domingo, 7 de agosto de 2016

LIMBO, WASHINGTONIA (Konstantina Kotzamani, 2016, 2014)

LIMBO.- WASHINGTONIA. (Konstantina Kotzamani, 2016, 2014)

TEASER DE LIMBO. VIDEO

Si algo me gusta de un cierto grupo de críticos jóvenes (véase El antepenúltimo mohicano, Otros cines Europa, Cine divergente.........) es su ansia de descubrir nuev@s realizador@s aunque la inmensa mayoría de ellos no vaya a tener ninguna posibilidad de acceso al público español salvo a través de los programadores de festivales. En el fondo las ideas originales son muy complicadas de tener porque exigen genialidad, así que lo más sencillo es copiar la idea y tratar de trasladarlo al tipo de cine que comento. «Descubrir» una directora, en este caso, implica cierto reto y cierto egocentrismo. De vez en cuando me atrevo a ver cine desconocido sin referencia alguna, y si la propuesta me atrae o, como es el caso, me entusiasma, intento comprobar si a alguien más le ha pasado lo mismo. Este es el caso de Konstantina Kotzamani, a cuya obra consigo pleno acceso y me deja gratamente sorprendido, hipnotizado por su uso de la imagen y la concepción de los planos, eliminando el centro de la pantalla como referencia inexcusable del ojo. Haciendo un cine dificil, metafórico, simbólico, árido y de subyugante estética, hoy le dedico la entrada del blog con la esperanza de que pronto sea reconocida por la «crítica oficial» como uno de los grandes valores del cine griego. Ojalá todas las crisis provoquen tal capacidad creativa. Curiosamente su anterior película, «Washingtonia», ha sido premiada de manera reiterada en multitud de festivales, y habiéndome gustado, es «Limbo», sin embargo, su última película sin grandes premios, una obra rotunda, madura, de perfección técnica absoluta y hondura metafísica apabullante, «Limbo» es una de las mejores obras que llevo vistas en 2016.


«LIMBO». El limbo es un estado de inconsciencia a medio camino entre la vida y la muerte, pero también es el lugar en el que permanecen las almas de los niños sin bautizar. ¿Estamos en ese limbo o estamos en un lugar donde un niño se niega a abandonar el lugar de los vivos para partir hacia su limbo particular?. Las referencias cristianas a lo largo de la película son constantes y apabullantes, partiendo de la profecía de Isaías, 11,6 «El leopardo yacerá con la cabra...los lobos vivirán con los corderos...y el niño los guiará», ese estado de paz perpetua donde triunfará la armonía entre todas las especies y la naturaleza, una armonía que llegará tras un apocalipsis que terminará con el mal en la Tierra y castigará a los pecadores, y sigue en la representación de este grupo de niños y preadolescentes, 12, atemorizados, intrigados, atraídos por ese decimotercer niño albino que aparece y desaparece, 12 más uno, una agrupación que también recuerda a la mitología cristiana, ¿será ese niño albino el Jesús (le vemos simulando una crucifixión) o el Judas de ese grupo cuya armonía se resquebraja en estallidos de violencia medio contenida y camuflada bajo juegos playeros en los que se aventura rabia, desesperación, contrariedad?

Si nos atenemos al título debemos entender que la directora ha optado por representar el limbo, un espacio de niños perdidos, sin presencia de adultos (de manera ocasional, incompleta, se advierten tras los niños en una escena de una procesión digna de película de terror donde una imagen mariana termina ardiendo tras la aparición de ese decimotercer niño), niños que no comen, que no van al colegio, que pasan los dias jugando, manteniendo roles de sumisión y poder, y que elaboran teorías sobre la vida y la muerte en relación con la aparición de ese niño albino, al que consideran muerto, y con la aparición de una ballena varada cuya vida se va extinguiendo en una playa a la que no se atreven a acercarse con la duda de si ese pez puede respirar fuera del agua, si es capaz que viva en la playa y si es así, cómo explicar su respiración autónoma. En este largo camino por delante, impedidos de acceder al cielo, varados en un espacio donde el agua y la tierra se confunden, en casas construidas en terrenos donde las mareas terminan anegando el suelo firme, donde los santuarios se adentran mar adentro y obligan a nadar para llegar a ellos en busca del oráculo que señale la siguiente acción, la concepción visual del espacio ayuda de manera sorprendente a dotar a la obra de una magnificencia espléndida. 


Puede optar la directora por mostrarnos planos generales en los que la cámara apunta en diagonal hacia el cielo, encuadre al que poco a poco se aproxima un rostro, que nos mira, se interroga y abandona la escena con temor, como si el ojo que mira fuera el ojo de esa ballena varada, ballena que tanto puede ser el Leviatán moribundo que da paso al nuevo amanecer de armonía como el representante del vientre que no quiso mantener en su interior a otro representante de la iconografía cristiana. O usar planos interrogantes donde, enmarcados entre dos casas lejanas, el grupo de 12 juega despreocupadamete hasta que uno de los niños advierte algo que llama la atención y se aproxima, lentamente, hasta nosotros, lanzando igualmente esa mirada dubitativa y, al tiempo, suplicante. Porque en los espacios abiertos, la directora no cierra el plano sobre persona o rostro concreto sino que lo amplía hasta el máximo de nuestra percepción, dejándonos ver al grupo al completo, incrementando la sensación de irrealidad, de espacio neutro inencontrable ante la ausencia de más banda sonora que los ruidos naturales, gritos de los niños, el sonido del mar, el aire que sopla o el quejido doloroso de un ser que expira mientras el olor de la muerte derrumba al grupo de niños, dando paso a un nuevo día tras una noche estrellada que nadie ve, demostrando que todos ellos están muertos y no solo el señalado.

WASHINGTONIA.- Iniciada como un relato oral africano, donde una voz francófona pero de raíz africana cuenta la historia de la jirafa, el animal que, a través de su corazón, coordina al resto de animales de la sabana y al que el calor desorganiza su ritmo, de tal manera que el verano es el momento del año en el que ocurren las cosas más extrañas porque ese ritmo acelerado afecta al resto de la naturaleza del continente, rápidamente la historia se transmuta, lo que parece una de esas historias mágicas transmitidas durante siglos, cambia de lugar, no estamos en África, sino en la Grecia del presente, el pastelero existe, pero trabaja en Atenas, todos los domingos sirve la misma tarta a una mujer ciega que recuerda su pasado en Africa y que en su propiedad, asiste, sin remedio, a la muerte de las palmeras africanas que recibió como regalo de boda. Advertidos quedamos de que en verano ocurren las historias más extrañas, como las que vamos a ver seguidamente por un grupo de personas cercanas a Lanthimos, a Tsangari, Ekkonomou y tantos otros realizadores griegos. Al igual que en «Limbo», los personajes quedan empequeñecidos, ya sea porque el plano general en espacios abiertos es tan grande que todo se difumina, o porque de manera deliberada el plano queda vacío salvo en una pequeña esquina donde, por ejemplo, una cabeza de jirafa se mueve. Estamos ante una historia de palmeras, esa enfermedad que afecta a las palmeras griegas de Atenas, donde están catalogadas 3189 de las que 2909 padecen una plaga de un insecto originario de África, contiene la metáfora de la enfermedad de un país, un país en el que mayoría de los ciudadanos sufren la brutalidad de las pérdidas de derechos mientras una élite persiste y subsiste, una élite que se olvida de sus hijos y vive pendiente de sus propiedades, de su cuerpo, de sus mascotas.

TRAILER DE WASHINGTONIA



La Washingtonia es, precisamente, una especie de palmera que se salva de la plaga, porque como dice el pastelero africano, tiene el corazón pequeño y seco, a diferencia del resto de especies, y el escarabajo de la plaga entra en el interior del árbol por su cabeza y se instala en el interior del tronco comiendo su «corazón», pero si no hay apenas corazón no hay porqué preocuparse. Si el escarabajo se come el corazón, la cabeza de la palmera cae y el árbol muere, pero si la cabeza muere antes que el corazón, el árbol también se asfixia. Sea cual sea la reacción de la palmera, el árbol muere, salvo la Washingtonia, que se ve libre del peligro por su corazón ínfimo y nada apetecible, tal y como se comporta la élite financiera y política con sus ciudadanos, sin sufrir, viendo cómo caen a su alrededor cientos de miles de congéneres, pero que, en definitiva, parecen de diferente especie. Que llamen la atención, que se rebelen como ese hijo que vende el caniche materno para poder ver el mar y tratar de recuperar el afecto de una madre que le ignora, no es más que un espejismo porque quien siempre sobrevive sin dificultades termina por prestar muy poca atención a los que sufren  más pronto o más tarde. Al final, nos convertiremos en exóticos productos de museo, como esos animales disecados que (muy estéticamente coincidentes con la película de Andersson, «Una paloma........») son contemplados por quien nunca podrá ir a África, obteniendo un sucedáneo de continente y de experiencia del mismo modo que el pastelero mantiene sus tradiciones para velar a la palmera y oir su corazón por la noche mientras el escarabajo roe, roe, roe........nos queda corazón, pero cada vez menos y más seco, sólo que nosotros no somos como la Washingtonia, a nosotros se nos caerá la cabeza o se nos parará el corazón sin remedio mientras vemos cómo los de siempre no solo sobreviven sino que engordan a nuestra costa introduciéndonos escarabajos rojos más peligrosos que los insectos.