viernes, 8 de julio de 2016

THE CHILDHOOD OF A LEADER (Brady Corbet, 2015)





Que a Prescott la gente que no le conoce le confunda con una niña le incrementa su rabia interior. Esa melena rubia, ese león prematuro que se esconde tras una cabellera que es sinónimo de que ha de hacerse todo como él quiere, es una evidencia de su diferencia, por eso no puede ser cortada, porque forma parte, no de su fuerza sino de su indómita voluntad rebelde contra toda norma impuesta. Por eso que haya renunciado a la melena en el epílogo de la película es otro elemento de estética identitaria para hacerle único a los ojos de los demás. No es pose, es el refuerzo de su indiscutible poder.



Casi no me sobra nada de esta película, pero es precisamente ese epílogo en el que el comentario de los que saben inciden para relacionar lo que hemos visto antes con la naturaleza emergente de un dictador de corte semifascista-semicomunista, lo que menos me interesa y menos necesito. Y lo digo porque el debut de Brady Corbet (para que se sitúen los lector@s, uno de los dos asaltantes de la versión moderna de Funny Games) deslumbra ante todo, y sobre todo, por su puesta en escena, por la creación de un ambiente mórbido en el que un niño consigue acaparar toda la atención del encuadre y alrededor del que gira la trama. Ambientada históricamente en las negociaciones de paz en la conclusión de la primera guerra mundial, la excusa argumental no puede ocultar que sus verdaderas intenciones son las de manifestar el germen de una bestia, una bestia inofensiva, un cachorro aparentemente arisco y desobediente pero al que cualquiera podría dominar, cualquiera menos todos los que le rodean, que terminan, de una u otra manera, plegándose al capricho, la tiranía, la insolencia de Prescott (Tom Sweet), el eje sobre el que giran, como autómatas, el resto de personajes, todos ellos adultos, todos ellos superados por las pasiones ocultas y por la ceguera de tener a un enemigo en casa, al que, cesión tras cesión se le convierte en un déspota dominante, un macho alfa en el cuerpo de un niño, un ser al que su naturaleza le marca el camino del mando absoluto, incitado por la desconfianza, la apatía y la dejadez de quienes deberían encauzarle.



Basada en un relato de Jean Paul Sartre, desde el inicio queda claro que nos encontramos ante la encarnación de un personaje siniestro, egocéntrico, individualista, imperativo, autodidacta, ya en la primera escena, cuando apedrea a los asistentes a un ensayo de una representación religiosa, o en aquellas otras en las que reniega de cualquier creencia dogmática o se pasea desnudo en plena conferencia diplomática, su fe inquebrantable en hacer lo que quiere se mantiene cualquiera que sea el castigo o la amenaza, aumentando su tozudez su carácter retador cuanto más incomoda al poder instituido, en este caso representado por los padres (Liam Cunningham y Berenice Béjo, al menos esa será la realidad del registro civil). No sólo eso, sino que inflexible y manipulador, quien no se pliegue a sus deseos, por pueriles o extravagantes que sean, terminará sufriendo las consecuencias con venganzas metódicas, alevosas, dolorosas no en lo físico sino en lo emocional y psicológico. Esas conversaciones de paz, esos desequilibrios territoriales, los desplazamientos de población, la fijación de fronteras, las reparaciones económicas, el desprecio a la reacción alemana por las condiciones del armisticio o no tomarse en serio el avance del bolchevismo, son el ropaje externo con el que Brady Corbet envuelve un pequeño reino de tiranía que invita a pensar si, realmente, merece la pena una guerra para criar hijos de esta estirpe.



Planteada con un prólogo, tres episodios y un epílogo, con títulos tan sugerentes como «La primera rabieta», «2ª rabieta, Año Nuevo», «La tercera rabieta, es un dragón» o «Nueva era, Prescott el bastardo» y, salvo ese epílogo, centrada en pocas semanas de un invierno francés a mitad de camino entre la frontera alemana y París, el elemento arquitectónico que envuelve a los personajes se transforma, él también, y por deseo del director, en otro protagonista importante. Sus estancias medio abandonadas, las paredes descascarilladas, la pintura avejentada, la humedad de las esquinas, la escalera infinita, hablan de podedumbre, de una usurpación de una mansión de la que sus moradores han sido expulsados o, peor aún, han muerto durante la guerra; porque el fantasma de la muerte y la destrucción se pasea libremente por los espacios interiores y exteriores, estos muy escasos, de la película. El permanente color negro de las prendas de los habitantes de la zona refleja a las claras el enorme luto que se cierne sobre la región, donde la llegada de la paz no se ha transformado en alegría común, sino en recuerdo de todos los que faltan, y solo aquellos que aún tienen esperanza en el regreso del ser querido se atreven a dar un toque de color a sus prendas manteniendo viva esa llama irracional.



Y ese epílogo con el que, repito, no se me aporta nada necesario para participar con entusiasmo de la proyección restante, contiene, sin embargo, desde el punto de vista cinematográfico, enormes valores manifestados en una ruptura formal abrupta con el evidente clasicismo previo en el tratamiento de espacios e imágenes, un uso de la cámara deliberadamente dispuesta para aturdirnos y hacernos entrar en la vorágine de unos años de plomo en Europa, un entusiasmo enfervorecido tras asistir a una reunión política en la que se decide continuar coartando las libertades individuales de quienes aclaman al líder, y una revelación magistralmente apuntada previamente, sino en las consecuencias si en las relaciones entre los personajes y la indolente y aparentemente insustancial presencia de Robert Pattison en pantalla, que cobra cierta significación intrínseca al revelar el rostro de Prescott en su madurez. Si los tiranos se hacen o nacen puede ser una interpretación muy simple como resumen de la película, pero no deja de ser más cierto que resulta inevitable establecer esa conexión con todo lo que hemos presenciado, ese salto temporal de la infancia a la madurez de Prescott invita a pensar en educación, padres, personalidad, crear hijos consentidos bajo el sentimiento de culpabilidad que procede de las faltas, las carencias, los complejos de los progenitores.



En este retrato de un ser repelente, los planos secuencia proporcionan inestabilidad emocional o el anuncio del estallido de la ira, son el preámbulo de otra rabieta más, o anuncian un cambio profundo en las relaciones entre los personajes, y no dejan de ser planos secuencia breves pero de una intensidad excelentemente calculada. No se busca la prolongación innecesaria para demostrar alarde técnico o para engañar al ojo con falsos planos partidos que no se pueden controlar, un minuto escaso para acompañar, fundamentalmente, subidas y bajadas de escaleras y entradas en habitaciones, comprobar cómo el espacio oprime y un ser de apariencia pequeña engrandece desde su interior para mostrar su rostro menos humano, un rostro al que, finalmente, el mundo le rendirá pleitesía a ritmo de taconazos y con estética deliberadamente nazi. Hemos asistido a la eclosión del huevo de la serpiente, a ver quién es el valiente que consigue acabar con ella una vez que se ha reproducido y ha invadido hasta nuestros propios sueños llenos de monstruos a través de una cúpula de cristal con resonancias berlinesas.



Reino Unido, Hungría, Francia, 2015. Dirección: Brady Corbet. Guión: Brady Corbet & Mona Fastvold. Música: Scott Walker. Fotografía: Lol Crawley. Productoras: Bow and Arrow Entertainment / FilmTeam / Hepp Film / MACT Productions / Scope Pictures / Unanimous Entertainment. Productores: Jason Cloth, Chris Coen, Brady Corbet, Helena Danielsson, Antoine de Clermont-Tonnerre, Aaron L. Gilbert, Hanga Kurucz, Genevieve Lemal, István Major, Patrick Murray, Matthew Perniciaro, Michael Sherman, Lee Stone, Megan Wynn, Brian Young. Montaje: Dávid Jancsó. Dirección artística: Nóra Takács. Vestuario: Andrea Flesch. Reparto: Tom Sweet, Bérénice Bejo, Liam Cunningham, Yolande Moreau, Stacy Martin, Sophie Curtis, Robert Pattinson. Presentación oficial: Festival de Venecia 2015. Premios: León del Futuro (Premio Luigi De Laurentiis al Mejor Debut) & Mejor Dirección de la Sección Orizzonti.