lunes, 29 de agosto de 2016

JA, OLGA HEPNAROVA (Thomas Weinreb, Petr Kazda, 2016)





JÁ, OLGA HEPNAROVA (Thomas Weinreb, Petr Kazda, 2016).

“Mi veredicto es: Yo, Olga Hepnarova, víctima de vuestra bestialidad os sentencio a morir atropellados y declaro que unas pocas vidas es un precio demasiado barato por mi vida. Acta non verba”.  De esta manera cruda, descarnada, psicótica, Olga Hepnarova declaró su culpabilidad antes de atropellar de manera deliberada e indiscriminada a cerca de 20 personas, matando a 8 de ellas y dejando malheridas cerca de 15, en la Praga de 1973, una Praga que no hacía mucho había sufrido los efectos de una primavera invernal, pero cuyos efectos no se utilizan en la película, que se centra en otra realidad muy diferente alejada del momento político. Empleada de los servicios de limpieza, conductora, arremetió contra los peatones lanzando un vehículo de la empresa  contra ellos. Nunca alegó otra cosa que ser víctima de la sociedad, haber sufrido acoso, humillaciones, vejaciones múltiples, declaró estar vengándose de todo aquello que había sufrido y que le daba derecho a quitar lo que los demás le habían quitado a ella. Olga Hepnarova es la última persona ejecutada por el sistema judicial checo, condenada a morir en la horca, nadie acreditó nunca ser víctima de una enfermedad mental. Tampoco la película juega al bio-pic, ni al relato criminal, ni al cine de juicios, apenas si se puede considerar un fresco histórico de una época (fantástica recreación de espacios que remiten a un mundo en blanco y negro como el de la película, rodada en su mayor parte en Polonia). Como otra excelente producción centroeuropea, “Ida”, estamos ante personajes femeninos en busca de su identidad y en constatación de su exclusión.


El relato, ópera prima de Weinreb y Kazda, indaga en la mente disociada de Olga (emergente interpretación de Michalina Olszanka) mediante episodios aislados, fragmentados, incluso desconectados del contexto precedente, como si esas rupturas del encadenamiento vital reflejaran las desconexiones cerebrales de un personaje misántropo, en permanente desquiciamiento asocial, generador de tensiones allá por donde pasa. No es bueno para la mente humana estar siempre solo, como tampoco es bueno estar mal acompañado. Olga ha decidido que cualquier compañía es potencialmente mala para ella porque todos quieren anularla, impedir que desarrolle en libertad su voluntad de retirarse. Episodios que reflejan su vida en familia, su paso por un reformatorio, sus tratamientos mentales, sus escarceos amorosos o sexuales, sus decepciones, su progresivo deterioro hasta el momento de la venganza. Un padre que ha desistido como tal si es que lo es, una madre que trata a su hija como una obligación sin sentimiento, hiriéndola continuamente, despedida de trabajos por denuncias que desconocemos pero podemos intuir, rechazada por sus amantes, cualquier excusa puede ser buena para marginarla, ya por su carácter irascible, por su lesbianismo no ocultado, por su falta de aseo, por su forma de vestir. Olga puede tener razones para sentirse acosada, lo que la película no busca es culpabilidades. Expone hechos y las consecuencias de unos actos que la protagonista asume en exclusiva y con consciencia, pidiendo incluso al tribunal la aplicación de la pena de muerte y rechazando apelar el veredicto.


En las consultas psiquiátricas y en los escritos autodestructivos que ansiosamente va recopilando en cuadernos, revela el oscuro interior de su mente, la aparente, o real, indiferencia que le produce el sufrimiento humano o la situación de sus semejantes. Asumido que su personalidad es fruto del maltrato generalizado hacia ella, todo lo demás le es ajeno, “no me importa la realidad”. Olga vive en su mundo, ya buscando espacios neutros y aislados del reformatorio como una pequeña cabaña en medio de la nada o un dormitorio despersonalizado de las habitaciones que la empresa pone a disposición de sus empleados. Para Olga todo el mundo intenta aprovecharse de ella o actúa para perjudicarla. En su fuero interno cree haber encontrado la terapia reparadora para vivir con menos sufrimiento, y es encontrar una pareja, no una simple compañera sexual, pero eso es algo que no se receta ni se obtiene en farmacias, exige un esfuerzo, empatía, generosidad, algo que Olga no tiene. “Para suicidarse hace falta una fuerte voluntad, hija mía, algo que no tienes”. Frase que como un navajazo se instala en la mente de Olga en la presentación de los personajes, y como tal parece que es asumida como un desafío, si no me puedo quitar la vida, que lo hagan otros, si no puedo matarme sí que puedo matar.



En un blanco y negro que dota a la historia de la frialdad necesaria, la torpeza social y el radicalismo en el aislamiento de Olga cuenta con la puesta en escena de los dos directores que abusan, pero no en el mal sentido de la expresión, del rostro de la actriz, y de su cuerpo, una silueta desgarbada, encogida sobre sí misma, con los brazos cruzados y caminando con torpeza, utilizando las mismas ropas masculinas a lo largo de la película desde que abandona el domicilio de sus padres, único deseo que parece cumplirse para ella, pedido como regalo de cumpleaños. Un rostro huraño que esconde toda la fragilidad de quien no sabe relacionarse con el exterior, miradas frontales que no interrogan ni dudan, sólo retan o se abstraen. Por mucho que te esfuerces en limpiar hay manchas tan profundas que son imposibles de eliminar, frotar cristales de coches o fregar calles desde el camión no exigen lo mismo ni dan el mismo resultado que intentar limpiar tu carácter, ni constatado que no se puede cambiar éste, resulta tan fácil aislarse y vivir sin contacto humano. Las miradas de Olga son como fogonazos en los que se va concentrando la maldad de su pensamiento cada vez que algo sucede como intuía y que evidencia que la humanidad se ha puesto de acuerdo para anularla. Desde la forma de coger un cigarrillo, a la manera de coger de la mano a una de sus amantes, Olga destila provocación y ganas de ser el centro de atención, pero también de crítica. En el juego de  la mirada, Olga percibe el mundo parcialmente, interpretando lo que va a ver antes de verlo, da lo mismo que sus ojos lo vean todo o una parte, o que sólo uno de sus ojos mire mientras el otro permanece oculto detrás de un tablón. Tras el atropello mortal, Olga sufre un colapso, su seguridad desaparece y en su interior surge la duda, el remordimiento, el cálculo del error. No es lo mismo hablar (escribir) que actuar aunque su manifiesto diga que actúa y no habla. Por eso las miradas sobre ella son de incredulidad, nadie puede suponer que el acto ha sido deliberado y se solidarizan con la conductora desde la falta de respuestas razonables. Cuando Olga reconoce que ha atropellado con plena conciencia a los peatones, el mundo exterior desaparece y deja de importar, del mismo modo que a ese mundo le importa muy poco el destino final de Olga mientras sea apartada y deje de ser un peligro.


Las dos últimas escenas conceden a la película un resultado absolutamente convincente, la vida normal y aparentemente anodina de esa familia que no se siente impactada por la ejecución de la hija, manteniendo el mismo rito diario en un ambiente falto de calor humano, y la escena de la ejecución, que remite a la no menos dolorosa de “No matarás” de Kieslowski, dos contrapuntos aparentemente incompatibles que conectan con la aparente tranquilidad precedente de la vida en prisión, un año después del veredicto y convencida Olga de que ese momento ya no va a llegar porque alguien terminará dictaminando su enfermo estado mental. Ese final conecta endiabladamente con el inicio de la película, ese “salga” de los funcionarios de prisiones equivale al “levántate” que la madre ordena a Olga, una vida entre órdenes renegando de sus orígenes para inventarse un  padre imaginario con el que hablar sin que nadie lo vea ni lo escuche. Un continuo zarandeo vital en los recovecos de una mente enferma y que se termina revolviendo contra extraños para acabar oscilando de una soga. Película áspera como el carácter de la protagonista, una mirada permanente de ensimismamiento que reacciona muy pocas veces a los estímulos exteriores, guardando la sonrisa para breves momentos de intimidad mal interpretada.



Título original: Já, Olga Hepnarová. Título internacional: I, Olga Hepnarova. País: República Checa. Director: Petr Kazda, Tomás Weinreb. Guión: Tomás Weinreb, Petr Kazda (Historia: Roman Cílek). Fotografía: Adam Sikora (B&W). Reparto: Michalina Olszanska, Martin Pechlát, Klára Melísková, Marika Soposká, Juraj Nvota, Martin Finger, Marta Mazurek, Ondrej Malý, Petra Nesvacilová, Ivan Palúch, Gabriela Mícová, Zuzana Stavná, Jan Novotny, Viktor Vrabec, Malwina Turek. Productora: Coproducción República Checa-Polonia-Eslovaquia-Francia; Black Balance / Frame100r / Mediabrigade / ALEF Film, Media Group / Love.FRAME / Filmové Studio Barrandov / Michael Samuelson Lighting Prague / FAMU / Arizona Productions / Polski Instytut Sztuki F. Año: 2016. Duración: 105 min. Presentación Festival de Berlín 2016