martes, 2 de agosto de 2016

LAS TRES LUCES (Der müde Tod, Fritz Lang, 1921)












LAS TRES LUCES (Der müde tod, Fritz Lang, 1921)


No hay nada que iguale más a los seres vivos que la inexorable sentencia de muerte que todos llevamos consigo. Nadie quiere saber cuál es su fecha de caducidad como nadie quiere enfrentar el momento de morir cuando éste es inminente. Todos ansiamos una muerte “dulce”, indolora y sorpresiva, pero incluso en esas circunstancias, alguien, por nosotros, se lamentará de ese hecho. Es posible que muy pocos reaccionen como la joven de la película de Lang, aunque nadie quiera ver morir a sus seres más queridos, pero la fuerza del amor no llega al paroxismo de esta joya del cine mudo alemán donde son patentes la fuerza del expresionismo, la atracción orientalizante de culturas remotas y exóticas y el eco nada adormecido del romanticismo del siglo anterior, plasmado en imágenes e historias que acercan el cine a otras disciplinas artísticas.



En un arte incipiente, las novedades de entonces ahora resultan inocentes, pero así y todo, qué enorme ingenio el del este director para recoger visualmente efectos que, ahora, con ayuda de ordenadores, resultan primitivos, pero que desbordan autenticidad y credibilidad. Ese juego de volúmenes para resaltar la insignificancia humana mediante la simple colocación de una figura sobre un muro inconmensurable implica genio, el del artista limitado por la técnica del momento, pero que la supera con dotes mayúsculas de unteligencia. Estamos ante el peso del destino y la presentación de  la muerte como algo contra lo que se puede luchar presentando argumentos mucho más poderosos que los designios divinos, manteniendo una dura pugna entre deseo y realidad, entre amor y fín, con la complicidad de una Muerte cansada de comprobar el pesar que causa a su paso, deprimida por su labor, hastiada de sufrir el reproche social por limitarse a cumplir con la labor divina que le ha sido encomendada. Porque el verdadero protagonista de esta historia es la Muerte, con mayúsculas, un ente corpóreo y dotado de singular presencia, encarnada por el actor Bernhard Goetzke, cuya sola estampa hiela los corazones más intrépidos. Una Muerte, como dice el título original, cansada, esclava de una labor ingrata y permanente, una Muerte dispuesta a burlarse de su propio destino brindando a una joven (Lil Dagover) la posibilidad de vencer en un reto desigual, pero en el que está en juego recuperar para la vida al amado desaparecido.



La Muerte espera en la encrucijada, si la vida es un cruce de caminos donde siempre se puede tomar una u otra dirección, lo lógico es que la muerte nos espere en cualquier intersección. Cuando la diligencia que transporta a la pareja de enamorados se detiene para recoger al caminante misterioso (que Bergman, consciente o inconscientemente, se dejó seducir por este personaje para El séptimo sello parece evidente, no sólo Buñuel, quien dice reconocer que ver esta película decantó su futuro como cineasta) todo nos indicaría que la destinataria de esa aparición debería ser la anciana que comparte carruaje, pero el destino es burlón e impredecible, ella seguirá su camino, probablemente corto, mientras la muerte se acomoda y acompaña a la pareja hasta una pequeña ciudad alemana. Como la muerte es caprichosa puede estar en varios sitios al mismo tiempo, y mientras el viaje se desarrolla, ella se desdobla para negociar la instalación de su reino inmaterial pero contenedor de almas. Alentando la codicia humana, consigue los terrenos que necesita para construir su fortaleza (efecto visual demoledor la de los pequeños cuerpos sepultados ante la imponente altura de unos muros de piedra sin entrada visible), un reino que no es de este mundo y al que se entra por riguroso orden de invitación que no se puede rechazar.


La apuesta es clara, si el amor es tan fuerte como la muerte podrá rescatar de ese reino el alma del joven, quien desapareció de manera inexplicable del interior de la taberna en la que la pareja descansaba y reponía fuerzas una vez que aparece el rostro marmóreo del amenazante espectro, hierático y, aparentemente, insensible. Cansado de vencer una y otra vez, la Muerte, (masculino en alemán) ante el sacrificio que la joven está a punto de cometer para recuperar al amado, le ofrece la posibilidad de salvar del reino de los no vivos al joven, siempre y cuando consiga superar uno de los tres retos que le plantea, salvar de la muerte la vida de una de las tres personas cuyas velas (las luces del título español) están a punto de apagarse por agotamiento. En una de tantas grandes escenas de la película, previamente, la joven habrá visto cómo, en una revelación a medianoche, cientos de almas penetraban en el recinto del muro inexpugnable, entre ellas las del desaparecido amante. Almas en pena, pues nadie quiere enfrentarse a la ausencia de vida. “Ni un día, ni una hora, ni un suspiro”, nadie está dispuesto a regalar un instante de vida a otra persona por más miserable que sea la existencia, porque sin vida no hay esperanza. En ese tránsito doloroso para quien queda, pero también para el alma de quien se marcha, hay posibilidades crecientes de cometer una locura, en esa locura se busca remediar lo insalvable aun a costa de perder lo más preciado y todo por la idea religiosa de reencontrarse en el más allá.

Puertas misteriosas, transformaciones mágicas, escaleras infinitas hacia el cielo, espectros que nos traspasan y siguen su camino, ejércitos en miniatura, animales menguados que se transforman en seres mágicos, alfombras voladoras, todo al servicio del amor porque en esta apuesta juegan la Muerte y la Doncella, aunque las cartas estén marcadas y una tras otra, las posibilidades de la joven vayan desapareciendo hasta que sólo un último acto de amor desesperado permita unirse de nuevo a la pareja. Triunfante la Muerte sobre la vida, nos darán la espalda y se marcharán felices los tres. Un trío en el que dos entes son acogidos amorosamente por una presencia sobrenatural que los entiende y padece por el sufrimiento que ocasiona. Una muerte humanizada que comprende la resistencia infinita del ser humano a desaparecer, pero que, obedeciendo a su naturaleza, no puede cambiar el curso de los acontecimientos si no quiere derrumbar los principios mismos de nuestra existencia. Ni el amor resulta más fuerte que las bombas ni, por supuesto, puede vencer a la muerte si no es mediante el recuerdo, esa historia principal de reto a la muerte se reproduce en tres ocasiones más, Arabia, Venecia y China, que proporcionan el escenario arquetípico para presentarnos la evidencia de que el amor es universal, como la muerte. Tan universal como la lujuria, el deseo, la traición, la venganza, el despotismo. Culturas diversas y comportamientos comunes. Con guión de Thea von Harbou y fotografía de Arno Wagner, la historia destila un romanticismo exacerbado que levanta la admiración de la Muerte. Ese empeño y sacrificio representado por la joven pone en evidencia el materialismo indolente de los dirigentes comunitarios, bautizados pomposamente como el importante alcalde, su alteza el cura, el erudito médico, el majestuoso notario y.....el nuevo profesor, porque ya se sabe que la enseñanza siempre ha estado mal vista, no sea que a fuerza de educar, la gente deje de ser supersticiosa y piense por si sola. Pero no se pierde Lang en interpretaciones políticas para alejarse de su eje argumental básico, el subtexto crítico es episódico y hasta banal, es el elemento necesario para relacionar a la Muerte con la joven.
En todo caso, tras las líneas quebradas del paisaje, los arcos que empequeñecen las habitaciones, las escaleras imposibles que acceden a alturas inimaginables para un humano, las geometrías variables que desafían las leyes de la estabilidad arquitectónica, no olvidemos que se esconde un alma humana que sufre por su destino y por el de todos aquellos a los que condena, el alma petrificada de la Muerte. El sacrificio de la joven arranca una leve sonrisa de quien hasta ese momento, solo siente el desprecio de la humanidad y el desconsuelo de no poder compartir con nadie sus inquietudes. Pobre Muerte que caminas tan solitaria.