaida irá separándose del núcleo familiar, buscando la necesaria madurez mediante el asentamiento de relaciones sentimentales necesarias para enraizar autónomamente y para obtener el cuidado  y el cariño que echa en falta. Mientras, el domicilio se ha transformado más en refugio individual que en hogar, en un lugar donde dormir en el que las puertas se cierran y los individuos se gruñen más que se hablan. La reacción ante la adversidad no resulta extraña, ni los comportamientos alejados de cierta lógica aunque se presenten extremos, el tiempo, necesario escultor de caracteres y aristas, irá relajando los espacios, irá proporcionando material sentimental suficiente como para que lo que parecía inabordable se vaya reconduciendo, consiguiendo, así, que los dormitorios se vuelvan otra vez territorios de remanso, de apacible confraternización, de complicidad y confianza. En esa apertura y cierre simétrico tiene mucho que ver, también, lo espiritual, lo inexplicable, la sensación de presencia inmaterial vigilante y amorosa, son los miedos de una adolescente obligada a madurar antes de lo que ella quisiera.

Rodada con escasos movimientos de cámara, en planos fijos con uno, dos o los tres familiares en pantalla, normalmente en planos medios y primeros planos, la imagen no busca opresión ni asfixia, pese al agobio propio de las situaciones parecería existir siempre un mínimo espacio para respirar, para expandirse dentro del encuadre que limita el movimiento. Modesta y sensible película, que respira credibilidad absoluta, desde la aparente banalidad de muchas de sus situaciones, que no dejan de ser reflejo exacto de nuestras vidas cotidianas, incluídas las discusiones, hasta el dolor y vacío propio de las que nos llevan a un límite al que todos, igualmente, nos enfrentaremos alguna vez en nuestra vida. Otro descubrimiento notable del cine colombiano para nuestras retinas.
Director: Lina Rodríguez. Colombia-Canadá. Intérpretes: Laura Osma, Maruia Shelton, Francisco Zaldúa. Producción: Lina Rodríguez, Brad Deane. Fotografía: Alejandro Coronado. Guión: Lina Rodríguez. Sonido: Camilo Martinez, Juan Felipe Rayo, Roberta Ainstein. Director artístico: Iris Ocampo Maya. Productora: Rayon Vert. Duración: 85 minutos. Festival Locarno 2016.